jueves, 25 de abril de 2013

Buscando algo...

He caminado con la cabeza gacha el tiempo que llevo caminando. Algún día encontraré algo, estoy seguro.

martes, 13 de diciembre de 2011

A love Story

Ella estudia teatro hace años. Siempre le gustó "el arte de no ser yo" como define el goce que siente sobre las tablas.
Lee casi siempre libros de su rubro. Se vuelca al absurdo y Pinter tal vez pueda decirse que es quien mas la influye. Hace poco comenzó a escribir cosas. Ella quiere que pronto, ese conjunto de palabras sean su primer obra de teatro escrita. Obviamente ya tiene al teatro Stella como la sala del inminente estreno: le fascina la idea del fantasma que allí habita.
Tiene el pelo oscuro, usa anteojos para cerca y odia el maquillaje.
Es introvertida y extrovertida, intermitentemente durante todo el día, durante todo el año. No usa cigarros ni tampoco fuma. Trabaja hace dos años y medio como recepcionista, pero solo por el poco dinero que percibe, por nada mas.
Aún no ha logrado poder irse de su casa natal, aunque poco importa que sea su casa natal, ya que apenas se la ve por los lugares, y cuando los cruza simplemente se encierra a leer o a escribir su futura obra.
Entre sus gustos musicales siempre se encuentran las guitarras bien templadas, siente una predilección infundada por las guitarras.

El es alocado e impulsivo. Todo el tiempo lucha con si mismo para dejar de hacer el papel de idiota con el que cree presentarse ante el mundo. Cree que vistiéndose de forma algo correcta puede mitigar ese efecto, por eso no sale de su casa en prendas distintas al saco, la corbata, una camisa impecable y un pantalón de vestir oscuro y sin ajaduras, zapatos también oscuros y brillantes. Lo fascinó hace un tiempo una propaganda primermundista de unos polistas tan raquíticos como bien peinados, jugando ese deporte en praderas verdes y bajo un sol radiante, y se compró la fragancia.
Agradece a dios diariamente no tener en su ADN los genes de la línea materna: de poseerlos su cabeza pelada brillaría tal vez bajo ese mismo sol que los jóvenes del reclame. El espejo del pequeño apartamento que no hace tanto alquila es su amigo de las mañanas. Se refleja en él no menos de diez minutos antes de irse a trabajar.
Nunca se molestó en saber que esperaba de la vida.
Si se tiraba en su cama boca arriba a mirar el techo, era en los segundos previos a dormirse obviamente sin bañarse y después de un partido de fútbol con amigos. Nunca se encontró con si mismo, con su interior. Tal vez siquiera sabe que existe, no lo cuestiona. Por consejo de su padre siguió Gerenciamiento de Empresas, sin saber al principio en que consistía precisamente la carrera.
Aprende rápido y retiene, tiene ese don...y algo de suerte.
No anda en un muy buen auto por ahora, pero si en uno propio que compró no hace tanto.

Una tarde se cruzaron y se miraron

jueves, 30 de septiembre de 2010

Por poco

Luego de haber encontrado por fin un planeta con 100% de probabilidad de contener vida, se organizó un viaje exploratorio hacia el mismo.

Unos simpáticos androides con olor a fluidos engrasados y costumbres casi humanas fueron subidos a una nave ultramoderna en un lugar secreto de la tierra en agonía, lanzandolos a recorrer la distancia de 21 años luz hasta aquel prometedor planeta.

21 años mas tarde y 198.676.800.000.000 kilómetros después, la nave rozó aquel planeta, fallando en el impacto con el mismo por tres centímetros terrícolas, siguiendo la trayectoria dispuesta hasta alejarse a otras galaxias.

21 años antes Fernando Gómez Quinteros, reconocido astrofísico de origen hispano, doctorado en física cuántica en Harvard, y columnista de la revista "Nature" había sufrido el calor agobiante por la noche de aquel verano terrestre. Ya en las oficinas generales su cansancio no le permitió aquella mañana la correcta exactitud del cálculo.

Aunque fue por poco. 3cm no es nada.

Ema

Ema será su nombre. Por ahora es inquieta, aunque un tanto tímida, ya que está siempre con una o ambas manos en su rostro.

jueves, 29 de julio de 2010

Mi hijo

Mañana lo veré, sabré su sexo, experimentaré sensaciones nuevas, comenzaré a amarlo de nuevo, lo haré real nuevamente, ayudándolo a ser posible como lo venimos haciendo de a dos, de a muchos mas, desde hace un tiempo a esta parte

Mañana será un día distinto al resto de mis días vividos. Tal vez me sienta mas humano al volverlo a ver. Tal vez me sienta mas mortal. No lo sé.

Tal vez (y si padezco de sensibilidad acentuada como otros días) se me caiga una lágrima o varias de mis ojos al ver a ese ser moverse.

Deséame suerte. Gracias.

Rareza 2

¿Estás?- le dije hoy a mi imagen en el espejo.

Claro que estoy- me dijo él -Siempre que me enfrentes estaré. Quizá no con tu humor, quizá no con tu semblante cansado, quizá no con tus amores. Pero estaré. Tan cerca y tan lejos a la vez. Tan plano y tan frío, pero dispuesto siempre a devolverte esa sonrisa que a veces con esfuerzo esbozas.

Eres bueno en este mundo- Dije. Esa noche dormí en paz. Sabía que el estaría allí la próxima vez, para alentarme.

Rareza 1

Encontré esta nota dentro de un libro que compré en una vieja librería. Lo transcribo antes de tirarlo, ya que siendo siempre racional, le asimilé a dichos párrafos malos augurios, aunque me pareció rico su contenido a pesar de no entender sus metáforas (supongo que lo son). Transcribo.

