lunes, 11 de mayo de 2009

El acecho

— Mientras ustedes discuten aquí, en este mismo momento ese hombre está mitigando su hambre. Lo dije de un principio, no es locura. La ciencia ya lo reconoce hace varios años como vampirismo. Ese tipo está más cuerdo que todos ustedes juntos. Sin embargo lo soltaron como a cualquier infeliz
El resto de los estancieros lo miraron con asombro, recordaron varios de ellos a muchas de sus costosas cabezas bovinas desparramadas por el campo, desangradas.
— Me han dicho que estuvo trabajando de peón en la estancia del menor Azarola, pero en ese entonces todavía no le había dado por la sangre.
— ¿Está usted diciendo que al ganado no lo chuparon esos bichos?
— Dígame una cosa Benítez —le contestó el interrogado, con una suave lumbre que solo le dejaba ver medio rostro— ¿Qué hace usted cuando cuereando por más de tres semanas, se harta de la carne de vaca?
— Me doy el lujo de pedirle a mis piones que maten dos o tres corderos para después invitar a un par de vecinos. Cualquier situación es buena para festejar.
Las risas se escucharon por todo el galpón, aunque alguien no rió.
— Pues digamos entonces que este personaje se hartó tal vez de la carne de vaca, pero no se toma la molestia de cuerear ovejas, espero entienda
Nadie rió entonces, puesto que comprendieron que sus vidas estaban en peligro.
— Recomiendo a ustedes que cierren bien sus establos, sus puertas y portones y que se encomienden a dios. Les aseguro que ya no verán ganado desparramado por las praderas, ya no.
Ahora todos volvían a sus casas, algunas lejos, otras cerca y no tanto. Aunque todos con una mano en la rienda y la otra en el gatillo. Eran tiempos difíciles, en donde muchas veces las fantasías y las realidades se confundían. El último de los oradores quedó solo y en silencio en aquel galpón mal iluminado. Cuando todos se hubieron ido, encendió un cigarrillo luego de haberse atado el poncho y la alforja en su espalda y salió. La noche era joven y las estrellas empezaban a aparecer como esas flores que nacen en la oscuridad, para luego relucir sus colores trastocados por el sol en la mañana.

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