lunes, 11 de mayo de 2009

3

Del tiempo

Últimamente me ronda en la cabeza la idea de la finitud de las cosas —dijo luego de una pausa— así cuando hablo, río, lloro, me emociono o simplemente soy un poco feliz, no puedo no pensar que todo lo que sucede termina en algún momento, se desvanece como el humo que a determinada altura se rinde ante un azul invencible.
Es común entonces encontrarme de un momento a otro pensativo, como en un mundo distinto y atónito ante una imagen que para mi significa mucho, como las manos viejas de mi abuela amasando con renovada energía, sus arrugas atenuadas por la carcajada, mi madre, pensativa o preocupada, los amigos, siempre allí conmigo, destellos simples de un tiempo instante o no aunque enhebrado siempre y sin falta en ese hilo infinito que nos une hasta lo mas lejano hacia atrás perdiéndose en la perspectiva absurda de algo verdaderamente vetusto o indigno de recuerdo, y que a la vez nos hace partícipes de lo que vendrá hasta ese momento en que nosotros mismos seamos tan antiguos para ser los de atrás, los olvidados.

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Don Prudencio saltó de alegría al saber la noticia. Abuelo otra vez, si señor, se lo contó a todo el que vio, y aunque a nadie le importaba realmente su vida, ni siquiera disimularon la indiferencia que la noticia les provocó. Lo vi, y sé que el alma no le cabía en el cuerpo, que por eso buscó compartir, pues la felicidad bien recibida da para colmarse y convidar a quien quiera recibirla y sobra. Pero nadie le pedía a Don Prudencio llenar sus cuerpos, y parecía que todos vivían de la forma en que querían. Ese día yo estaba un poco triste y cuando me contó su noticia sonreí con su risa prestada que no era más que el contagio que ya hacía efecto.

El adiós de la poetisa

Pues si —me dijo— salgo mañana y de seguro esta sea la última vez que me veas, y creo que será lo mejor para los dos. La vida se me ha pasado como se le pasan las nubes al ave herida en la tierra, inalcanzables. Sé que no puedo recuperar mi tiempo perdido contigo, pero tal vez si te olvido, pueda hacer de cuenta que nunca exististe, y no se puede estar triste a causa de algo que nunca estuvo, que no fue. Y estas lágrimas se esfuerzan en caer despacio, se esfuerzan por no ser lo que son, pero las reconoces y sabes que significan que alguna vez sentí algo por ti. Ellas lo saben también y se avergüenzan, y es por eso que caen despacio, en procesión, para esperar a esas que por tus ojos asoman más que tímidas, aunque gocen tal vez de más derecho de ser ellas mismas. Me voy en mí y conmigo me llevo, pero sin quererlo se que te encontraré dentro mío cuando abra las maletas de mi alma allá lejos donde llegue.

Se paró y sin mirarme nunca más, pasó aquella puerta. Yo la seguí con mis ojos como correspondía y juntos los tres, pactamos una eterna huelga de llantos.

Todavía no tocamos fondo

Despertó en el avión un tanto sobresaltado, aunque no pudo recordar que había soñado. Miró por la ventanilla y aún era noche. Trataba de no pensar demasiado en como sería el reencuentro, pero le resultaba casi imposible no pensar. Había sido mucho el tiempo que no había estado y ya había olvidado los viajes en avión, los rostros familiares, su país. Lejos se contentó con poco: había adquirido el hábito de la lectura, hábito que creció en los entretiempos, en los almuerzos cortos en la fábrica, en lugares disímiles el leía para no sentirse solo. Nunca había sido un buen hijo, al menos así lo creía él cuando se preguntaba acerca de si mismo en los ratos de ocio, y era por eso que nunca le había pesado irse. Siempre lo habían tratado de forma distinta en su hogar, siempre con cautela por lo que pudiese pensar o decir acerca de cualquier tema. Así era la familia. Por eso y por otras cosas no le había costado irse, y lo había hecho casi con gusto, casi con ganas. Ahora volvía para quedarse, eso era lo que sabía con más seguridad en este momento.
Ahora volvía, casi sin querer, una sucesión de hechos lo ponía nuevamente en un avión, nuevamente simuló mentalmente el reencuentro aunque no supiese quienes serían los personajes además de él y su madre, porque el pensaba que las madres nunca fallaban, que siempre están ahí. Creyó que le reprocharían el haberse ido, el haberlos abandonado. Pero había estado fuera incluso antes de irse. Lo habían dejado fuera ellos, sus hermanos y su padre, con la complicidad casi invisible de su madre, la que nunca había movido un solo pelo en su favor, ni en su contra. Nunca había sido un buen hijo, pero no era su culpa, al menos no en un cien por ciento, y eso lo reconfortaba, y lo ayudó a que el adiós, ocho años atrás fuese más leve: un roído bolso, unos dólares regalados, y ninguna lágrima a la vista.
Ahora volvía, y cuando lo pensaba, pensaba también en cuanto le había costado conseguir el dinero para el viaje, y se retorcía en el asiento al ser conciente de que viajaba por caridad y no por propio mérito, pero trataba de olvidarlo con un poco de alcohol y un par de tranquilizantes. No faltaba demasiado.

El arribo fue casi con la salida de sol. Allá estaba él nuevamente en suelo natal, ahora con dos valijas en vez de un bolso, caminando por los estrechos pasillos hasta llegar a revisación. El gran vidrio que se encontraba enfrente aunque reflejaba, dejaba ver también algunos rostros, de los cuales no esperaba reconocer ninguno. Había pasado demasiado tiempo. Fue por eso que agachó la cabeza, pues se sintió en desventaja cuando notó que muchas de las personas que habían viajado con el se alegraban de ver a otros tras aquel vidrio, por lo que empezó a tararear una canción casi en forma mental para neutralizar aquel pensamiento mientras acomodaba las valijas sobre aquella cinta. Un tipo alto que se encontraba a su lado le habló y el le pudo contestar con una sonrisa. Después salió.
Un montón de gente se abrazaba mutuamente a su alrededor, impidiéndole el paso, pero el sabía bien que aunque desease ser él el bien recibido, no había hecho las cosas de tal manera como para que así pasara. Se sentó en una silla de las tantas, junto a un tipo que nada parecía tener que ver con aeropuertos, un tipo andrajoso y desaliñado que escuchaba una vieja radio junto a su oreja. Nadie había venido por él, ni su madre. Y tragó saliva casi dura, de esa que no pasa fácilmente por la garganta, y en esa saliva iban también su orgullo y algunas lágrimas, por lo que decidió llamar “a casa”. Cambió algunas monedas, sin idea del valor. Una anciana amable le aclaró más o menos las vicisitudes de la economía del país en los últimos cinco años, claro está, sin que él se lo pidiese. De todas formas permaneció quince minutos escuchándola atentamente. Pensaba que siendo amable de alguna manera indirecta curaría sus pecados de emigrante. Introducir la moneda en la ranura le recordó a Laura, cuando el la llamaba a la hora del almuerzo en esos sesenta minutos que tan rápido pasaban, y tuvo ganas de saber que sería de ella. El teléfono sonó cuatro veces antes de sentir que del otro lado alguien levantaba el tubo.
— ¿Mamá?
— ¡Hijo mío! ¿Dónde estás? (un escalofrío recorrió el cuerpo del hijo de la cadera hasta el hombro)
— Llegué madre, estoy en el aeropuerto, esperaba que…
— Envié al taxista por vos, Alberto ¿te acordás? ¡Tengo muchas ganas de verte hijo!
— Si. Me acuerdo (y levantó la cabeza buscándolo) Yo también tengo ganas de verte madre.
— Mil disculpas hijo. No pude ir porque…
— Por favor madre, no digas nada.
De espaldas, un tipo gordo con una gorra, sostenía algo en su mano. Luego de despedir a su madre por teléfono, lo rodeó y vio su nombre escrito de forma apurada, y en un cartón rústico. “Julián Restano Menéndez”.

— Supongo que soy yo —le dijo al hombre con una sonrisa
— ¡Juliancito! La verdad que no cambiaste nada. (Lo abrazó lógicamente sin sentimiento, como se abraza una columna para estimar su diámetro. El hombre nunca había tenido hijos, su esposa era infértil y adoptar les parecía “traicionar la sangre”) Vamos. Tu madre tiene muchas ganas de verte.

El sol empezaba a iluminar los rostros de los que caminaban en el exterior, y simplemente eso le provocó al recién llegado una especie de alegría tan íntima, como no sentía hacía mucho, y recordó como en este país uno debía ser feliz con las simplezas, con lo poco, y también lo bien que se sentía hacerlo. Recorrer nuevamente aquel camino, aunque en sentido inverso, lo retrotrajo ocho años atrás, a otros pensamientos, a otras ideas. Recordó detalles como casas, que no habían cambiado en absoluto, personas que hacían exactamente lo mismo que ocho años atrás. Todo visto desde atrás de un vidrio de un automóvil en movimiento.
— Cada tanto tu madre me cuenta de vos, cuando nos encontramos por la calle, y me dice lo bien que te está yendo por allá —el hombre nunca recordaba el lugar exacto— Esto está cada vez peor. Siempre está contenta cuando habla tuyo. Y la verdad que lo de tu viejo la trajo al suelo. ¡Pobre!. Josefina, mi mujer, ¿te acordás? la ayudó un tiempo con las tareas de la casa, y me decía que se la pasaba hablando tuyo, todo el día. Le contaba lo que te había dolido no haber venido cuando lo de tu padre, pero que te resultaba imposible por todo lo que tenés a tu cargo allá. Y si querés escuchar la opinión de un viejo, te digo lo siguiente: lo mejo que podés hacer es llevártela para allá, y que los últimos años de la pobre vieja lo pase sin angustias, sin carencias. Mirá que todavía no tocamos fondo

“Todavía no tocamos fondo” se repetía Julián mentalmente, mientras seguía atentamente con la mirada el rancherío, mientras el auto avanzaba. Un silencio incómodo inundó el pequeño espacio.

— Tenga esperanza Alberto, que a veces el fondo no es tan hondo y hasta si intentamos pararnos, el agua difícilmente pase las rodillas.
El hombre lo miró y no dijo nada. Pronto vería otra vez la fachada descuidada de su casa, el cerco y el nogal al que subía cuando niño, junto a la puerta con bastidor en madera y tejido mosquitero. Detrás lo esperaría su madre, sus ojos ocho años más viejos se cruzarían con los de él, y las sonrisas saldrían junto con las lágrimas, como de un letargo, las más auténticas lágrimas después de tanto tiempo.

SER NIÑO

Nada será —estoy seguro— igual a cuando las circunstancias nos juntaban y podíamos ser nosotros tres. Todos aquellos días interminables eran de sol, y sin preocupaciones, o sea simplemente días en los que niños felices desconocen que todo tiene un fin.
Días de campos extensos, de abuelos complacientes, de risas. Es cierto que todo cambia, pero estoy seguro que si por solo un instante pudiésemos estar acá y mirarnos ahora con nuestros rostros mas viejos, con nuestras nuevas cicatrices, las visibles y de las otras, las que nos hacen ser quienes somos, las que nos moldean de a poco para luego no ser a veces reconocidos ni por las personas que mas cerca tenemos, estoy seguro que la reacción conjunta sería un abrazo de esos que nos regocijan y nos hacen creer un poco mas en los demás, no perder esperanzas, una mirada de “no me fui amigo, siempre estoy”, y un ponernos al día en todo lo que nos perdimos del otro. Es así porque los conocí como quizá a nadie. Uno sabe de niño quien estará en nuestra vida por un instante, o quien nos acompañara por el resto de ella, y los tres sabemos (desde los distintos lugares que hoy día ocupamos) que estamos acompañados siempre. Ellos están en mí y viceversa, y somos concientes de ello, por lo que a veces no nos preocupamos en saber en que estamos, como estamos llevando nuestro tiempo, o si necesitamos algo del semejante. La conexión es fuerte, de eso no hay duda alguna. Uno de nosotros ya no está. Aunque nosotros solemos recalcar el hecho como la simple imposibilidad de verlo. Pero es eso nada más. Verlo. O sea nada más que el uso de uno de nuestros cinco sentidos. Pero eso no basta para relegarlo, para dejarlo ir definitivamente, porque a ambos —los que nos podemos ver aún— nos resulta imprescindible contar con él.
Es así que la triple alianza no se destruye, permanece, hasta que uno de nosotros mantenga el mas débil de los recuerdos, que son el lazo que nos une hoy día, como el anciano que sentado en un rincón, olvidado ve sus juventudes, su energía, y una sonrisa dibujada en el ahora marchito rostro retrotrae a esa mente cansada una felicidad todavía vigente, todavía capaz de ser reiterada mediante ese recuerdo.
Los años pasaron y creo que seguimos siendo en el fondo ese niño que se quiere ir de esa mesa aburrida, simplemente para correr, para mirar el cielo nuevamente azul, para no preocuparnos por nada, ni por lo más mínimo. Para ser libres de una libertad existente solo en esos días y claro está, bajo particulares circunstancias, ya que sabido es, no todo niño es feliz.
Quizás es válido después de haber leído esto, agradecerse a si mismo por haber sido niño alguna vez, y por poder hoy día estar acá.