"Me he visto entre la gente. Pero no me he visto como quien se ve a si mismo. No. Vi un ser igual a mi (a la idea que tengo de mi mismo) caminando como si tal entre la gente, en una avenida importante. El me vio sin mirarme directamente, pues cuando fui conciente de lo que estaba presenciando, el esbozó una sonrisa macabra sin mirar hacia el costado, aunque estoy seguro que lo hizo para mi. Para hacerme saber que de alguna manera estabamos ligados, (no se si decir que éramos uno). No puedo afirmar que era incorpóreo, pues no tuve chance alguna de contacto físico, pero de lo que si estoy seguro es de que fue un presagio de lo que ahora se, de lo que ahora estoy seguro que me pasará.
Era mas seguro de si mismo, era mas ágil y mas elegante que yo, sin dudas.
Era mas pedante en el gesto, en el caminar, mas osado de forma general.
Quizá sea yo mismo dentro de un tiempo que no llegará a ser jamás. Lo sé."


G.L. Dorniger, 1947

viernes, 7 de mayo de 2010

Enciclopedia BARSA

Siento que tengo una dependencia absoluta hacia los libros. Esos objetos de todos tamaños que poseen características similares, pero que a la vez son tan únicos, tan hermosamente distintos al resto que pareciesen tener dentro de si un alma cautiva, un fantasma de antaño que espera ser despertado cual genio, una vez abrimos con entusiasmo sus páginas.
Hoy puedo admitir una cosa como totalmente cierta: Debo mi confusa enfermedad de dependencia hacia ellos a mi querido padre. Así es. Pero no creas, gentil lector, (es mas, no imagines) que es mi padre uno de esos señores de bigote austero, de santa erudición y dedos ágiles en la deliciosa tarea de pasar página tras página frente a una crujiente estufa encendida, o frente a cualquier otro lugar. No. Es ahí donde tu imaginación, gentil lector, y el folclore que traes inmerso en tu interior te juega una mala pasada. Nada mas alejado de la realidad. Pues no pasó mi padre de ser un coleccionista de la revista "Selecciones del Reader´s Digest", revista que consumí y mucho en los rincones de mi casa paterna.
Lo que sigue es pues la explicación que yo mismo he descifrado acerca del porque de mi dependencia. Espero a su vez que este pequeño relato les resulte ameno. Aquí voy.

Quizá contaba yo con tres o cuatro años, que sé es la edad en que afloran mis primeros recuerdos infantiles que tal vez otro día resuma en un conjunto de palabras. Les decía que mas o menos a esa edad fue que un día en el regazo de mi padre y frente a la hoguera el me dijo algo, señalando un conjunto de libros rojos, que hasta entonces para mi, formaban con el mueble en que se encontraban un objeto único.

"Te dije que no subieras al mueble. Te podés caer y lastimar. Y si llegases a subir, por favor no toques esos libros, cuando tengas la edad suficiente los vemos. Pronto aprenderás a leer"

Escuchar la palabra "libro" fue como escuchar "pájaros" "pasto" "comida" o cualquier otra palabra similar; nunca la separé del contexto. Al menos no verbalmente. Pero a la vista, ¡ay como llamaron mi atención desde ese entonces esos objetos rojos, tan lejanos y desde ese momento tan anhelados!

En el año 84 mi tía se fue a Canadá a probar suerte con su flamante marido.
Eso "apuró" de algún modo la bajada de aquellos libros semi sagrados y la frase de mi padre que acompañó tal acto fue la siguiente:

"vení, vamos a conocer el lugar a donde se fue tu tía" y tomó el tomo en cuyo lomo decía "Bir-Dar", o sea las primeras letras de las palabras cuyo contenido se encontraba al principio y final del mismo. Me encantaría haber visto mi cara en ese momento, pero siempre la imagino como mezcla de asombro y sorpresa de ver un libro de esos fuera de su lugar. Recuerdo puentes, mucho texto, paisajes agrestes también. Pero lo que mas recuerdo es la mano de mi padre tomando aquel tomo de esa enciclopedia Britanica que es la famosa Barsa.

Luego de eso la magia de aquellos libros inalcanzables se esfumó para siempre, pero otra magia renació de aquella: la magia de los estupendos dibujos que en ella se encontraban, historias, leyendas griegas y países lejanos. Recuerdo que mis primeros intereses fueron la mitología griega y Robin Hood, cuyo grabado en el tomo correspondiente puedo ver solo cerrando mis ojos un instante. Recuerdo también haber tenido el placer de sacarle el nylon a varios de esos tomos casi mágicos por entonces, imagina entonces lector, que ni mi padre ni mi madre eran lo suficientemente curiosos como para siquiera pasarse una tarde abriendo libros nuevos por mero aburrimiento, aunque tal vez su idolatría hacia los mismos llevaba a extremos casi impensables.

Está de mas decirte que de ahi en mas el acceso a tales libros fue periódico, incisivo y casi enfermizo. los ojee todos antes de aprender a leer, lo cual sucedió no mucho tiempo después.

Pues bien, esa es mi teoría acerca de mi enfermedad por esos objetos manuables llamados libros. Nunca quise contárselo a mi padre ni a nadie de mi familia, tal vez ellos no lo entiendan. Gracias padre de todas maneras.

viernes, 9 de abril de 2010

Cosas que pienso

Las sístoles y las díástoles de mi hijo ya deben de estar haciéndose notar, ya deben de estar dentro de otras sístoles y de otras diástoles mas grandes, que vienen funcionando hace mas tiempo: obviamente las de su madre.

