Había estado todo el camino pensando como se vería ella después de tanto tiempo. Desde que salió de la casa y encendió un cigarrillo, había creado en su cabeza variadas posibilidades de la apariencia de su hija, pero no se preocupó demasiado en elegir una de aquellas posibilidades. Esperaría a verla.
Cuando la hija bajó de aquel vehículo, la madre hizo un esfuerzo enorme para que su cara no denotara la sorpresa: aquel rostro era el rostro de una anciana. Había salido tres años antes con diecisiete años para Italia, con una beca de idiomas que ella, la madre por entonces no había tenido la fuerza suficiente para poner en tela de juicio. Simplemente la había ayudado con las valijas, pensando de a ratos mientras lo hacía en lo mejor para su única hija mujer, para su futuro.
Ahora estaba allí, casi frente a ella. En instantes tendría que hablarle, que contarle cosas tal vez íntimas, o tal vez no. Y sentía que no tenía la fuerza necesaria, sentía que aquella no podía ser su hija, a pesar de que le sonriese casi desde la puerta del avión, de una forma casi tímida, pues tal vez ella no había cambiado demasiado en este tiempo.
Cuando la verdad salió a luz, la madre estuvo llorando tres días enteros. Le parecía increíble aquella situación y se sentía engañada de una forma tal, que sintió por un largo tiempo que no era una madre normal, como les había prometido a ella y a su hermano cuando su padre los abandonó. Fue entonces que comenzó a fumar nuevamente, a tener problemas con el sueño y a faltar al trabajo. Era entonces conciente que ella y su hija y el apellido paterno habían sido denigrados, machacados desde la raíz misma de un honor ya dudoso desde otras épocas, pero que venía sin dar noticias por mucho tiempo. Ambas habían caído ahora, madre e hija, y como es lógico el sentimiento primario fue de impotencia. Luego de ira. Ahora, una frente a la otra, no hacían mas que tratar de mirarse a los ojos, y de ser una, y de volver a quererse, y recuperar su honor. Ya no importaba que la sombra de los ojos se corriera con una lágrima. Ni tampoco lo que dijeran los demás. Nuevamente eran ellas, madre e hija, confrontando un problema juntas.
El hijo prefirió no ir. Había perdido el contacto con la hermana cuando se enteró del engaño, y como un niño inocente, culpó a la joven como a la puta mas barata del lugar. Si bien sobrevino luego la reconciliación vía telefónica, cierta dosis de rencor había penetrado de forma tan profunda en ambas almas que el olvido fue incapaz de oficiar de mediador. Esto se tradujo en conversaciones entrecortadas, con muchos “si” y “no” en medio, así como un montón de formalidades a la distancia, y como era de esperar, un arribo sin hermano.
Ambas sintieron vergüenza: la madre por no haber podido estar, cuando la hija se dio cuenta que no había perfeccionamiento de idioma ni nada parecido, y cuando careció del dinero para hacer una llamada al Uruguay, en tal instante la madre imaginó ser su hija por un momento y encontrarse en tal situación, entonces largo un llanto desgarrador en su cama solitaria una tarde en que llovía a cántaros una semana antes del arribo.
La hija simplemente por haberle tocado el papel de hija en toda aquella historia, por sentirse la frágil, la indefensa, la que necesitó de su madre desde siempre para salir adelante. La engañada, estúpida e inútil niña cuya inocencia juvenil desapareció, sin aparecer en el cuento ni siquiera el más rancio de los príncipes azules.
La primera reacción no fue de compasión por parte de la madre. Creyó que no le haría bien a la muchacha. Optó por un simple “como estuvo el vuelo” y le pareció con eso quebrantar barreras. “Tranquilo” dijo la hija con lágrimas en el rostro sufrido y arrugado.
Luego vino el abrazo eterno, y otra vez el volver a empezar
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