Señorita Fé

Entregó su alma al señor hace mucho ya, por lo que seguramente a la hora final, pueda estar calmada y en paz consigo misma. Tanto es así que su vida no es mas que una preparación para la “otra vida” y espera (como tantos) que sea en el paraíso, o tal vez en algo que se le parezca

— Me basta encontrar a mamá allí para saber que estoy en el lugar correcto —dijo una vez, y convencida continuó orando sus plegarias. Aún no puede entender como el señor se llevó a su querida madre hace veintiocho años. Simplemente no lo entiende. Se lamenta y le pide que se la devuelva día tras día, o noche tras noche arrodillada junto a su cama. Pero a la señorita fé le cuesta levantarse de esa posición por lo que hace un tiempo optó por orar noche por medio

— Por la salud—dijo— usted me entiende. Y se va de la iglesia como quien sale de una sesión de una sesión de masajes u orgásmica (valga cualquiera de ambas comparaciones): totalmente relajada y feliz.

Ahora se ha hecho también la costumbre de predicar. Quiere que otros conozcan lo que el señor (dudo al pensar en nombrarlo en mayúsculas) tiene para decirnos, no solo a la gente como ella que ya tiene ganado el cielo —según ella misma cree— sino a las personas abiertas al diálogo o a la comprensión de distintas formas de ver lo que nos rodea. Es así que varias veces me ha detenido por la calle, amablemente saludándome y confiada que lo que está haciendo acumula, sirve para su salvación

— Estoy un poco apurado hoy pero…
— Es un segundo. Sabés que…
— Gracias señora pero…
— Señorita caballero, señorita

Pero ella no se da por vencido. El señor le dice que insista, que invite a las almas perdidas como la mía y la de muchos a acercarse al cielo un poquito mas, a probar y si no te gusta…
Si no te gusta siempre es más fácil bajar que subir.
Dicen que nunca amó a nadie más que a aquel puestero viejo que un día agarró sus cosas y nunca más se lo vio. Se los veía charlar fluidamente y hasta se los vio reír más de una vez, aunque nunca nadie supo si pasó algo más. Pero su madre que era una persona difícil siempre le puso trabas en la relación y todo el amor que pudo llegar a dar alguna vez fue celosamente guardado en su interior, que luego volcó hacia la anciana madre y luego a dios. Cuando las monjas se la quisieron llevar al convento ella se negó, diciendo que no podía abandonar a la vieja a manos de la soledad.

— Cuando ya no esté conmigo —decía— no tendré de que arrepentirme, y ninguna culpa pesará en mi conciencia.

Pues si lector, saca tus propias conclusiones acerca de ella. Yo ya tengo al respecto las mías.

¿Por qué me es negado el fuego?

La brillantez de aquel niño prodigio, eclipsó a la vista de sus padres las nimias actitudes que signarían el desenlace. Fue concebido por desliz y cuando por fin fue aceptado, el revuelo en la familia fue enorme, ya que otra vez fue necesaria una vuelta a los pañales, a la ropa utilizada por los hermanos varones, que ya contaban con trece y diecisiete años, y que fueron los que menos importancia dieron a todo este asunto.
Los años pasaron y el niño creció de forma saludable y normal. Fue precoz en el caminar, en el habla y la lectura, por lo que a los cuatro años ya conocía la tragedia griega, la edad de oro española y algunas novelas modernas. En los cumpleaños era lógico que la criatura fuese el centro de atención, ya que era capaz tanto de hablar de fútbol o política, como de recitar de memoria versos shakesperianos, principalmente del Rey Lear. Todos auguraban en aquel niño, ahora de siete años, no a un jugador de fútbol profesional, sino a un guionista de cine, un escritor o filósofo, pero desatendieron las señales que podían haber servido de barrera, de traba para evitar el desenlace que tuvo la historia.
Era común encontrarlo en su habitación, horas enteras a la luz de una simple vela, observando el misterio de la llama, entendiendo su patrón de movimientos. Otras veces frente a la hoguera, la mirada fija en el fuego lo entretenía mas que la televisión o inclusive ahora, mas que los libros. Repito que todas estas cosas parecieron normales a su familia, confiada siempre en un futuro prometedor para su pequeño, que no paraba de dar señales de tales astucias, y tildaron aquel comportamiento como “propio de su intelecto”. Cuando el perro apareció calcinado dentro de un tanque, nadie pensó que el causante de aquella atrocidad pudiese ser el pequeño genio, que fue capaz de engañar tan bien a sus nueve años, cuando se le contó el destino de su tan querido animal, que tuvo que ser abrazado varios minutos por su madre que alterada, no quería verlo sufrir la pérdida.
Todo se calmó a las semanas y parecía que el pequeño se había resignado también como los demás a creer la historia de que un raro accidente había llevado al animalito a meterse dentro de aquel mortal recipiente. Pero no todo terminó ahí. El relato llega hasta aquel día en que volviendo de trabajar, el padre encuentra al pequeño observando desde la vereda, lo que en un momento fue su casa y ahora no era mas que un montón de hermosas llamas comiéndose todo a su alrededor. Su rostro contenía una mirada que por primera vez aparecía, un alma mostrando verdadera satisfacción, verdadera aprobación de lo que entraba por sus ojos. Su día más feliz. El padre lo agarró de los hombros y mirándolo a los ojos, preguntó al pequeño por el resto de la familia.
— Mamá fue a lo de abuela. Nico fue a la plaza, con Martín y su hermano rengo.
— ¿Dónde está Rodrigo?
— No sé.
Sin perder más tiempo, el padre corrió hacia las llamas, y sosteniendo su saco, hizo frente al humo como le fue posible para salvar a su hijo. El joven de trece años estaba en el interior de su cuarto, atrapado por el humo en un principio y casi asfixiado. Carbonizado en el instante en que papá llegó corriendo en su desesperación.
¿Por qué digo papá? Simple: el rector me pidió que escribiese en forma concisa y desde mi punto de vista (claro está) aprovechando mis dotes literarios, lo que sucedió aquel día de 1984. Sé que para casi todos ya no soy el geniecito, sino el más cruel de los asesinos. Abuela agradecía a Dios cuando vivía, alegando que fue preferible encerrarme joven aún. Yo sigo diciéndoles que mi amor al fuego es incondicional, y que el error de Rodrigo (aparte de haber empezado a utilizar drogas por entonces) fue esconderse bajo la cama para inyectarse. Ya he rezado demasiado aquí adentro, aunque sin convencimiento, ya he tratado de expiar mis culpas más de una vez. ¿Por que me es negado el fuego? Solo quiero contemplarlo una vez más, solo una vez.

Poemas

Proyección

Toda tu osadía, después yo
Como tu sonrisa ante mi ironía
Tras tu boca el sol, ella siempre guía
Yo soy tu suplente
Al frente tu risa, luego yo
Como sombra oscura que busca el perdón
Guardián de tus noches de pasión o no
Espectador mudo de tu resplandor

Tu rostro infinito, después yo
Como actor paciente detrás del telón
Como perro fiel
Como proyección


Ojos color vos

De tus ojos color vos
yo no puedo pedir nada
si cuando mirás la vida
hay mal tiempo y buena cara

Por tus ojos color vos
en una noche de calma
dejé que algún sueño tuyo
me guiase hacia tu alma

Y fui entrando despacio
disfruté cada segundo
fui entonces más feliz
que cualquier ser en el mundo

A tus ojos color vos
los conozco de memoria
se que guardan esa historia
que nos vincula a los dos

¿Por qué ya no me mirás
con tus ojos color vos?
Ya padezco un miedo atroz
de que no me quieras mas

De tus ojos color vos
yo no puedo pedir nada
si cuando mirás mi vida
hay mal tiempo y buena cara.


De nuevo
La mirada es fija como la mía
y su aire sube y nunca baja
y esa lágrima insegura sabe que no encaja
con tu risa triste y con la risa mía

De la muerte y sus entradas triunfales
ya estamos hartos, como hartos estamos de compasión
ese ángel malo, sabe la canción
que se canta suave si quita los males

a todos nuestros muertos enterramos de nuevo
sus huesos saben por fin que ahora sí son olvido
y les quitamos las cruces
y les dejamos los rezos


23:59 (todavía estamos acá)
En marcha: tristes pero esperanzados
(lo que da la vida, lo que nos la quita)
Cualquier alegría la hacemos nuestra
y cualquier tristeza desechamos juntos
Ya nos traicionaron, y sin embargo confiamos
Ya nos abrieron los ojos y sin embargo creemos
nos damos cuenta ahora lo del cuento
y de cuanto precisamos a los niños y a los viejos
No hay más remedio que volver a creer en un dios
y en una patria. Esas nociones lejanas.
Y aunque lloremos de a uno
sabemos que el mal es de a todos. Pero igual
tristes pero esperanzados: seguimos en marcha