Una nueva vida comienza dentro de otra vida, tal vez sea ese el único misterio a develar, no lo sé. Es increíble que si yo desapareciese mañana, algo de mi genética quedará un tiempo mas sobre este mundo. Dejémos de lado el valor moral que eso connota y pensemos solamente en el valor de la especie, de nosotros como seres vivos.
Para mi tiene mucho sentido y me es necesario compartir mediante estas letras el cúmulo de sensaciones que traigo dentro hace días, que pueden ser resumidas como únicas.

Remedio contra la felicidad

"¡No olvides que estás tan expuesto a la muerte como en cualquier otro momento del día!" me digo a mi mismo cuando sufro de atenuada y eufórica felicidad instantánea.

Y mis latidos se empiezan a atenuar lentamente, y mi respiración vuelve de a poco a ser normal.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Otra de Dupin

Dos hombres de estatura media, galeras altas y bastones en mano, caminando por una callejuela de París cerca de la medianoche. Mentones en alto y hacia atrás. Elegancia. Noche estrellada, aunque algo opacada por las luces de la ciudad.
Uno le dice al otro, sin cambiar el paso ni mirar hacia otro lado que no sea la perspectiva de aquella callecita iluminada por luces de neón:

- El panadero no podría haber hecho mejor observación!

El otro lo mira (por primera vez desde que salieron) y le dice con cara de asombro:

- ¿Lo qué?

DOS CORTITOS

A LA HORA DE LA SIESTA, BAILABA MALAMBO ARRIBA DE LA CHAPA

Qué hijo de puta el guacho este! Tendría unos siete años, no mas. Era como a las dos, dos y cuarto a mas tardar!
Yo llegaba muerto, cansado a tirarme a la catrera, la patrona dejaba siempre la comida servida, tapada con un repasador floreado. Con la panza llena me iba al cuarto, no sin antes observar mi nido de amor, tan blanco. Me gustaba mirar un rato desde el umbral de la puerta mi lecho, no se porque pero lo miraba, mas cuando tenía mucho sueño. Bueno la cosa es que cuando me acostaba, y la brisa vespertina colmaba mi piel y me acariciaba, y Morfeo con su pócima llamaba al sueño para que me visitara, ¡AJA! Este pendejo insolente de mi vecino tenía la costumbre de pararse sobre la chapa del rancho de al lado, y practicar sus pasos folclóricos, entre los aplausos de su madre, que con orgullo lo observaba desde abajo, las manos juntas sobre el pecho y una sonrisa de oreja a oreja.

"Míremelo al nene vecino! mire como baila!" Me decía la Doña mientras yo, desde la ventana asentía con la cabeza por no mandarla a freír papas! Retorciéndome el bigote derecho para "canalizar"

CANALIZAR

Y esto de canalizar me hizo acordar a algo que vi en la calle, como simple espectador hace ya algún tiempo

El Johnny (así lo anotó su madre, a pesar de ser muy uruguayito el) que ahora aboga por la paz y el amor, con rastas incluídas y todo, conversaba con quien escribe cierta vez en la vereda. El tema en cuestión no hace al asunto, por lo que paso a contar que cierto personaje pasó justo por la calle con su mano derecha vendada, y algunos rastros de sangre seca sobre aquel paño blanco. La conversación que surgió de estos ambos personajes fue algo así:

- Pa Johnny que haces? ¿En que andas loco?
- Yo aca nomás, en estas pocas vo, anduve ahí haciendo dedo por el Uruguay, estuvimos con el oreja vendiendo piedras y eso en el verano, zarpado estuvo.
¿Qué te pasó en la mano?

- Pa es una historia larga Johnny, para que te voy a aburrir.
- Ta pero se ve que te enojaste con alguien ¿no?, le habrás roto la cabeza a alguno.

Y he aquí el comentario que realmente me sorprendió, me hizo pensar que todo puede tener dos caras, que todo puede verse desde diversos ángulos, que cualquier acto es mas rico que lo que se ve a simple vista.

- Nooooo, todo lo contrario, casi hago eso, casi le rompo la cabeza. Pero tuve suerte; tuve suerte de que había una ventana cerca. Ventana cerrada además. Y bueno, apunté al vidrio derechito...¡Y CANALICÉ!

Tomé agua por el pico

Tomé agua por el pico
pero pensando en ella
entonces fue con la tapa
que me empiné la botella

Tomé agua por el pico
"lambuceado" por las truchas
de varios negros mamuchas
en la obra de Darrico

Tomé agua por el pico
de una salus de medio
fue por la sed que tenía
a la hora del remedio

Tomé agua por el pico
solo para entrar en confianza
"yo te pago la fianza"
le dije bajo al milico

Tomé agua por el pico
sin mirar aquellos dientes
amarillos, mal olientes
que mostraba el negro Nico.