Nuestra ausente

Ahora que doña Jacinta ya no vivía, parecía que aquel misterio que la envolvía se había vuelto más desentrañable aún para nosotros. Por las tardes seguíamos jugando fútbol en el pasto cercano a la entrada de su casa. De a rato, nos deteníamos en nuestro juego y agitados y con los brazos en jarra observábamos perplejos aquella casa (quizá la mas antigua de la zona) en silencio. Costaba para niños como nosotros hacerse la idea de que una anciana que allí residía no sería vuelta a ver por nuestros ojos, ya que mientras vivió fueron muchas las veces que nos observaba desde la única ventana frontal, o simplemente sentada en una silla de madera pulida en el fondo bajo un parral ahora desierto. Resultaba increíble para entonces darse cuenta de que nos aterrorizaba mas buscar la pelota ahora que sabíamos que la anciana ya no estaba, que antes, cuando sabíamos que en cualquier momento al entrar en su casa, podría estarnos mirando con su rostro enjuto y siempre enojado.
Nos enteramos de su muerte por el almacenero, tiempo después de que un hombre pasó un día entero en la casa ya abandonada, y que nos entregó luego aquella caja. Lo que no sabíamos para entonces, era que esa generación de ahora hombres que rondaban los cuarenta y cinco, también fueron en su momento amenazados bajo las mismas circunstancias y a costa de la misma e intrigante persona. Cuando nos enteramos de que aquel misterio no solo nos incumbía en ese presente a nosotros, simples niños, que no era mas que una cíclica repetición de sucesos ya acaecidos, agregamos al misterio un parámetro nuevo, el de inmortalidad en la anciana. De ahí en más comenzamos a conjeturar, muchas veces buscando nosotros mismos la noche y el misterio, en lugares poco propicios para las mentes imaginativas de pequeños niños. Por lo que nunca obteníamos más que aterradoras noches en vela, que repercutían luego en nuestra actividad como escolares. El misterio de Jacinta nos unía, nos hacía un grupo con un interés común, con una forma de percibir, de planear y por supuesto de pensar.
Estoy mas que seguro que aquella época influyó en nosotros para la posteridad, y que no seríamos los mismos de no haber conocido nunca a aquella anciana, que simplemente se remitía a observarnos desde lejos, quizá cuidando sus pocas plantas o tal vez añorando tiempos lejanos para ella, que ya no volverían a repetirse jamás. Esto no lo sabríamos, aunque solo por ahora.
Había un muchacho, un tanto mayor que nosotros que era quien le traía a la anciana su provisión del mes. Aparecía en una bicicleta nueva, cargado como con tres enormes bolsos capaz que tres veces al mes. Nosotros esperábamos para ver a la anciana salir pero esta nunca lo hacía, simplemente después de golpear el joven las manos repetidas veces, algo le indicaba que pasara y así lo hacía. Digo algo, puesto que nunca escuchamos la voz de doña Jacinta, lo que engrosaba de alguna forma el misterio de su persona, de su vida.
Cierta vez en casa, preguntamos a mi abuelo quien era esa anciana.
Simplemente nos dijo que era una mujer sola, a quien los hijos habían abandonado hacía tiempo y ya no podía valerse por sus propios medios. Que mas o menos rondaba los setenta y siete años, a pesar de que su apariencia pareciese de mas, y que en sus épocas felices fue una de las personas mas serviciales que el barrio pudo conocer. También nos contó que su esposo la había abandonado cuando la mujer parió su cuarto hijo, y que nunca mas supieron de él.
La historia dio por tierra con varias de nuestras hipótesis y por varios días anduvimos como perdidos al no saber que pensar acerca de doña Jacinta, la anciana de la cuadra hacia arriba. Tiempo después de haber conocido la verdad, vimos a un hombre viejo colocando un cartel en aquella fachada descuidada. Había estado toda la mañana allí, dando vueltas de aquí para allá. Nosotros lo observábamos extrañados.
— Vayan a jugar por favor, y déjenme trabajar tranquilo —fue la frase que mitigó nuestra curiosidad— La señora Jacinta Vargas ya no vive mas acá.
El hombre ni siquiera observó quienes éramos y le alcanzó con escuchar nuestros pasos para saber que se trataba de los cuatro muchachitos que jugaban a la pelota frente a la casa de la que era su madre, ahora quien sabe en que sitio.
El sentimiento fue extraño al saber que nunca mas veríamos a aquella anciana mirándonos desde la ventana o sentada bajo el parral. No se si hablar de tristeza o una especie de mirada costumbrista hacia aquella mujer que de alguna forma siempre estaba presente en nuestros juegos callejeros, que siempre fue nuestra mas fiel espectadora y motivo para que mas de una vez nos envalentonásemos y creásemos alguna de esas hazañas de niños que a veces no olvidamos. Recuerdo que cuando jugábamos carreras y ganaba, siempre miraba hacia aquella ventana, para ver si la anciana había o no presenciado aquel triunfo. Y estaba. Y esperaba a que terminásemos para desaparecer, quien sabe bajo que circunstancia.
Nos sorprendió mucho cuando sentados en el pasto cerca de la calle, el hijo, que tarde ya, estaba en la casa de la anciana todavía, el mismo que nos había echado hacía unas horas, venía hacia nosotros con paso lento, y una caja en la mano.
— Esto estaba adentro —nos dijo— supongo que es para ustedes —y se fue casi sin mirarnos a los ojos.

La caja estaba envuelta en papel de regalo, lo cual nos sorprendió. Tenía como tres cuartas de lado, y una forma casi cúbica. Una dulce moña amarilla, adornaba su cara superior.
Un pequeño papel junto a la moña escrito a lápiz hacía tiempo, rezaba simplemente lo siguiente
“Para los niños.”
Nos miramos con asombro un largo rato y abrimos aquel regalo.

No hace tanto

Había llegado tarde. Su patrón lo obligó a estar hasta las ocho quemando bosta equina, por lo cual no se había podido quitar a tiempo el hedor que le emanaba de las manos, aunque no fue un impedimento para recorrer aquellos cinco kilómetros a pie y mandarse hasta ese galpón enorme. Apenas llegó tragó dos grapas (en la que se gastó los vintenes ganados el día anterior y el que vivía) para envalentonarse como hacían varios y luego de sentirse mejor, comenzó a recorrer el lugar en busca de amor.
Era una tarea difícil, con grapa, whisky, o el peor de los vinos, ya que la competencia era ardua. Luego de haber insistido con varias mujeres las cuales muchas de ellas no cambiaban a su madre sentada a su lado por aquel paisanote flaco y sudado, fue que vio a aquella muchachita. Ella estaba sentada junto a otras dos mujeres. Una que parecía ser su hermana, con cara de alune y mirada enjuta, la otra quizá fuese la madre de ambas, una anciana dormida que solo abría los ojos de a ratos. Ella era linda, de tez oscura y ojos tristes, al menos eso fue lo poco que pudo ver de su rostro, ya que parecía siempre estar mirando al suelo, como si aquello fuese un martirio o estuviese en exposición para que alguien le hablara o se la llevara lejos. Como a dos metros yacía un hombre boca arriba, quizás muerto, y con la boca más abierta que se hubiese visto antes.
Atanasio se arregló el pelo con ambas manos — que ya habían comenzado a transpirar como siempre — y se acercó a ella. Se paró frente a las tres, muy nervioso y algo mareado, pero con fe. La mayor de las hermanas lo miró con cara de asco mientras que la anciana dormía. La más joven levantó la cabeza y le sonrió
— Estás parado arriba de un vómito —fue lo primero que Atanasio escuchó de aquella niña que no pasaba los dieciséis. Y se movió contento porque le habló, aunque infeliz por sus zapatos bastante nuevos, ahora manchados con una mezcla de chorizos y vino tinto, ambos visibles bajo sus pies con una mirada apenas forzosa.
— Tiene un pedo bárbaro —añadió la muchacha, y con la cabeza le señaló a aquel personaje que yacía en el suelo.
— Yo creí que estaba muerto —dijo Atanasio, y le mostró sus dientes. Luego añadió la esperada frase— ¿Querés bailar?
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque tenés olor a mierda.
— Pero eso se arregla.
— No jodas más, andate.
En eso la anciana abrió sus ojos y la hermana mayor amagó a pararse, crispando sus puños. Entonces Atanasio se dio por vencido y supo que ya había sido suficiente por aquella noche. En la barra pidió una grapita y se la fue tomando suave en el camino. Era ya empezada la madrugada, una noche hermosa de estrellas.
Cuando pasó el palenque, se lamentó por no tener caballo e incluso se le ocurrió por un instante robar un matungo de los que allí estaban, pero un par de gauchotes fieros que conversaban recostados en la pared, hicieron que desistiese en su idea, metió la mano en sus bolsillos buscando cuanto le había quedado y se dio cuenta que nada.
— Igual hoy tengo que llevar las vacas al monte —se dijo a si mismo consolándose,
ya que esa tarea implicaba por parte de su patrón unos buenos vintenes.
Chiflando en la noche comenzó a recorrer los cinco kilómetros de regreso a la estancia, aunque no sin perder la esperanza de que quizá la próxima vez no se iría solo por aquel camino.

No fuimos los mismos desde entonces

De verdad que un hijo cambia las cosas. De eso no hay dudas al respecto. Admito que no estuve con él en sus últimos días, como una madre debiera estarlo, pero me tranquiliza saber que José tuvo a su lado a dos de los seres mas complejos que jamás conoceré: Nicolás y Álvaro; hijo y padre respectivamente. Con Álvaro la verdad es que no nos llevábamos bien hasta que todo esto pasó. Cuándo me casé, creí que al hacerlo no lo vería nunca más y como buena romántica que fui, me imaginaba lejos de él e Isabel, pero las cosas fueron perdiendo su color de rosa, bueno mejor dicho “mi” color de rosa, y de ahí en más fueron frecuentes sus visitas a nuestra primer casa, donde nació José, doce años atrás. Yo era buena con ellos y los trataba de lo mejor aunque ellos no me correspondiesen, hasta aprendí a cocinar esa tarta que tan bien hacía mi suegra y que tanto me pedía Nicolás, para demostrarle a ella que yo podía ser una buena mujer para su hijo. Después descubrí que Álvaro era diez veces peor persona que ella. Me denigraba completamente con comentarios acerca de sus generaciones pasadas, de su apellido ilustre, y aunque nunca me llegó a decir que no merecía a su hijo, muchísimas veces me lo dio a entender. Cuando José tenía dos años Isabel no se despertó una mañana, justo habíamos empezado a entendernos con mi señora suegra. Días atrás habíamos conversado de algunos temas por horas mientras con una taza de café mirábamos llover por la ventana de la cocina de la por entonces casa nuestra. La recuperación de Nicolás fue dura, le costó mucho sobreponerse a la muerte de su madre, a la cual veía (al igual que yo deduje desde el primer día en que la vi) como una persona fría y siempre distante. El viejo simplemente con su silencio se aisló en su rancho de la playa como por dos semanas y una tarde apareció en casa con una sonrisa enorme, como si nada hubiese pasado. Pero lo que importa realmente es el trato de ambos para con mi pequeño. Siempre habían sido mas que compinches, no sé por que, pero el viejo tenía la capacidad de transformarse en un verdadero payaso cuando jugaba con José y le leía por las noches durante su enfermedad, lo cual despertó en mi hijo una insaciable voracidad por la fantasía, como un escape que al final lo ayudó a morir en paz. Lo reconozco. Nico era igual, y por eso me enamoró: tenía la capacidad de hacerme reír, de hacerme sentir bien cuando más lo necesitaba. No se como lo hacía, pero yo me sentía distinta a su lado y me alcanzaba con eso. Cuando veía al viejo sentado en la cama de José, compenetrado en la lectura, veía como el niño lo miraba y era una forma de ver que nunca usó para con nosotros, sus padres. Realmente quería a su abuelo más que a nosotros. Pero Nico pudo lidiar con eso. Yo no. Por lo que deduzco que mi amor para mi hijo nunca fue lo incondicional que debiera haber sido. Nico tuvo la idea del disfraz, de mirarlo a los ojos lo mas parecido a Álvaro que pudo, de leerle en la cama horas después de muerto el viejo, e imitarlo hasta en lo más mínimo sin que se le cayese una lágrima sobre aquellas sábanas, para que el niño nunca en sus delirios notara la diferencia. Eso es amor incondicional, no el mío, desde atrás de una puerta, no pudiendo controlar la tristeza. Después que todo pasó nos vimos a nuestras caras destruidas con ojos de otros, acabábamos de perder tal vez lo que nos mantenía unidos. Pedro, amigo de años, se llevó a Nico por el fin de semana y hasta hoy no sé que fue lo que hicieron esos días. Yo, como buena débil, volví a la contención materna como por una semana, por lo que cuando regresé lo encontré a Nicolás resignado, sentado en un sillón con uno de los libros de su padre abierto en el cuento de Hansel y Gretel, del cual reconocí las ilustraciones. Parecía estar en calma consigo mismo, lo que me ayudó mucho y me dio esperanzas de que aquellas miradas que habíamos cruzado la última vez no fueran más que un mal sueño. Pero bastó que nuevamente nuestros ojos volvieran a encontrarse para saber que esto no era cierto. Simplemente no fuimos los mismos desde entonces, ni lo seremos. Fallaron quienes apostaron por nosotros, o por ese amor que surge de las condiciones mas adversas, ese que no era el nuestro.

Los zapatos

Durante unos minutos Damián permaneció frente a aquella vidriera, absorto en la contemplación de aquel par de zapatos. El día era bueno, con sol, y las nubes estaban de a poco dando lugar al celeste ininterrumpido de una mañana de otoño. Desde dentro lo observaron desde un principio. su aspecto no era el de un niño de familia, sino mas bien el de uno abandonado al mas duro de los azares, aunque de todos modos nada hicieron los empleados para que el pequeño se sintiese incómodo en aquel sitio y simplemente se remitieron a observarlo con cautela. El no los notó en ningún momento por el brillo de aquel enorme vidrio y solo miraba aquel par de hermosos zapatos que tanto anhelaba y esperaba tenerlos a mediados de semana. Uno de los empleados, el que quizá mas se parecía al estereotipo del eficiente y correcto salió y mantuvo una charla con el pequeño

— ¿Buenos zapatos eh?

El niño lo miró, inspeccionándolo varias veces. Estaba acostumbrado al desprecio.

— Si —fue lo que dijo luego de volver la vista hacia el vidrio.
— Son caros.
— Ya sé. Solo los miro.
— Pero te gustaría tenerlos ¿eh?

El muchacho no contestó, pero si pensó que aquella figura desgarbada y de brazos en la espalda empezaba a repugnarle. Una treintona de lentes y pelo recogido vino desde adentro

— No lo molestes. Solo está mirando
— Conversamos —dijo la figura flaca que ahora mostraba una mueca de sus labios que lo hacía más repugnante junto a las gotas de sudor que desde temprano parecían estar instaladas en su frente.
La mujer entró y tras ella el niño, bajo la atenta mirada del hombre de los brazos cruzados en su espalda, que secándose el sudor entró tras él.

— ¿Podría reservarlos? —dijo el niño al viejo detrás del mostrador, al parecer el dueño del lugar
— Tienes que darnos algo —el viejo se le acerco casi a rozarlo con su larga nariz y una sonrisa que le decía al niño: “esos zapatos no son para ti pequeñuelo, vete ahora mismo de aquí”.
El niño comenzó a sacar muchísimas monedas de una bolsa cuidadosamente anudada, y a contarlas sobre aquel mostrador como si no hubiese en aquel cuarto más que su persona. La flaca figura y la mujer de lentes se observaban con una sonrisa en sus rostros

— Trescientos ochenta y tres pesos —dijo el pequeño, y solo en el instante en que el viejo oyó la cifra, colocó sus lentes casi al terminar la nariz y observó detenidamente primero la cantidad de monedas desparramadas sobre el mostrador de vidrio y luego el rostro del niño.
— Eso es mucho dinero —le dijo al niño— ¿Dónde conseguiste tanto?
— Trabajé. Con mi padre. Por ahora solo preparo la pintura, pero el me prometió que cuando sea tan solo un poco mas grande y pase a cuarto año podré subirme en la escalera como él y pintar. Ayer terminamos allí (señala con su brazo una de las casas de la cuadra) y mañana empezamos otra, pero no es por acá.

— ¿Estás seguro que puedes pagarme el resto? —dijo el viejo, quizá un poco compasivo— son doscientos treinta y siete mas. ¿Cuándo crees que puedas traerlos?
— Mañana mismo señor. Solo debo preparar bien los dos baldes por la mañana y sostenerle la escalera a mi padre ¿sabe? el piso es de un material resbaloso y el está un poco viejo y cansado. La señora nos dijo que nos pagaba la mitad por adelantado.
— Me parece bien muchacho, te felicito. Pero debo pedirte dos favores antes de llevártelos:
primero que te los pruebes, para llevar tu talle justo, y segundo, que no dejes de ir a la escuela. Hasta un buen pintor como tú necesita ser educado y buena persona. No lo olvides. Tu papá podrá tal vez arreglárselas bien sabiendo que tu no estas perdiendo el tiempo por ahí.
El niño asentía todo el tiempo con su cabeza con la mirada perdida tras el mostrador. El viejo miró a la mujer y esta se dirigió a la vidriera y llave en mano se dispuso a quitar los zapatos del exhibidor, ya que pronto comenzaban las clases y la oferta había tenido buen resultado. Se los alcanzó y el niño se sentó en uno de los sillones. Toda su ropa era vieja y estaba manchada, pero el no parecía notarlo. Una figura se paró en el umbral de la puerta y miró hacia adentro, encandilado por el resplandor del exterior que no lo dejaba ver bien

— ¿Estás pronto Damián? Te dije que pasaras por lo de abuela a darte un baño. En la puerta habían quedado los tarros enormes y amarillos llenos con agua y algunos pinceles. El decoro del hombre no le había permitido pasar, por lo que le hablaba al pequeño desde la puerta un poco sonrojado por su aspecto y el de su hijo.

— Me los puedo llevar papá —dijo el niño contento— te gané la apuesta

El padre sonrió con vergüenza pero no dijo nada a esas palabras. Lo vio y se enorgulleció de su hijo, ahora sobre unos relucientes zapatos marrones. Luego miró al anciano tras el mostrador y luego a ambos empleados que seguían allí parados y estáticos como arbustos. Después de un rato volvió la mirada al niño y le preguntó.

— ¿Cuánto te costaron?
— Trescientos ochenta y tres —se adelantó el viejo

Los vituperios de Clemente Alberti

Los vituperios de Clemente Alberti fueron famosos en cierto tiempo, no muy distinto al que actualmente vivimos.
Solía pararse con sus setenta y pico largos a maldecir a quien se le antojase, aunque los incrédulos de su palabra eran siempre los que salían peor parados
(es decir todos). Ayer el gobierno, hoy la policía, mañana el mismo pueblo, que lo observó en un principio como a un loco, aunque después como todo, se fueron olvidando de él, se fueron cansando de sus palabrerías proféticas de poca monta.
Yo pasé aquel día en que le tocaba el turno a la iglesia. Si dios realmente existiese lo hubiera fulminado con un rayo divino en los primeros tres minutos del discurso, el mas perverso contra la institución desde épocas luteranas, según algunos expertos en el tema. No me interesó demasiado aquel tipo alto y desgarbado, con el Apocalipsis en el rostro, mas bien me dio lástima su locura, aunque confieso que me quedé hasta el final de su exposición. Sabía que sus espectáculos no durarían demasiado, como en realidad sucedió.
Cierto día el anciano predicador ya no regresó a la plaza y no fueron pocos los que lo extrañaron. Algunos dicen que en la jornada anterior a su desaparición, (de la que se dedujo también su muerte) vituperó su propia suerte.

Los viajeros

A Marcelo; por su interés

A esas personas que pasan por nuestra vida, y que siempre recordamos una y otra vez por algún motivo para mí desconocido, les he llamado aquí los viajeros, con el simple sentido de identificarlos de esa gente que volvemos a ver después de mucho tiempo y de muchos cambios. A los viajeros no los vemos nunca más. Y es por eso que me tomo el derecho a veces de imaginar que han hecho con sus vidas, o donde estarán en el preciso momento en que los recuerdo. A los viajeros se los ve como es lógico, de diferente forma con el correr de los años. Cuando somos niños ellos también lo son a veces, y pueden despertar en nosotros los mas variados sentimientos.
Recuerdo sentir celos de Alex.
Llegó a la escuela por Julio, lo cual ya me resultó extraño desde un principio. Era callado y siempre respondía bien a las preguntas sobre cada tema. Parecía ser mayor que nosotros, y siempre vi en su rostro que no pertenecía a ninguna parte, o tal vez que buscaba pertenecer a algo. En los recreos se unía a nosotros de forma pasiva, simplemente escuchando lo que hablábamos y asintiendo con la cabeza en señal de aprobación siempre. Fue el fenómeno que paralizó a más de una niña y el sujeto capaz de mantener a la maestra viéndolo sin ningún sentido, con una sonrisa en la boca y por varios minutos.
Admito que era un viajero especial, pero los viajeros siempre se van y Alex se fue así como así. Un día que parecía ser normal, salimos al patio y la maestra dijo:
— Nuestro compañero Alex se va hoy, y de parte de todos nosotros como maestra le deseo la mejor de las suertes —y lo besó en la mejilla izquierda.
Luego el niño salió caminando de entre nosotros (que lo rodeábamos) y se fue caminando hacia la salida de la escuela. Si. Simplemente se fue caminando, sin nadie que lo viniese a buscar, sin nadie que tomara a aquel niño de ocho o nueve años de la mano y le enseñara el camino. Recuerdo que aquel día me molesté con mi madre por irme a buscar a la salida. Mediaba octubre.
Alex es simplemente uno de mis viajeros, tal vez el que prefiero, por los sentimientos encontrados que hasta hoy me inspira. Pero hay muchos más, y cada tanto hacen un segundo viaje hacia aquí, pero a mi memoria, y juego a intentar reconstruir sus vidas a mi manera, a devolverlos a ese instante en que los conocí y que bastó para que se quedasen y reapareciesen de vez en cuando.
Creo que todos debemos de tener nuestros viajeros, solo que a veces nos cuesta diferenciarlos de las personas comunes. Los viajeros nos hacen pensar, y son un elemento de referencia y comparación. Como lo fue Rosaura, que siempre tenía una sonrisa en su boca, y yo creía que era feliz simplemente por eso, por sonreír. Y que parecía no importarle su pobreza extrema, su total desaliñe. Sonreír le abría puertas en el sentido de que la gente era amable con ella, se detenían a hablarle, a besarla o tocarle su pelo revuelto, y yo veía que no era tan importante ser prolijo, como ser educado y agradable a los demás, e intenté comenzar a practicarlo. Fue ahí que ella desapareció de mi vida hasta el día de hoy. Hoy quizá pueda decir que vienen para cambiarle a uno la vida en algún aspecto, sea este nimio o grande, sino no los recordaríamos y serían para nosotros personas comunes. Esto fue un pequeño homenaje a mi manera para el viejo Rodolfo, Doña Inés, Sergio (que sé que nos recuerda), Cecilia, el colorado Ernesto y algunos mas que no recuerdo hoy.
Intenta recordar los tuyos, tal vez sea un buen ejercicio y puedas aprender aún algo de ellos.

Los curiosos silenciosos

José me hacía señas desde lejos. Era un niño sano, aunque demasiado fantasioso.
Siempre parecía saber mas que yo, fuese del tema que fuese. A continuación estaba (sin saberlo ninguno de los dos) por demostrármelo nuevamente.
— ¿Querés ver a un suicida? —me dijo con una sonrisa en su rostro regordete.
La palabra era como tantas otras desconocidas para mí, aunque me sonaba a algo de grandes, o sea algo que los niños por alguna razón no podíamos manejar, dado su grado de dificultad.
— Es el viejo del perro, el que apedreamos el otro día. Espero que no sea por eso que se quiere tirar.
La escena se resolvía de la forma siguiente:
El murmullo de varias viejas de la cuadra, que habían llegado primero, tras ellas un
gordo sabelotodo, que no sabía que empujar ancianas no es de caballeros. Luego un par de curiosos silenciosos, como nosotros. Arriba un tanque de agua, uno de los tres del pueblo, de forma cilíndrica y con una escalerita metálica propicia para que tanto niños, hombres o ancianos puedan subir fácilmente. Fue así que Don Gervasio subió, sin más, mientras su perro, después de mucho tiempo observándolo desde abajo, decidió esperar desde mas lejos bajo un arbolito que recién comenzaba a crecer.
Enseguida asocié que un suicida era una persona, aunque no supe que me diferenciaba a mi de aquel tipo allá arriba, ya que subir a árboles, o lugares altos era algo común para mí.
— Es que se va a tirar —me dijo José
Lo miré un rato en silencio y después vimos como el viejo se sentaba en aquel tanque tan alto y gritaba que era un hombre valiente, y que por eso hacía lo que hacía. Y que le gustaría ser recordado como un hombre normal, a pesar de que todos sabíamos que no lo era.
La policía llegó como a la media hora, despacio. Trataron de convencerlo de que no se tirara, pero parecía que les daba lo mismo si lo hacía.
Mientras tanto yo terminaba mi razonamiento de que un suicida es alguien a quien la vida quizá ya no le sonría, o que el no le sonríe a la vida, no lo sé. Al viejo lo bajaron entre dos milicos, los más jóvenes de los cinco que habían ido aquel día. El viejo lloraba a cántaros y José se puso triste. También yo lo hice en menor medida, pero no sabía por que.
El viejo siguió pasando por enfrente a casa varios años más, con sus brazos en la espalda, caminando despacio. Y su perro, su fiel compañero de vida, el animal que lo lamía cuando lo bajaron, y el que estuvo en la puerta del hospital los cuatro días en que a su dueño lo retuvieron allí.
Tiempo después la abuela de José fue al baño que tenía en el fondo de su casa, y decidió no salir más. Nunca más.
Me enteré varios días después, José mismo me lo contó. No supe que hacer y simplemente lo abracé y le agradecí el ser mi amigo para siempre.