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Vaya en homenaje a cuando los poetas pensaban y pensaban
para que una poesía rimara y que las frases tuvieran sentido

...vayan también mis disculpas a todos...

lunes, 14 de diciembre de 2009

Una Flor

"Una rosa, ¡Qué cursi!" dijo la muchacha en la pradera mientras la sostenía en su mano blanca, girándola y viendo como la sombra de aquellos árboles dibujaba sobre la misma varios matices de un mismo rojo.
Sin embargo no se había desprendido de ella en toda la mañana, y era capaz, (sabía que no era tan común hacer eso) de pasarse la mañana entera mirando una flor, como alguien que trata de descifrar algo que no entiende. Allí estaba ella, recostada en la hierba bajo una sombra inmensa, en un día de calor.
"Una rosa...una rosa para que cambie mis pensamientos sobre el, ¡que ridículo es!"
Pero así como se negaba a admitirlo, ensoñaciones de mediodía hacían que su rostro se transformara en cada instante, que sus ojos se perdieran en el vacío y que por su mente pasaran todo tipo de pensamientos, su rostro de papel se sonrojaba por momentos, mientras el aire fresco de la primavera invitaba a la inmovilidad.
El no la había dejado acompañada de una carta, tampoco la había dejado en algún recipiente de agua, ni junto a otra cierta cantidad de flores de la misma especie: simplemente ella vio la flor sobre el aljibe al despertarse aquella mañana y supo inmediatamente que era él quien había tenido el gesto, ¿podría una rosa cambiar algo?
Mientras tanto ella la observaba, la giraba, y pensaba.
La brisa suave se agachaba sobre el pasto, haciéndolo danzar al son de la primavera. Ella sonreía por momentos, mientras que otras veces fruncía su ceño como discutiendo en un diálogo imaginario.

La anciana abuela se sentó sobre el paredón, bajo aquella parra y la observó desde lejos. Sus polleras le tapaban las piernas viejas e hinchadas, pero su rostro trasmitía seguridad, tal vez sabiduría. La madre de la muchacha se asomó por la ventana y dijo a su madre:

"¿Dónde está Helena? ¿Cómo la ha visto usted madre esta mañana, desde que le dejó la flor?"
"Sigue en ese ensueño de extrañarlo tanto, el le habla desde esa flor, y mientras eso pasa, ella es feliz"

Se dice en zonas rurales que ciertas rosas obtenidas al azar de un rosal cualquiera tienen el don de la felicidad, así como también el de no marchitarse jamás.
La anciana abuela poseía una desde hacía mucho, obsequiada por su misma madre.
Dicen las viejas que cura el mal de amores, hipnotizando a cuanta muchacha la observe por cierto tiempo, rotándola y rotándola entre el índice y el pulgar.

Enrique no volvería jamás, sería imposible verlo nuevamente a los ojos, pero mientras la anciana no fuera por su flor, a la hora en que las tres se juntaban para comer, Helena sería feliz en su delirio.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Manual Práctico del Perfecto Suicida

Ahorcarse sigue funcionando. En las afueras del Departamento de Canelones, es común ver cuerpos colgados mientras se viaja en automóvil entre pueblitos quietos, adormecidos en las medias tardes de un domingo primaveral. Migues, Montes, y zonas aledañas se caracterízan por un índice de suicidios elevado, quizá el mas alto del país. Inclusive se han vendido casas por ese motivo (las lugareñas son rehacias a seguir viviendo en el lugar en donde su marido se ahorcó, después de darse un buen baño y dejar las vacas nuevamente encerradas)y los nuevos dueños han optado por quitarse la vida en los mismos árboles, en los mismos cuartos. Revetria descolgó a su nuera y a su padre en cuestión de meses. Pero a su vez ha sido partícipe de varias descolgadas (no ejecutadas por el) de vecinos suicidas. De todas formas sigue siendo el descolgador número uno, esto gracias a su participación activa en varios de estos eventos.

Muchos pueden ser los problemas que lleven a alguien a elegir esto, a dar este paso (¿en falso?). Alguien con mucho dinero de esa zona se pegó un tiro en la boca hace unos años. ¿?. Conclusión: el dinero no hace la felicidad, al menos no en este caso.

Pero pensemos un momento: ¿es un segundo en el cual no se piensa dos veces lo que se va a hacer, el paso que se va a dar? ¿o es algo premeditado?
Cierto estanciero había dejado en un imán de la heladera, dirigido a su esposa, una especie de "organizador" de tareas para el resto del año, en donde se detallaban tareas de campo: arreos de vacas, días de venta de la leche, etc.

Las pastillas no son efectivas, avísenle a esa vecina ojerosa que vive enfrente.

Clotilde, la vecina de abuela, se encerró en el baño del fondo con un cuchillo, claro que fue una señal de alerta, aunque meses después pudo lograr su cometido, y se ahorcó bien bajito: en el artefacto que sostiene la toalla en la ducha. Se dice que su esposo, atropellado como pocos, la terminó de matar. Los niños de la cuadra se paraban en la ventana del cuarto tiempo después, gritándole al anciano como si fueran su difunta mujer, diciéndole que era culpable de su muerte. Luego el anduvo taciturno un tiempo, hasta que el mismo sucumbió a su propia suerte.

MANUAL

Consejos simples

1- Sea un suicida cauto. La tranquilidad de su casa sigue siendo el lugar preferido para llevar a cabo su plan, ¿por que azoteas? ¿por qué las aglomeraciones de gente?
¿por qué la prensa? Si la finalidad es quitarse SU vida, es bueno ser un poco egoísta a veces, al menos en estos casos.

2 - Sea un suicida limpio. Si las paredes de su casa son blancas, descarte la escopeta, la soga es limpia y bastante rápida, solo que no se puede arrepentir cuando cuelga de la soga, la silla está siempre muy lejos para arrimarla con los pies. Evite que alguien de la familia, tenga que limpiar su sangre salpicada en las paredes mientras seca sus lágrimas y lo maldice. TRATE SIEMPRE DE QUE LO RECUERDEN COMO ALGUIEN CON CLASE, incapaz de hacer pasar a los que quedan por tareas poco estimulantes.