La espera

Las escaleras parecieron sonar más fuerte esa vez, y el niño supo al instante que lo que se acercaba no era ni su perro Alfredo ni su padre ni su madre. El conocía perfectamente todos aquellos golpes que sonaban tan distinto en la madera, y esta vez no pertenecían a ninguno de ellos. Dejó el lápiz sobre aquella hoja, escrita con una letra minúscula y pequeña, y esperó.
—Hola —le dijo la voz.
—Hola —contestó el niño sin mirar. Ya no hacía falta.
La mirada del niño había quedado fija en uno de los tantos libros que frente a él tenía su padre, dispuestos ordenadamente sobre una tabla tan bien pulida y amurada a la pared, que parecía una parte extraña de la misma, sosteniendo miles de páginas y páginas en dos metros lineales. La figura se detuvo apenas entró, y se quedó inmóvil, como esperando algo del niño. El pequeño se levantó de aquella silla que quedó girando hasta detenerse después de haber dado casi una vuelta completa, porque chocó con el borde de la mesa, era una silla forrada de azul, quizá una felpa. Sin ningún apuro se dirigió a la otra punta del escritorio, donde tenía un pequeño bolso de cuero tan antiguo como los años de juventud de su abuelo, muerto ya antes de que el naciese y dueño de tal objeto hasta ese entonces, cuando su padre un día lo salvó del embargo junto a un centenar de libros y algunos ejemplares raros de frutos disecados del Brasil, puestos en una cubo de vidrio del tamaño de una caja de zapatos. Dentro del bolso puso primero que nada “La Isla del Tesoro” de Stevenson, y luego una vieja edición de “El Aleph”.Varios lápices (dos de ellos sin punta) y una libreta de anotaciones parecida o igual a las que se usan en las almacenes. Mientras lo hacía miró por la ventana: era un buen día y enseguida que lo notó siguió en sus tareas. Continuó con dos trozos de pan del día anterior que había olvidado cuando la noche antes había cerrado la puerta, y puso en el bolsillo izquierdo del pantalón un pañuelo manchado de sangre ahora seca, proveniente de su nariz. La figura seguía inmóvil, esperando al niño que aunque siempre le dio la espalda, lo vio repetidas veces gracias al reflejo del vidrio.
Sabía ahora que la espera había terminado, y que saldría en unos instantes de aquel su cuarto, aunque no se impacientaba al respecto, ni tampoco deseaba irse de allí con todo su corazón. Parecía como que simplemente el hacia: el andaba de acá para allá, tomando una y otra cosa, y guardándola en aquel añejo bolso. Tal vez no era el —llegó a pensarlo— pero aquella energía que lo movilizaba le bastaba para dejarse llevar. Todo parecía estar predicho de antemano.


Y luego de que estas palabras estuvieron en el papel y luego de haber sentido los pasos en la escalera, pudo soltar el lápiz. Se dijo a si mismo que no lo miraría a los ojos hasta no haber tomado todo lo que tendría que llevar y empezó mentalmente a repasar elemento por elemento, desde el viejo bolso del abuelo, pasando por los lápices sin punta y los de punta afilada, una libreta parecida a las de las almacenes y sus libros favoritos “La Isla del Tesoro” y “El Aleph”. Stevenson y Borges en el mismo espacio.
—Hola —le dijo la voz
—Hola —dijo él.
Y luego de detener la mirada durante unos instantes sobre uno de los tantos libros colocados prolijamente en la pared, en un estante fabricado por su padre, se levantó.
La silla en la que estaba giró hasta casi completar una vuelta, para luego chocarse con el borde de la mesa y detenerse.

Juanita

Doña Juanita decidió a sus 98 años no morirse, y puso todas sus fuerzas en eso. Estaba contenta con la vida a pesar de las dificultades propias de la edad.
Pero pronto la vida la siguió probando y cuando Juanita tenía ciento seis, Hectitor, el mayor de los seis hijos, murió de viejo mientras dormía. Ella lo asimiló de la mejor forma y siguió su largo camino como siempre, feliz.
Pero la misma muerte que había hecho con Juanita un pacto eterno le quitaba con el correr de los años a sus seres queridos, aquellos que habían decidido abandonar el mundo a su debido tiempo, fue entonces que a los ciento sesenta y cinco años de edad Juanita ya no tenía a mas nadie de su familia salvo unos bisnietos que por viejos ya ni salían de sus casas. Entonces la anciana ya no tuvo a nadie mas con quien hablar, y llevaba a sus casas a cuanto perro o gato encontraba por ahí, con el fin de tener compañía. Pero los animales morían uno tras otro de viejos y hubo una época de bondad en el mundo en donde ya nadie dejaba animalitos en las frías calles, y así entonces Juanita si se vio totalmente sola. Los tiempos cambiaron después para la mujer, y una vecina que llegó un día a la casa por curiosidad, ya que hacia tiempo que no veían a la anciana en el barrio, encontró sobre la mesa una diminuta mujercita de unos quince centímetros que muy hábilmente se las ingeniaba para morder un trozo de pan cubierto de hongos verdes y tres veces mayor que ella. La vecina se sorprendió al ver semejante escena y se apiadó de Juanita. Fue así que cuando ésta no pudo comer por sus propios medios, la mujer la alimentó y la mantuvo limpia, bañándola diariamente en una taza de café color marrón. Pero el tiempo que nada aprecia pasó y la mujer enfermó y murió, no sin antes heredarle a su hija soltera el deber de mantener a aquel ser tan ínfimo ahora de doscientos tres años. Juanita cada vez daba menos trabajo, ya que la mujer apenas la bañaba y la comida necesaria para sobrevivir era una racioncita una vez al mes.
Cuando la hija solterona murió de anciana sorpresivamente, Juanita estaba hurgando en una botella de leche que se había volcado sobre la mesa, y fue ahí donde el cura párroco la encontró. Sucedió hace como ciento treinta años, y se dice que nada le sorprendió a aquel cura aquella personita mas que para colgarla en la entrada de la iglesia dentro de aquella botellita de leche con un piolín tan fino como una seda. Hay quienes dicen que fue un castigo por negar al señor.
“tuviste reservado tu lugar en el paraíso anciana” —dicen que le dijo— “y lo has perdido para siempre”.
Está tan alta la botella y tan cerca del campanario que nadie tiene ganas en realidad de cerciorarse que paso con Juanita.
El nieto de Leivas, un niño travieso, asegura que subió no hace mucho y que vio un ser del tamaño de una uña que en un rinconcito de aquella botella ya vieja, se movía de vez en cuando levemente.



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E-mail.

Desperté aturdido, nervioso. Sin pensar me dirigí a la cocina y noté simplemente que había tenido un sueño horrible, y que no me sentía muy bien. Todo era raro esa vez, mas que de costumbre, aunque desconocía el motivo. Tomé un vaso y lo llené de agua, probando el efecto del líquido sobre mi pesado ánimo.
El efecto fue el esperado, y no es reproducible en palabras el fastidio que llegué a experimentar nuevamente, mejor dicho la impotencia. Nuevamente me encontraba en mi lecho, y con pleno recuerdo de haber despertado anteriormente, lo cual me generaba un horror indescriptible. Pensé que si meditaba un tiempo y lograba una forma de despertar, quizás pudiese aquel día llegar a una solución. Miré a mí alrededor y sin dudarlo supe que estaba en mi dormitorio. Me venció la furia y salí corriendo a la calle. Las risas de la gente que por allí pasaba me alegraron, pues hicieron darme cuenta que estaba despierto realmente. Lo había logrado por fin.
Entré a mi casa por el desayuno y sin dudarlo salí a trabajar apurado, sin deducir aún que había despertado a la misma hora que la vez anterior
— ¿De que te reís? Me preguntaron varios
—me río porque pude despertar hoy.
—Eso se llama ser agradecido al señor—dijo una anciana—es usted un buen hombre.
Lo que no sabía la mujer es que la religión no formaba parte de aquel embrollo.
A las tres de la tarde sentí una sed como nunca antes había sentido.
En la fábrica hay expendedores de gaseosas, aunque opté por el pequeño barril de agua mineral desgasificada, ya que estaba yo en mi momento atlético, y no quise agregar entonces azúcar a mi organismo. El agua pasó a ser mi perdición. Al beber el primer sorbo, me hallé nuevamente en mi cama, a la misma hora en que me había despertado anteriormente. Rompí mi lecho a patadas, así como también los cuadros que yo mismo había pintado y algunos libros que por su espesor eran fáciles de manipular, y por lo tanto de destrozar. Recuerdo que luego lloré por un lapso de tiempo bastante extenso.
De rodillas ante mi cama, tuve una idea, y seis horas después (aclaro que me refiero a las horas posteriores a mi último despertar) me encontraba frente a la máquina expendedora de refrescos. Pensé por un instante romper en pedazos el pequeño barril de agua mineral, pero la mirada extraña de algunos de mis compañeros me llevaron a calmar mis ansias, además de que ya en la mañana había golpeado en mi furia varias paredes, por lo que estaba cansado. Opté esta vez por la bebida gaseosa a pesar de que mi ánimo de atleta seguía vigente, aunque no así mi ánimo de repetir aquel día cíclicamente. Digo “aquel día” porque parece que fue hace mucho, aunque teóricamente “aquel día” es hoy. Así es lector, no era el agua mineral la causante de mi retroceso, sino todo tipo de fluido que ingresa a mi organismo. Esto incluye por supuesto a las gaseosas. Esto no intenta ser un relato de una experiencia pasada, sino que créame usted que mientras lee esto, mi desesperación va en aumento, no quiero morir de sed aunque tampoco quiero volver a despertar. Por favor, ayúdeme.
Detrás de mí hay tres tipos que ni conozco, pero dicen tener una teoría acerca de mi problema. Discuten entre ellos en la mesa de este horrible lugar que por seguridad desconozco donde está, o sea que no se donde me encuentro ahora. Ellos parecen no estar preocupados, y simplemente escriben fórmulas en papeles interminables. Por suerte se ha inventado la Internet. La sed me quema interiormente. Espero que este lugar no sea tan secreto como para que alguien que lea esto no pueda mandarme (si es que la tiene) algún tipo de solución. Desde ya le agradezco. Aunque mientras escribía, en mi interior he decidido optar por la autoeliminación. Obtendré agua de algún sitio de este lugar de mierda y al despertar en mi cuarto, tomaré el arma de la mesa de luz, que me dejó mi padre. Deséeme suerte por favor.

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Eleonora

Eleonora pasa los cuarenta creo que por poco. Conserva aún vestigios de una cabellera oscura y brillante y sus caderas, ahora ensanchadas, ocultan para quien no la conoció en su juventud un pasado victorioso que duerme bajo una capa de años que fueron y no serán más. Su rostro es fresco y chispeante y su sonrisa muy particular. Cuando camina lo hace de una forma tal que es única, una manera que no pocas han querido imitar y no han podido. Ella es indiferente ahora como lo fue siempre, incluso en sus épocas de grandeza y majestuosidad. Es que en el barrio cada vez somos menos, y el nivel de expectativas de los jóvenes hombres que quedaron tuvo por la fuerza que descender en la calidad de las exigencias, por lo que Eleonora se ganó después de cierto tiempo de escasez, el (nunca buscado por ella) título de mujer con letras mayúsculas, como decía el viejo Atilio que el señor lo tenga en su gloria.
“Si yo tuviese tu edad gurí” me decía con los ojos puestos en aquel culo que se movía como ninguno, y resignado como un tigre cuando cae en cuenta que no alcanzará jamás nunca a la gacela, se daba media vuelta y se encerraba “a verle la cara a la que te conté por el resto del día”.
Era y es frecuente encontrarla refugiada en la oscuridad de alguna esquina que debiera estar iluminada, charlando con tal o cual tipo, o por las mañanas, junto a su madre viniendo de algún lugar, pero sé que entre los pretendientes eternos se corre la voz de que Eleonora no prefiere a ninguno y se duda que alguna vez lo haya hecho. Tienen razón en sus sospechas.
Lo que no saben estos infelices es algo que si lo supiesen no malgastarían su tiempo de la forma en que lo hacen hoy: para Eleonora los hombres son tan indiferentes como lo puede ser para el sol una hormiga x dentro de un hormiguero. Ellos compiten, se bañan perfuman y afeitan siempre con la misma estúpida esperanza: poder pasar de una simple conversación. ¡Pobres! Yo los observo con sus bicicletas al costado, sonrientes y peinados para el costado tratando de ser graciosos o amables. Hablándoles muy de cerca con el aliento a vino que se niegan a ocultar, alimentando su fútil esperancita de donjuanes fracasados. Ella los escucha, y sonríe quien sabe pensando que cosas mientras le hablan, aunque nunca es descortés con sus pretendientes lo que agrava más aún la situación. No los insulta, no los maltrata. Simplemente los escucha y sonríe, y siempre tiene que hacer algo el fin de semana o esa misma noche, y hasta parece que a ella misma diérale lástima el perderse tal invitación, pero no es así; simplemente no le resulta atractiva en absoluto ninguna opción, como no le resulta atractivo ningún hombre, al menos no uno que se haya conocido. La frase “dios le da pan a quien no tiene dientes” que fue la mas escuchada en el lugar por años y la mas difundida entre las celosas muchachas que veían en Eleonora la “acaparadora” de todas sus posibilidades de ser novias de blanco, o madres, y la odiaban desde lo mas profundo de sus solitarios corazones. Para ellas también tenía y aún tiene Eleonora una dosis de esa indiferencia hacia lo sexual que la caracteriza y la caracterizó siempre y que tantas vidas ha arruinado según muchas y muchos. Ella sigue hoy día apareciendo con su sonrisa en el almacén y se va como siempre, meneando esa silueta que aún muchos quieren o envidian según sea el caso. Eleonora vive con su madre, de lo que su padre les dejó al morir o sea una pensioncita con la que las mujeres viven simplemente en lo cotidiano y están y vienen y van. No hubo manera nunca de que la chica se fijase en hombre alguno, ni siquiera en mujer alguna, lo sabemos por el caso de El Volpe, que en realidad era “ella” pero todos la trataron siempre de “él” por lo que antes de su nombre se agregaba el pronombre personal masculino con el que pasó a la historia. Así que debidamente el tiempo declaró a Eleonora un ser simplemente asexual. Ni siquiera las bondades de las berenjenas “para limpiar lugares difíciles” según su vieja madre, lograron despertar en la muchacha algún tipo de deseo, y se tuvo que resignar la anciana a saber que nunca tendría nietos. Es que era para Eleonora impensable el hecho de tener un cuerpo extraño dentro suyo, le parecía horroroso el solo hecho de pensarlo.
Su padre fue un hombre honrado, salía por la mañana antes que el sol a trabajar en la fábrica y llegaba con estrellas en el cielo para comer y acostarse, cansado como un animal de carga, por lo que carecía del tiempo necesario como para siquiera ver a su pequeña, menos entonces para generarle algún tipo de trauma infantil que justificase el comportamiento de su hija, tan normal para ella como abrir los ojos al despertar. Aún hoy con sus cuarenta a flor de piel, Eleonora expele algo encantador.
¿Será el deseo frustrado de poseerla? Deseo de tantos hombres a la vez como para formarse uno solo, uno tan grande como para contagiar a los hombres de cien cuadras a la redonda, como para contagiarme. Deseo que nunca es poco aunque se apague a cada segundo, aunque se esfume como la niebla entibiándose con los primeros rayos de sol. El deseo que desparrama por doquier morirá con ella, espero, un día tal, y pronto se hablará de Eleonora como la mujer mas hermosa del lugar a pesar de que no lo haya sido jamás, y quizá pase a ser una especie de recuerdo imborrable al menos por un tiempo.
Por mi parte se que no tengo esperanzas para con ella, como nadie las debía de haber tenido nunca, y mi conciencia esta tranquila así como mis ojos, que miran hoy hacia otra parte. De todas formas tiene una linda sonrisa y un olor particular que respiro cuando paso a su lado.

El sueño del otro

A (sentado en un sillón cómodamente) — me alegra saber que esto en realidad no está sucediendo.

B (enfrente en otro sillón, y con una sonrisa inexpresiva) — ¿Por qué lo dice usted?

A — Por el simple hecho de que mi estado actual de lucidez o conciencia dificulta enormemente la percepción, y por lo tanto la diferencia entre lo real y lo fantástico.

B — La percepción de lo real señor, no es mas que un gusto personal. Lo que ahora hablamos si sucede, en mi mundo al menos.

A (con una risa simula su emergente nerviosidad) — vamos hombre. No trate de confundirme. El ejercicio es bueno, lo admito. Pero creo ser capaz de despertar en el momento en que ya no disfrute de su compañía, o cuando simplemente esté cansado.

B (el ceño un poco fruncido, las manos que aprietan casi sin notarlo el posabrazos de terciopelo gris) — ¿me está usted diciendo que no disfruta ahora de mi compañía?

A — No. En absoluto. Solo acepte que estoy en condiciones de pararme e irme en el momento que me plazca. Igualmente la experiencia fue brillante.

B (con tono subido) — ¡Hágalo!

A — ¿Perdón?

B — ¡Hágalo! ¡Váyase!

A (mirándolo con cierta mezcla de curiosidad y temor, se levanta) — ¿Lo ve? Puedo irme o quedarme a mi voluntad.

B — Ahora estoy soñando amigo. Sueño con usted. Por eso está frente a mí. Yo tengo el poder de levantarme e irme de aquí no usted.

A (camina a la puerta pero al abrirla, un abismo lo aterroriza hasta la palidez) — ¡Por dios!

B — Es usted una figura de mi sueño. Si dejase de soñar se apagaría como una vela.

A (con la cabeza gacha, entiende. Se acomoda en el sillón nuevamente, esta vez apoya la cabeza sobre la tela y busca en vano la horizontalidad de su cuerpo) — Me sorprendió esta vez. Supongo que esto es todo.

B (se para y camina hacia la puerta. La abre, y antes de irse mira a su víctima a los ojos) — Si. Es todo.

El reloj de sol

La última vez que vi al abuelo fue en la mañana del ocho de diciembre del ochenta y dos. Estaba silbando alegremente en el patio de casa, donde hacía seis años (el tiempo que vivía con nosotros) se sentaba en las mañanas de sol con un termo añejo bajo el brazo y el mate, que siempre en el suelo, era seguidamente alcanzado por alguna hormiga gustosa de azúcar.
Era un tipo alegre, quizás demasiado. Era ese tipo de alegría que se reconoce en las personas que saben lo que les espera, o que han vivido situaciones que para cualquiera de nosotros pueden definirse como extremas. A mi me gustaba sorprenderlo por detrás y tratar de asustarlo. Pero a abuelo era ya muy difícil asustarlo, y menos un niño de ocho años como yo lo era en ese entonces, así que siempre terminaba siendo yo al quien le subían las pulsaciones por algún susto bien merecido, y otras tantas veces terminábamos en un juego de manos simulando bofetadas de algodón.
En cierto tiempo había yo adquirido la costumbre de observarlo en silencio, de recorrerlo con la mirada y estudiar cada sombra de aquel parral proyectada sobre su rostro, cada arruga de su frente y de sus ojos, y así bajaba lentamente hacia su boca aún rosada a pesar del tiempo. Luego de haberme aprendido a abuelo de memoria, entraba a mi habitación y buscando papel y lápiz rápidamente, plasmaba su imagen aún guardada en mi retina minutos antes.

— Sos vos abuelo.
— Que lindo dibujo che, ¿me lo vas a regalar verdad?
— Si abuelo

Y me iba contento a mi dormitorio, o a jugar por ahí. Aunque después notase yo que todo aquel proceso del estudio de su rostro, y de su posterior pasaje al papel, llevaba mas tiempo que el que él mismo me brindó para verlo y agradecérmelo, así que de alguna manera me sentía desvalorado, aunque el sentimiento me duraba poco.

Entonces él dobló mi dibujo delicadamente, aún con sus manos viejas y sus dedos gordos, y se lo guardó en el bolsillo de aquel saco gris. Siempre era igual.
Es que abuelo tramaba algo hacía tiempo. Yo lo sabía porque cuando lo observaba, tenía una mirada aguda y profunda. Simplemente miraba el suelo por horas como perdido, mientras yo desde atrás de la pared del galpón, o desde algún arbustito del fondo, jugaba apuestas imaginarias con él a ver quien se movía primero, y como es lógico, aunque el no se enterara, siempre salía victorioso.

Una vez lo vi discutir con mamá. No llegué a escuchar ni una sola palabra, ya que abuelo hasta cuando discutía mantenía su voz serena y pausada. Mamá era distinta. No se parecía a su padre más que en lo triste de la mirada. Ella solía salirse de sus cabales, y cuando esto pasaba el abuelo simplemente le sonreía con una sonrisa tan particular que enfurecía mas aún a la hija, para luego retirarse despacito y sentarse en su mecedora debajo de la parra a simplemente mirar el cielo azul o a veces a leer o escuchar la radio.

Cierta mañana me llamó al patio, dijo que iba a enseñarme la hora. El sol brillaba no muy fuerte en ese momento

— Como los antiguos —me dijo— aprenderás la hora con un reloj de sol.
Recuerdo haber pensado que un solcito pequeño se metía dentro de aquel reloj que el llevaba desde siempre en su brazo izquierdo, y que desde ahí entibiaría aún mas su corazón y el de quien le diese a aquel anciano la mano y lo llevase al parque o a algún sitio de paseo, pero tiempo después, recordando aquel instante, reía en mis adentros y festejaba mi inocencia de niño.
Me enseñó un palo de madera pequeño, tal vez del tamaño de una cuarta de bolita, luego lo clavó en la tierra húmeda y a medida que colocaba piedras de colores a su alrededor, trataba de que yo pudiese comprender el sentido de cada una de ellas, o sea que aprendiese la hora en que nos encontrábamos. La primera vez fue inútil, ya que mi madre nos llamó a comer un rato después, y por la tarde estuvo tan nublado y frío que la pasamos simplemente charlando sobre gauchos y apariciones campestres como hasta la hora de la merienda, frente a un fuego perezoso de la leña. Luego se me olvidó por completo el asunto del reloj de sol, y el palito continúo allí, junto a aquellas piedras que habiendo sido absorbidas un poco por la tierra con el pasar de los días, quedaron perfectamente colocadas en el lugar.
La mañana en que me sentó en su regazo y me besó seguidas veces me sentí extraño. Me habló de mamá, de su carácter, de un mundo atroz y de la soledad. Esa palabra “soledad” tiene hasta hoy para mí un significado recóndito y aún no demasiado claro.
Fue una mañana de sol tibio en que las hojas caían lentamente, como queriendo que el tiempo no pasara. Aún hasta hoy lamento haber puesto toda mi atención en aquellas hojas amarillas y no en las palabras de un ser que me susurraba al oído con un amor tal vez hasta ahora no experimentado con tanta fuerza como aquel instante.
Algo dentro de mí me decía que no quitase los ojos de aquel anciano que vivía con nosotros, al que todos llamaban abuelo, pero por momentos lo creí merecedor de libertad o de algo parecido de lo que carecía por aquel entonces y no me sentía con el derecho de negar, aunque fuese algo que no estuviese muy claro aún en mi cabeza de ocho años.
Mamá observó toda la escena desde la cocina pero nada dijo, aunque después vi como ella agachó la cabeza y continuó con sus tareas como diez veces mas triste de lo que normalmente solía ser. En aquel momento recuerdo que desee con todo fervor poder comprender la situación, mas sentía que aquello era algo demasiado complejo para mí, y que si bien estaba inmerso en toda aquella escena, no era capaz de actuar de forma acorde a como se daban las cosas.
Recuerdo que el niño de enfrente a casa fue a invitarme a jugar en la calle, y aquella vez me negué a su compañía por primera vez en mi corta vida, no comprendiendo bien el porque solo le dije
— No puedo hoy, mañana jugamos.
Como para alivianarle la sorpresa de haberle dicho que no a jugar. El simplemente me quedó mirando por un instante, con un auto de juguete embarrado en su mano izquierda y un moco casi sobre su boca, y volvió corriendo hacia la puerta tan veloz como había venido. Para mis adentros pensé que había hecho lo correcto después de todo. Tenía yo entonces algo que comprender, que entender. Y eso requeriría la mayor cantidad de mi tiempo de niño, aunque al otro día la situación cambiase por completo el curso de mi vida y la de mamá. Veinticuatro horas después de que mi amigo viniese por mí a buscarme a casa, me encontraría yo en la suya por primera vez en mi vida, llevado expresamente por mi propia madre.

— Por favor papá, ya está bien por hoy. Ya salí dale, que el niño te va a ver si viene.