3 - Deje cartas explicando por que lo hizo y deje en claro también si fue una decisión de último momento o algo pensado con precisión de relojería.
No debe haber nada mas horrible en el mundo para familiares de suicidas que no saber realmente por que lo hicieron, si realmente valía la pena, o si pudieron haberlo evitado. POR FAVOR, ACLARE BIEN LOS MOTIVOS Y ACLARE TAMBIÉN QUE ESTABA UD TOTALMENTE CONVENCIDO DE LO QUE HACÍA. Es frecuente que los que quedan sueñen después de un tiempo con su arrepentimiento, mientras cae al vacío, o mientras intenta sin suerte arrimar con los pies ese banquito, mientras se hamaca suave y pendularmente hasta desvanecerse.

4 - HAGALES SABER A SUS PARIENTES QUE FUE RÁPIDO. Aunque ud tiene claro que la idea de sufrimiento no era lo que ud tenía en mente, ellos dormirán mas tranquilos si saben que ud no sufrió. Mamá agradecida.

5 - Los autos al agua no funcionan, es una muerte demasiado romántica. ¡Por favor! a usted, divorciada cincuentona, olvídese del auto. Recuerde que aún no lo terminaron de pagar, y que deja a su hijo adolescente sin su bulín ambulante para el disfrute con la hija de la vecina esa con la que está. RE - CA - PA - CITE.

6 - EN LA BOCA, PLEASE. No sea tan infeliz de ponerse la escopeta o el revolver en el pecho. A veces las leyes probabilísticas suelen pinchar en los puntos menos pensados. Las sienes pueden funcionar siempre y cuando no sea un cabeza dura, o trate de matarse con un 22 corto.

7 - AYYY, LAS VENAS! No use la descartable de afeitarse. Puede morir por infección, antes que por pérdida de sangre. Use una buena trincheta o una simple hoja de Gillette. Corte EN LAS VENAS DE LA MUÑECA, y EN EL SENTIDO DEL ANTEBRAZO, NUNCA PERPENDICULARMENTE. Vaya a su cuarto y no a la bañera para cortarse las venas. Lo de la bañera esta fuera de moda. NO SE ARREPIENTA DE HABERSE CORTADO LAS VENAS. NO VALE SALIR CORRIENDO AL HOSPITAL. ASÍ NO TIENE GRACIA. Simplemente junte dos almohadas y recuéstese con la cabeza en alto para quedar conciente por mas tiempo. Disfrute el momento, ¡ES ÚNICO!

lunes, 11 de mayo de 2009

De una niña de diez años sobre su abuela

Dentro de un rato iré a ver a abuela. Ahora abuela vive cerca, a unas pocas cuadras de aquí, ya que mi madre aceptó mi idea de traerla a este lugar, aunque no a casa mismo, dadas las continuas negativas del dueño de este pequeño reino, o sea mi padre. Abuela es buena conmigo y con mis hermanos pero mi madre dice que excluyéndonos a nosotros, es una mujer que no se lleva bien con nadie, incluyéndola a ella. Como es una persona paciente, mi madre a pesar de todo la quiere, y trata de que todo esté en orden y lo mejor posible para esa mujer vieja que es abuela. Luego de quedar sola (hace varios años ya) abuela ha recorrido un sinfín de lugares buscando el ideal para terminar sus días, aunque ninguno en realidad le haya servido. Cuando no eran los vecinos del fondo era el olor continuo de una fábrica o la cantidad de gatos de la vecina o la soledad que le pesa en el alma y no se que mas. La verdad que no quiero contaminar mi opinión de abuela con lo que los adultos hablan. Simplemente cuando nos vemos nos saludamos efusivamente y no pienso en lo que me dicen acerca de ella, y hablamos y reímos y ella me cuenta cosas de cuando yo era pequeña, como cuando me despertaba aquellas mañanas de verano y estaban ellos asando choclos en un fueguito hecho con hojas secas de pino, o cuando pescábamos junto al río mientras charlábamos por horas y me contaban cosas de su niñez, y lo bien que lo pasaban por entonces. Para mi es simplemente la misma persona que por entonces me ayudaba a crecer de la mejor forma, solo que un tanto mas vieja, y mas sabia. Sus hijos se hartaron de ella pero de todas maneras siempre están. De forma más sutil ahora, como intermediarios entre llamadas indirectas por teléfono, a veces vienen cuando les es posible.
Abuela frecuenta un templo hace unos años de los que ha sacado algunas buenas amigas que la visitan y tal vez la visiten hoy en su primer día en este geriátrico. Está acá cerca de casa y por eso estoy contenta, la podré ver cuantas veces quiera mientras sea después de terminados los deberes, lo cual no me preocupa ya que siempre fui rápida para eso y mas cuando sé que después podré ver a abuela. El año pasado mirábamos la comedia de las seis pero ahora abuela ya no tiene televisor, ya que me dijo que iba a hacer una obra de bien y se lo regaló al pastor del templo junto con una heladera y un juego de living que tenía de hace mucho. Ojalá alguna ancianita del hogar nuevo mire la misma comedia.
Lo que a mi más me gustaría es que abuela viviese con nosotros, pero mi madre dice que es difícil que pase. Iríamos a hacer mandados juntas, jugaríamos cartas o simplemente miraríamos televisión hasta tarde. De todos modos ahora puedo ir caminando a verla y hoy es domingo. Me dijo que cuando yo tuviese tiempo caminaríamos por las calles para conversar y buscar donde está el templo del que el pastor le habló, pues por las mañanas y hasta cierta hora de la tarde puede salir de allí e ir al lugar que mas le guste. Espero que abuela sea feliz en su nuevo hogar. Ahora tengo que irme.