¿Y como yo no iba a irme a casa? Como yo no iba a escaparme de aquel lugar cuando presentía desde hacía demasiado tiempo, todo aquello que estaba sucediendo.
Llegué corriendo velozmente y mi madre me miró con sorpresa, pero no me dijo nada.
Estaba demasiado confuso todo aquello, y enseguida supe que abuelo se había encerrado en la pieza del fondo y no quería salir de ninguna manera.

Abuelo —grité— quiero que me enseñes la hora. El reloj nos espera en el patio. Y dice el sol que si salís de adentro el también lo hará con un brillo como nunca antes lo hemos visto.

Unas lágrimas aparecieron en la cara de mamá, que quizás vio en mí un cariño inocente y auténtico por aquel anciano. Entonces ella agregó, secándose con el delantal

— Papá, salí que se te enfría el mate. Dale. Tu nieto está acá, se escapó y vino corriendo.

La puerta se abrió y el abuelo salió como si nada. Nos dio una mirada a ambos y tomándome de la mano, me llevó hasta el reloj de sol y comenzó otra vez su tarea de enseñanza.

Mamá salió al rato de la pieza del fondo con una cuchilla afilada escondida casi perfectamente dentro de una manga. Y ella vio que yo la vi, y agachó la mirada.
Aquel día aprendí a usar los relojes, o como dice un amigo hoy día, me perdí para siempre en el ajetreado mundo del tiempo y los horarios. Admito que mi vida cambió en ese entonces, y cuando la maestra enseñó la hora meses después, yo ya lo sabía todo al respecto, por lo que esos tres o cuatro días me la pasé mirando por la ventana, soñando con mi abuelo.

Abuelo desapareció de casa una mañana de calor, bajo la complicidad de mi madre y de algunas personas del barrio. Hasta hoy no he querido que se me diga la verdad acerca de aquel tipo tan querido por mí, aunque tan extraño a la vez para un niño de ocho años.
Opto por todo aquel misterio que lo sigue envolviendo hasta hoy, antes que una realidad que sé no será tan grata como ese silencio acerca de su persona, de su pensamiento. Creo que somos lo que pensamos, y que lo que abuelo pensaba era tan pero tan suyo, que optó siempre por anteponerlo a todo a lo largo de su vida. A veces me dan ganas de saberlo todo de él, de retenerlo en mi memoria nuevamente, de dibujarlo otra vez con sus arrugas y sus labios rosados. De jugar al juego del silencio y que nuevamente vuelva a vencerme sin siquiera darse cuenta.
De todos modos lo conocí de la mejor forma que se puede conocer a alguien, desde la óptica de un niño, y pienso en eso antes de dormir y sonrío.
Cuando veo a esa gente que fue su cómplice, caminando, y me hablan, me sonríen, y cuando me tocan el hombro con cordiales palmadas, él es quien me toca de forma indirecta. No se porque, pero no quiero preguntarles quien era mi abuelo. Yo ya lo sé.
Mi abuelo fue quien me enseñó a mirar y comprender el tiempo, el mismo tiempo que me hace hoy, mucho después, darme cuenta que lo que creemos es lo más importante, lo que nos mantiene y da fuerzas. El reloj de sol está allí, esperándolo. La madera esta podrida pero aún en pie. Las piedritas brillan todavía.


* * * * * * * * * * * * * *

El paraíso de Nadina Ochoa

Nadina Ochoa se levantó temprano, y al abrir los postigos vio que era un día de sol. Una suave brisa le acarició el rostro y la invitó al quehacer diario; una mujer simpática, de agradables modales y hablar sereno, que se veía siempre por las mañanas con su bolsa en la espalda angosta y erguida como una figura de león rampante. Vivía sola en la última cuadra de una de las últimas calles de aquel pueblito, en un rancho de dos plantas que miraba hacia el Este. La entrada estaba provista de una fuente que hacía mucho tiempo no rebosaba de patos, ni tampoco había agua alguna que le diera su razón de estar, aunque el jardín no había aún perdido su encanto a pesar de ello. Unas marmóreas figuras de tamaño natural representando sátiros alegres se dejaban entrever entre la maleza, como jugando escondidas y una vaca ajena que gustaba como tantos del lugar, era la encargada de mantener el pasto en condiciones; piedras chatas incrustadas en la tierra marcaban el camino hacia la entrada: una puerta ancha y en madera trabajada a mano con figuras en relieve abstractas aunque en armónica composición.
El llegar “hasta” la casa de doña Nadina era siempre la excusa de las caminatas luego del almuerzo, un punto de referencia, por lo que se entiende que la distancia recorrida no era tanta como para que las mujeres del lugar llegasen a cansarse, pero a su vez no era poca como para que no sirviera para bajar el alimento, sino una distancia justa para tal efecto, y eso alegraba a doña Nadina a tal punto que solía invitar a las señoras con un refresco cuando estas llegaban a su jardín, así como también a sentarse a descansar al sol, y a charlar sobre temas banales.
Aquel día las esperaba con jugo de naranjas. Otros días con postres caseros o potes con frutas variadas, dentro de un jugo dulce como néctar. Las trufas de chocolate eran una especialidad de doña Nadina con las que sus comensales siempre esperaban encontrarse, olvidándose del cometido de sus caminatas, aunque tanto la anciana cocinándolas como las caminantes comiéndolas denotaban placer, poco importaba lo demás y bien valía aquel esfuerzo hasta la casa de doña Nadina.
Cuando las mujeres de los almacenes y las tiendas, la veían por la mañana con su bolso sobre la espalda, sabían que estaba comprando su agasajo, y eso las animaba a tratar mejor a la gente, a ser más amables con ellos. Nadina pasaba primero siempre por la tienda de frutas, y cuando la dueña le vendía naranjas, sabía que esa tarde tomaría un rico jugo, o cuando la compra era surtida que un pote enorme de losa le sería servido en aquel jardín, con las frutas frescas que esa misma mañana ella había traído junto a su esposo, y por eso las vendía con gusto y era doña Nadina su mejor cliente. El chocolate no era todos los días, pero ella sabía que cuando lo compraba (nunca escaseaba) era uno de los días de mayor cantidad de mujeres en su jardín, incluida por supuesto la propia dueña del almacén, que aunque nadie lo supiese guardaba dos o tres piezas de aquel manjar para sus pequeñuelos, que miraban a doña Nadina con asombro y en silencio todo el tiempo cuando la mujer estaba allí.
Luego de su recorrido se iba a preparar el agasajo, y cuando las comerciantes veían que se le había hecho algo tarde porque su bolso pesaba demasiado para ella sola, posponían la caminata un rato.
Cuando Nadina se avejentó de golpe, hace como tres o cuatro inviernos atrás, las mujeres se preocuparon y una tarde en el jardín le preguntaron a Nadina que sería de sus caminatas cuando ella no estuviese. Ella les explicó que no se preocupasen, que la casa quedaría para una sobrina que vendría a vivir, y las recetas estarían todas colgadas en la cocina, bien a la vista para que no quepa la más mínima duda en ningún detalle, así como el dinero para las compras. Pero hasta hoy la anciana sigue invitándolas con sus exquisiteces, y las mujeres del pueblo, gordas y felices olvidaron ya aquel día y no se preocuparon mas que en preguntarle acerca de que si su sobrina cocinaba tan bien como ella.
— Eso no lo sé —les contestó, y las mujeres se inquietaron solo un poco, pero por un momento insignificante, para luego seguir felices y comiendo.

El lado bueno

El que inspiraba menos confianza de los doctores que allí estaban, fue el que se acercó a aquel tipo:"No se preocupe Molina, vaya nomás. Fue un golpe fuerte, pero no corre riesgo. Vaya nomás Molina que ella está bien". El hombre sonrió de tal forma que casi dejó caer aquel pucho chiquito. El doctor le devolvió una sonrisa cansada, y se fue. Por la ventana la fila de gente buscando atención (viejos en su mayoría) se perdía en la oscuridad de la madrugada. Se los podía ver hablando. Hasta riendo.
Unos en compañía, otros solos, y muchos labios sin color. Faltaban unas horas aún para las seis, por lo que el hombre se sentó otra vez, y tragando el humo ahora con mayor gusto fijó su mirada en aquel baldosado:
"¿Viste Molina? ¡Un poco de suerte eh!" le dijo su pensamiento mientras su cara áspera dejaba esbozar la sonrisa más grande, la que dejó caer el cigarrillo a pesar de los carteles de No Fumar. Fue esa madrugada cuando empezó a recordar su vida y vio que no había sido tan mala después de todo, al menos hasta el momento, y que la suerte si lo había acompañado en varias ocasiones
Cincuenta y seis años atrás, el mundo lo había recibido, en un rincón de aquella pared caliente aún entonces, gracias a aquel panadero. El siempre le dice a la madre que se acuerda de aquellos cachorritos del dueño, que al igual que ellos buscaban calor: "Eras chico.¿Cómo te podés acordar?" Claro que la suerte lo acompañó siempre ¿Acaso no era suerte haber sido justo él, justo él, el hijo que su madre eligió conservar? Enseguida la imagen de su madre se le vino a la mente. "La gata" como le habían puesto de joven a aquella mujer, si que tenía historia.
Una vieja media agrandada siempre contaba la vez en que aquella muchachita de pantalones raídos y cara sufrida le pidió una mañana pasar al baño, tenía un embarazo muy avanzado: "Como no m´hija pasá" "Gracias doña. Permiso"
La vieja notando la demora contaba que entró a la media hora. Lo que pasó después, era su plato fuerte en el club al que iba los domingos a jugar a las cartas. Siempre le piden el bis de la historia. En el rincón contra la pileta, un recién nacido envuelto en una toalla grande emitía sus primeros llantos. La banderola abierta, testificaba en forma muda aquella escena.
"Pero Juan Carlos está al tanto de todo eh, yo se lo dije de chico" decía siempre la mujer y sacaba los ojos de las cartas y por arriba de los lentes miraba a alguna de sus compañeras. "Cuando la ve por la calle la mira con una cara"

El hombre seguía pensativo, sin quitar la vista de aquel suelo tan frío para los ojos.
El tiempo corría en silencio, con respeto hacia los que estaban allí. A sus males.
Enseguida se acordó de sus trece años, cuando aquel espejo medio sucio se convirtió en su confidente, cuando le preguntó a su madre por que le había puesto ese nombre tan feo, de la contestación que recibió a gritos:
"Vos casi me matás¿sabés? ¡No no sabés! ¡Ni te lo imaginás!...Tendrías que estar agradecido...¡Andáte!"
Aún no entendía a su madre, pero con el correr del tiempo había aprendido a no contradecirla, aunque seguía convencido que Martirio Jesús Molina no pegaba ni con moco. Con eso de "no pegar" le vino a la mente lo mal que se sintió la vez en que lo culparon por ser el único niño allí en la viña, de robarle al guacho aquel que él ni conocía aquella figurita rotosa que nunca quiso. Le vino a la mente la sarta de golpes sin pruebas delante del personal, y como se sintió. Pero mucho mas que eso recordó, ahora con rabia, como tubo que callar por necesidad.
Enderezó su cuerpo de golpe y miró hacia la ventana de la sala en donde su madre se encontraba. El vidrio traslúcido lo devolvió a su meditación, pero por un instante: "¿Usted es Molina?" le dijo un hombre de pie "Si, soy yo" contestó, al tiempo que se paraba del asiento "Mire... yo soy" Molina ya lo había reconocido, era el victimario de su madre, el de la bicicleta. "Ya sé quien es" y trató de evitarle al tipo tan incómoda presentación "Yo empiezo ahora ¿vio? y pasaba a ver como estaba" el hombre se sacó el sombrero y lo giraba mientras hablaba. Molina notó su nerviosidad. "Se va a poner bien, son unos golpes, ya está vieja y..." "Claro claro" fue lo que al tipo le salió, siempre girando el sombrero en las manos
"No sabe el alivio que siento. Con mi mujer no pudimos dormir en toda la noche, iba a venir antes pero..." "No se preocupe, vaya nomás, no sea cosa que llegue tarde.
Muchas gracias...gracias" El hombre lo saludó con un gesto desde la puerta mientras girando aún su gorro, se lo colocó en su cabeza sin pelo y subió en su bicicleta. Era diariero. Molina se sentó sonriendo con la mirada al piso, ya no tan frío, aunque era aún noche.
"¿Viste Molina? La gente es buena. La gente es buena Molina.

El arribo

Había estado todo el camino pensando como se vería ella después de tanto tiempo. Desde que salió de la casa y encendió un cigarrillo, había creado en su cabeza variadas posibilidades de la apariencia de su hija, pero no se preocupó demasiado en elegir una de aquellas posibilidades. Esperaría a verla.
Cuando la hija bajó de aquel vehículo, la madre hizo un esfuerzo enorme para que su cara no denotara la sorpresa: aquel rostro era el rostro de una anciana. Había salido tres años antes con diecisiete años para Italia, con una beca de idiomas que ella, la madre por entonces no había tenido la fuerza suficiente para poner en tela de juicio. Simplemente la había ayudado con las valijas, pensando de a ratos mientras lo hacía en lo mejor para su única hija mujer, para su futuro.
Ahora estaba allí, casi frente a ella. En instantes tendría que hablarle, que contarle cosas tal vez íntimas, o tal vez no. Y sentía que no tenía la fuerza necesaria, sentía que aquella no podía ser su hija, a pesar de que le sonriese casi desde la puerta del avión, de una forma casi tímida, pues tal vez ella no había cambiado demasiado en este tiempo.
Cuando la verdad salió a luz, la madre estuvo llorando tres días enteros. Le parecía increíble aquella situación y se sentía engañada de una forma tal, que sintió por un largo tiempo que no era una madre normal, como les había prometido a ella y a su hermano cuando su padre los abandonó. Fue entonces que comenzó a fumar nuevamente, a tener problemas con el sueño y a faltar al trabajo. Era entonces conciente que ella y su hija y el apellido paterno habían sido denigrados, machacados desde la raíz misma de un honor ya dudoso desde otras épocas, pero que venía sin dar noticias por mucho tiempo. Ambas habían caído ahora, madre e hija, y como es lógico el sentimiento primario fue de impotencia. Luego de ira. Ahora, una frente a la otra, no hacían mas que tratar de mirarse a los ojos, y de ser una, y de volver a quererse, y recuperar su honor. Ya no importaba que la sombra de los ojos se corriera con una lágrima. Ni tampoco lo que dijeran los demás. Nuevamente eran ellas, madre e hija, confrontando un problema juntas.
El hijo prefirió no ir. Había perdido el contacto con la hermana cuando se enteró del engaño, y como un niño inocente, culpó a la joven como a la puta mas barata del lugar. Si bien sobrevino luego la reconciliación vía telefónica, cierta dosis de rencor había penetrado de forma tan profunda en ambas almas que el olvido fue incapaz de oficiar de mediador. Esto se tradujo en conversaciones entrecortadas, con muchos “si” y “no” en medio, así como un montón de formalidades a la distancia, y como era de esperar, un arribo sin hermano.
Ambas sintieron vergüenza: la madre por no haber podido estar, cuando la hija se dio cuenta que no había perfeccionamiento de idioma ni nada parecido, y cuando careció del dinero para hacer una llamada al Uruguay, en tal instante la madre imaginó ser su hija por un momento y encontrarse en tal situación, entonces largo un llanto desgarrador en su cama solitaria una tarde en que llovía a cántaros una semana antes del arribo.
La hija simplemente por haberle tocado el papel de hija en toda aquella historia, por sentirse la frágil, la indefensa, la que necesitó de su madre desde siempre para salir adelante. La engañada, estúpida e inútil niña cuya inocencia juvenil desapareció, sin aparecer en el cuento ni siquiera el más rancio de los príncipes azules.
La primera reacción no fue de compasión por parte de la madre. Creyó que no le haría bien a la muchacha. Optó por un simple “como estuvo el vuelo” y le pareció con eso quebrantar barreras. “Tranquilo” dijo la hija con lágrimas en el rostro sufrido y arrugado.
Luego vino el abrazo eterno, y otra vez el volver a empezar

El acecho

— Mientras ustedes discuten aquí, en este mismo momento ese hombre está mitigando su hambre. Lo dije de un principio, no es locura. La ciencia ya lo reconoce hace varios años como vampirismo. Ese tipo está más cuerdo que todos ustedes juntos. Sin embargo lo soltaron como a cualquier infeliz
El resto de los estancieros lo miraron con asombro, recordaron varios de ellos a muchas de sus costosas cabezas bovinas desparramadas por el campo, desangradas.
— Me han dicho que estuvo trabajando de peón en la estancia del menor Azarola, pero en ese entonces todavía no le había dado por la sangre.
— ¿Está usted diciendo que al ganado no lo chuparon esos bichos?
— Dígame una cosa Benítez —le contestó el interrogado, con una suave lumbre que solo le dejaba ver medio rostro— ¿Qué hace usted cuando cuereando por más de tres semanas, se harta de la carne de vaca?
— Me doy el lujo de pedirle a mis piones que maten dos o tres corderos para después invitar a un par de vecinos. Cualquier situación es buena para festejar.
Las risas se escucharon por todo el galpón, aunque alguien no rió.
— Pues digamos entonces que este personaje se hartó tal vez de la carne de vaca, pero no se toma la molestia de cuerear ovejas, espero entienda
Nadie rió entonces, puesto que comprendieron que sus vidas estaban en peligro.
— Recomiendo a ustedes que cierren bien sus establos, sus puertas y portones y que se encomienden a dios. Les aseguro que ya no verán ganado desparramado por las praderas, ya no.
Ahora todos volvían a sus casas, algunas lejos, otras cerca y no tanto. Aunque todos con una mano en la rienda y la otra en el gatillo. Eran tiempos difíciles, en donde muchas veces las fantasías y las realidades se confundían. El último de los oradores quedó solo y en silencio en aquel galpón mal iluminado. Cuando todos se hubieron ido, encendió un cigarrillo luego de haberse atado el poncho y la alforja en su espalda y salió. La noche era joven y las estrellas empezaban a aparecer como esas flores que nacen en la oscuridad, para luego relucir sus colores trastocados por el sol en la mañana.

Algunas preguntas para un niño muerto

Ese momento nos hizo olvidar de todo, o de casi todo. El ruido ahora casi mudo de alguna ametralladora y los cañones que cada vez parecían mas lejanos eran las cosas que me hacían dar cuenta de que aún estaba en esa maldita guerra. Allí ya no importaba mi ideología ni mis rezos por la paz. Allí dios había faltado con aviso.

El niño parecía querer responder de a ratos pero de pronto caía otra vez en un profundo desmayo; la bala le había penetrado en la pierna, justo bajo la cadera, y la sangre de aquella vida nueva emanaba a torrentes. Como había rosas rojas desparramadas a nuestro alrededor, supuse que aquel niño de no mas de nueve años no hacía mas que tratar de venderlas en el momento en que fue abatido. Era uno de los tantos vendedores de aquella ciudad que ahora ardía presa de la ira. Los tres empezamos a sentir el zumbido de las balas nuevamente y yo supuse que a pesar de que estábamos bien atrincherados, alguien nos había descubierto y disparaba contra nosotros.

El pelado Fuente le apretaba la pierna con las dos manos, olvidándose de su propia herida justo abajo del hombro derecho. Ambrosini nos cubría como podía desde un hueco por donde podía pasar el caño a pesar de que las balas de ellos pasaban el acero como nada. El pobre tipo, aturdido por el ruido apuntaba a donde sus oídos traicioneros le decían que estaba el maula que nos disparaba. Fue entonces que nos dimos cuenta que en la maletita no había nada para calmar el dolor como morfina o algo así. En las películas siempre había morfina, y las películas venían del norte, como las maletas, lo último en tecnología militar: radar de posición, visores nocturnos, algunas granadas del tamaño de un maíz, así como cápsulas que suplían alimentos por más de una semana. En fin, aquello era un tesoro para cualquier infante tercermundista, tesoro que nos vendieron a mitad de precio (o quizás menos). Tesoro que no incluía ni la morfina de las películas ni algún otro calmante para el dolor de un niño herido. ¡Cómo puteamos al ministro y al Estado! Fue ahí que realmente nos dimos cuenta de donde estábamos y dejamos de buscar cámaras o esperar que alguien saliera de atrás de algún tanque a decirnos que era todo una prueba, una prueba que el gobierno imponía a sus mejores para medir su valentía en caso de una guerra de verdad. Una prueba que de haber sido cierta, yo hubiese reprobado hacía mucho.

El niño murió y a mi fue lo último que vio antes de que sus ojos perdieran el brillo.

No merecía verme a mí como última cosa en la vida, yo pensé en su madre en aquel momento y también pensé en la mía. El pelado hacía rato que se había apartado a llorar, olvidándose de mis órdenes de apretar con todas sus fuerzas.

Ambrosini había quedado de hinojos de un balazo que le penetró la frente como diez minutos antes.

Me sentí aturdido y confuso, pero culpé a las balas que nos seguían rozando.
Miré aquel cuerpo sin vida y de pronto me encontré en un diálogo con el niño en el cual el despertaba por un momento solo para aclararme algunas dudas que yo me había generado a raíz de su muerte. Me sentí con la necesidad de saber más de él, de sus anhelos y sus sueños. El pelado seguía llorando, ahora pegado a Ambrosini, por eso es que no vio cuando el niño abrió los ojos y me miró sorprendido de él mismo y de cómo se le puede ganar a la muerte por lo menos por un rato. Supe que se llamaba Ezequiel, Ezequiel Mendoza, y que tenía diez años de edad. Había adivinado acerca de lo que hacía, pues era vendedor de rosas. Me contó que los turistas eran su mayor fuente de ingreso, que por eso las cosas no le estaban yendo bien últimamente, y que muchas veces había tenido que llegar sin nada a su casa, por lo que no le era permitido quejarse a la hora de los golpes de su padre, que era quien lo mandaba por la mañana a la zona de hoteles antes de que la guerra comenzase. Era el mayor de los cinco niños que su madre venía criando hasta hacía una semana atrás, cuando sucedió lo del derrumbe. Luego de un rato noté como el niño se cansó de mi y de mis preguntas y como quiso que lo dejase en paz con su muerte. Vi cómo miró su herida y una sonrisa leve le apareció en el rostro mientras dejaba descansar su cabeza sobre el frío suelo y me hablaba de lo que sentía y del porqué de lo que le sucedía. Escuché palabras sueltas y una me pareció que era destino, otra contento, ya que su voz cada vez se hacía más débil. También me dijo algo relacionado con alguien y con cierto tiempo que él debía cumplir. Luego palabras ininteligibles y luego la paz para aquel niño que había cambiado mi vida. El pelado se me acercó con los ojos rojos de llorar y comenzó a golpearme fuerte en el rostro, mientras yo me reía de todo y de la vida. La risa que me permitió sentir aquellos golpes como caricias, unas caricias de madre que tanto extrañaba en aquella época.

Cuando abrí los ojos estaba empapado, con lágrimas en los ojos y el corazón con rabia según me cuenta mi madre cuando se lo pregunto. Yo solo recuerdo que miré por la ventana buscando estruendos y cañones, y solo me encontré con un sol radiante. Me acordé en seguida de las veces que había agradecido (a no supe quien) el haber nacido en un país chiquito pero sin guerras y pareció en aquel momento que alguien me había cumplido, en efecto, tal anhelo. Mi país es bueno, pensé en aquel momento, y me inundaron unas tremendas ganas de levantarme de aquella cama y correr sin rumbo en paños menores. Pero ¿entonces qué guerra me había inventado el subconsciente y con qué motivo? ¿A dónde pertenecía aquel niño que tan amablemente me cedió un tiempo de su brutal muerte? Nunca lo iba a saber, aunque aún me quedaba del sueño el balbuceo que en su segunda agonía, supo esforzar para mí.
Durante varias semanas intenté descifrar tal frase pero no pude. Encontrándome un día sentado en casa con un bloc de notas cerca , jugué a escribir lo que me sonaba mas cercano de aquellas palabras que el niño había tratado de decirme, luego dejé de intentar, aunque la última anotación que escribí al respecto haya sido algo como:”yo nací para eso”