Las últimas vueltas (un nuevo comienzo)

Aquella mujer que luchaba forzosamente por hacer rodar esas valijas, esa mañana tan gris y lúgubre, definitivamente no era su hermana. El la miraba sin notar su gran esfuerzo por cargar con el equipaje tan escaso y tan pesado para aquel cuerpo, que desde tan lejos denotaba su aspecto enfermizo. Contra su voluntad, el hombre caminó hacia ella con miedo de mirarla a los ojos y confirmar lo que las cartas y las llamadas le venían anunciando. Aquella mujer que venía hacia el era su hermana, si que lo era. Y estaba muriendo.
El hombre pensó en sus padres y en lo que la situación significaría para ellos, y por primera vez agradeció a dios el habérselos llevado.

-¡Apuráte Teresa! Aquel es el tío Eduardo, el de la foto manchada.

Una niña de unos cinco años apareció corriendo desde atrás, con una mochila pequeñita colgando de su espalda. Ella reconoció a su tío a pesar de nunca haberlo visto en persona y se arrojó a sus brazos en una escena que nada tuvo de improvisación.
La niña lo miró a los ojos y vio como a su tío le caía una lágrima al mirarla. El tío era mas viejo que en las fotos. Cuando la mujer llegó hasta su hermano, fue para ambos como una confesión mutua, pero sin palabras. El, después de lograr verla de cerca, pudo comprobar de una vez la gravedad del asunto, no era un sueño ni tampoco se había curado. La cosa era mas grave, mucho mas grave. Ella sabía la pena que despertaría en él y no pudo evitar sentirse culpable. Al abrazarse, ambos miraron el suelo.

-Todo va a estar bien- le dijo la mujer a su hermano todavía con el brazo alrededor del cuello- vas a ver que con el tiempo…
A pesar de que hacía seis años que no se veían, ambos actuaban como si viviesen juntos. La relación se había afianzado en los últimos meses. Todo debería salir bien, como lo planeado. La prioridad: Teresa.
-Es una belleza- dijo el, mirando a la niña en sus brazos mientras ella le limpiaba las lágrimas con su inexperta manito izquierda.

-Si que lo es- dijo ella, y los ojos puestos en la niña parecían no querer dejar de mirarla.

Por la tarde fue que se reconocieron, en la casa que Eduardo alquilaba hacía años.
Miraron fotos de cuando eran niños, y se probaron uno a otro la memoria.
La mirada del hombre se perdía en aquel rostro demacrado. Quería retenerla, ganarle al tiempo.

-No me tengas lástima, por favor Eduardo. Yo sé que no es fácil verme a los ojos, pero pensá que lo que mas me importa es que la niña sea feliz acá, con vos. Que la hagas feliz. Todos sabíamos hace seis años que la cosa era difícil, pero ¿viste? No siempre se le puede ganar. Allá los doctores no lo pueden creer,¡seis años! Es mucho tiempo para una enfermedad así, vos lo sabés.

-Todas tus esperanzas puestas en aquellas pastillas y mirá. ¡Qué feliz que estabas cuando te fuiste!

-Y es gracias a eso que estoy Eduardo, a eso, y a ustedes, cuando de acá me daban fuerzas con mamá…a Luisa, que un poco mas y no me deja subir al avión, y al tipo que se la jugó por mí, a pesar de todo, del diagnóstico de los médicos, que me prohibieron que tuviese un hijo en mi estado. Quería algo mío ¿sabés?. Quería dejar algo.
El papá de Teresa me entendió desde el principio, y es por eso que nunca me reclamó nada, ni siquiera la conoce. Y no creo que quiera hacerlo nunca. Así fue el trato.

La mujer dejó pasar un instante para respirar profundo, comenzaba a agitarse, y ese espantoso dolor le había vuelto desde la última vez, en el avión. La niña dormía profundamente, quizá cansada por el viaje, la mujer prosiguió:

-Bueno hermanito…así son las cosas. Yo me encargo de todo así que no te preocupes más que de cuidar bien a mi nena- una sonrisa apareció en su rostro, una sonrisa que reflejaba su miedo.

-Vos me querés decir que…

-Por favor Eduardo, que ni se te ocurra contradecir a tu hermana mayor- y sonrió con la misma sonrisa de miedo que se transformó en un copioso llanto que juntos compartieron abrazados por varios minutos.
Ella lloró, y se sintió mal, muy mal y estirando un brazo hacia su hermano cayó, bruscamente sobre aquel piso frío y sin alfombra. La historia se repetía. Solo que ahora el hombre estaba cerca de ella.

A las tres y veinte de aquella madrugada había comenzado a llover. Eduardo, sentado en aquel sillón incómodo, pensaba en su futuro con la niña. La veía grande, con ese pelo claro tan parecido al de su madre, trayendo amigos a la casa y riendo con esa sonrisa cómplice que solía tener su madre cuando esos días de sol —hacía tanto— ambos se entretenían bajo aquel sauce. Pensaba en ella como en una hija, pensaba en sus consejos como padre. Y ahora, ella allí junto a él, tan dormida y tan ajena que no evitó el beso ni la caricia en aquel pelo alborotado, ella rezongó en sueños pero siguió dormida.
Uno de los médicos de urgencia abrió la puerta que Eduardo no podía dejar de mirar y viéndolo, se le acercó:

-Dice que se vayan, que la dejen. Todo es muy difícil ahora. Me dijo que le avisara que todo está bien, que lo aceptó y que sabe que usted hará las cosas como lo hablaron.
Que los ama, pero que quiere que la dejen. Creo que sería bueno darle el gusto.

-Si doctor, así será…gracias

El médico le golpeó el hombro suavemente mientras apretaba los labios cansados. Luego volvió. El hombre fue donde la niña dormía, en un sillón y arrodillándose a su lado le habló al oído por un rato. Ella se incorporó lentamente y acomodándose el pelo con ambas manos y sin acordarse en realidad donde estaba, siguió a su tío a la puerta.

CASI A LAS DIEZ

El tipo llegó a su casa (lo haría solo, de ahora en más, por un tiempo indeterminado) y encendiendo un papel bajo la leña ya dispuesta, se sentó en la misma silla de madera, siempre atraído por el fuego. Golpearon la puerta.
Se paró al tiempo que encendía un cigarrillo, sin apuro se dirigió a la puerta.
— No vi cuando te fuiste. —dijo el que llegó.
El terminó de abrirle, y con un gesto le indicó que pasara.
— Marta no tiene problemas en que vayas a casa. Es mejor para ti. Estar acá no hará más que recordártelos a cada instante.
— Voy a estar bien (miró el fuego y dio una pitada larga al cigarro, que se consumía)
— No queremos que pases por esto solo, además la casa…
— La casa y yo tendremos que llevarnos bien de ahora en más —interrumpió a su hermano— no se debe huir de los recuerdos.
— Pero acabas de venir de verlos por última vez, date un tiempo. No seas cruel contigo mismo. ¿Por qué no duermes un poco? La noche fue larga.
— Sé como es esto. Ahora vendrán los vecinos, algunos amigos del niño con los padres. No puedo no atenderlos.
— No tienes por que hacerlo, yo me quedo aquí.
La puerta sonó con golpes demasiado fuertes, impropios para la situación. El hermano quitó la caja de cigarros del bolsillo del otro, extendió la mano para que le alcanzase también el encendedor. Luego sin apuro caminó hacia la puerta exhalando en el pasillo un humo que también denotaba luto. Cuando abrió la puerta el brillo del soleado día lo encegueció por un momento, contrastando con lo oscuro de su alma.
— Solo quiero saber si necesita algo —dijo una mujer gorda, con un pañuelo en la cabeza— no quisiera estar en la piel de su hermano.
— El es fuerte, solo necesita descansar. Le agradezco su gesto.
— Soy de la casa de enfrente. Por favor por cualquier…
— Gracias.
Cuando volvió, vio a su hermano sentado, fumando frente al fuego de la hoguera.
— ¿Por que no dormís?.
— No puedo. Está ella allí, junto a mí. Está acá. Está en la cocina. Está leyendo ese libro que ves sobre la mesa, el yoga y no se cuantas mas porquerías. Riéndose con esa carcajada particular que la hacía quedar roja. No puedo hermano, no puedo. El está en su cuarto, jugando con esa mierdita del videojuego que le compró la madre hace un mes. Andá a ver. La televisión prendida. ¿No es increíble? Y yo, el hombre de la casa, con una curita en el cachete y la cara de la enfermerita simpática dándome vueltas en la cabeza que me dice “tuvo suerte señor”
— No sirve de nada que te diga que el sentimiento de culpa es normal. Pero lo es.
La puerta sonó de nuevo, esta vez con menos violencia, con respeto. Un hombre alto, con cara de piedad y un niño tomado de los hombros que había recibido minutos antes la imperiosa orden de no hablar, estaban en la puerta.
— ¿Qué tal? —extendió la mano firme— el es Fausto, amigo de…
— ¿Así que vos sos el tal Fausto? — dijo el hermano, poniendo cuatro dedos en el pelo del niño, que no emitió sonido alguno — yo soy el tío de Andresito.
— ¿Puedo quedarme con Toby? —dijo el niño, que miró luego a su padre con cara de culpa
— ¡Fausto! ¿Que estuvimos hablando antes de llegar?
— No se preocupe señor. Pasen y siéntense. Voy a buscar a Enrique.
El hermano caminó aprisa hacia donde se encontraba el otro. Estaba frente al fuego, extenuado y desparramado en la silla de siempre.
— ¿Qué vas a hacer con el animal?
— Dáselo al gurí —dijo sin quitar la vista de aquellas llamas— Siempre le gustó.
Levantó la mano lentamente y le señaló el cuarto de su hijo. La mirada siempre en el fuego.
El hermano entró al cuarto que hasta hacía veinticuatro horas había sido de su sobrino, su único sobrino.
Se detuvo en el centro y secó sus ojos. Nunca aquel cuarto había estado tan vacío. El televisor, encendido y negro, parecía no querer ser ajeno a la tristeza.
— Andresito.
El hermano silbó despacio varias veces. Un perro del tamaño de dos cuartas salió de debajo de la cama, triste y con desgano. Tenía orejas largas y cola de dos colores. Todas caían. El animal no se atrevió a mirar al hombre, y dejó levantar su vida como con culpa de estar en un lugar al que ya no pertenecía. Cuando el hombre cruzó la puerta no miró atrás.
Encontró una escena de abrazos y pésames, hasta que el niño vio al perro en aquellas manos y corrió a su encuentro, para abrazarlo con las ganas que solo un niño puede poner en esas tareas en que la ternura exalta.
— Después lo traigo para que lo vea señor —dijo el niño— estos perros crecen rápido.
— No es momento para llevarlo Fausto —dijo el padre, con una mezcla de culpa y vergüenza
— Yo no podría cuidarlo —el padre siguió— estoy seguro que Andrés hubiese querido que te lo quedaras vos.
El hombre tomó a su hijo del brazo libre y caminaron hacia la puerta rápidamente. El padre les agradeció y nuevamente se sumió en una doble oscuridad. El hermano azuzaba el fuego. Eran casi las diez de la mañana.

Un cuento para niños

Roberto dice que mi abuela es una bruja pero le gusta la tortilla que ella hace. Me parece que lo dice porque a su abuela no la ve nunca, y cuando la ve, ella lo trata con indiferencia. Roberto es mi mejor amigo, hace poco que me di cuenta de eso, cuando me ayudó a enterrar a (mi perro) Guzmán en el fondo de casa. Ningún otro niño del barrio me ayudó, solo él, y por eso es mi mejor amigo. El dice que mi abuela es bruja porque le cura de empacho a él y a otros niños del barrio, pero él no llora más porque ahora es valiente. Antes no era valiente y siempre salía con los mocos colgando del cuarto, mientras su madre le prometía caramelos y eso para que no llorase más. Yo no lloro casi nunca, solo un poco cuando me tira muy arriba de la espalda, o cuando como más de media tortilla yo solo, pero pienso en otra cosa y el dolor se me pasa más rápido. También dice que es bruja por aquella vez de la inundación. Hace unos meses cuando no llovía casi nada y mi abuela se quejaba de las verduras y eso, Roberto le preguntó mientras comía tortilla porque no hacía algo si era una bruja, y mi abuela se empezó a reír y reír como una bruja y Roberto se asustó un poco. Ese día jugamos en el jardín de abuela y vimos unas trampas gigantes para cazar ratas que se comían los zapallos pero abuela nunca podía cazar ninguna. Cuando por la tarde empezó a llover despacito esperamos un rato para irnos, pensando que iba a parar pero no paraba más y esa noche la pasamos en la casa de mi abuela cerca del fuego de la chimenea donde ella nos había preparado las camas. Hablamos con ella de todo un poco hasta bastante tarde de la noche y tratamos de asustar a Roberto con algunas historias, pero estaba bastante cansado y se durmió antes de poder asustarlo. La lluvia no paraba y parecía que hacía años que llovía. La abuela se paró en la ventana y dijo medio entre dientes “si no fuese por ese sapo” pero yo la escuché y le pregunté de qué sapo estaba hablando. Ella contestó bostezando que una de las trampas había agarrado un sapo enorme y que para no desaprovechar aquel accidente ella lo había colocado panza arriba para que lloviese. Su rostro reflejaba una mezcla de sueño y conformidad. Roberto se sobresaltó de su sueño y me miró con ojos de espanto al escuchar lo que abuela había dicho, pero no me dijo nada. Yo no sabía que pensar pero tenía demasiado sueño entonces y solamente escuché y le di mis buenas noches a la abuela antes que se fuese; ella nos besó en la frente a ambos y se fue a su cuarto. Roberto no paraba de hablar después de eso y me decía que si nos queríamos ir algún día, teníamos que dar vuelta aquel sapo para que así parase de llover, pero era muy de noche por lo que simplemente luego de hablar un rato nos dormimos con el ruido de la lluvia de fondo.

Toda la noche el ruido de aquella lluvia fue constante y cuando despertamos, abuela ya tenía un par de niños empachados aquella mañana de domingo, y también teníamos nuestro desayuno pronto. Roberto se acordó enseguida del sapo pero era tan torrencial la lluvia que era imposible salir afuera sin volver hecho una sopa, y como era domingo en realidad ninguno de los dos teníamos demasiado apuro en volver. En el fondo a los dos nos gustaba la casa de mi abuela. La radio hablaba de inundaciones en varios lados y yo ya pensaba en mi abuela como la culpable, pero me daba vergüenza decírselo por miedo a que se riese de mí. Roberto en cambio daba por sentado la culpabilidad de abuela en todo aquello. Tantas familias sin hogar, en refugios y ella tan campante, riendo alegremente en su casa, el no podía comprender como aquella anciana que tan bien lo trataba a él y a mí, fuese la causante de todo aquel desastre. De todos modos por la tarde, como a eso de las seis nos fuimos envueltos en nylon de pie a cabeza, y con el paraguas de la abuela un poco roto para ambos. Desde la puerta abuela nos gritó que le hiciésemos un favor “Den vuelta el sapo antes de salir” y cerró la puerta. Roberto ya había corrido hacia el jardín y con un palo en la mano giró al animal. Llegué a casa y dejé toda aquella vestimenta casera en el galpón, me sequé lo más que pude y entré con los ojos entrecerrados para no ver la cara que pondría mi madre. Me di un baño caliente y cuando salí noté que ya no llovía, miré por la ventana y el cielo estaba totalmente despejado.

El lugar al que todos los niños van

— ¿Por qué migas de pan abuelo?
— Era lo único que el papá de Hansel tenía para darles a sus hijos antes de abandonarlos en el bosque. Solo por eso.
— ¿Y por que los abandonaron abuelo?
— Lo hicieron porque eran personas muy pobres, y ya no podían tenerlos a el y a su pequeña hermana en la casa, debido a que no tenían nada que brindarles.
— ¿Vos me vas a abandonar abuelo?
— Por supuesto que no te voy a abandonar. Siempre estaré aquí, contigo.

El niño mostraba hacía días los síntomas pronosticados. Al viejo se le dificultaba no llorar, mientras noche tras noche veía aquel rostro de ángel transformarse en uno demacrado y blanco. Su costumbre era leerle antes de dormir, mientras el calmante hacía efecto, luego iba a su cuarto, que estaba dispuesto contiguo al de su nieto y lloraba por horas y en silencio. Hacía unos meses que vivía en la casa de su hijo, por el insistente ruego del niño.
Después de la lactancia, simplemente había sido como su verdadero padre: le enseñó a leer, a escribir, a relatar algunas poesías y a soñar historias de una biblioteca que el anciano mantenía desde su infancia, y que era su tesoro, su segundo tesoro después de su nieto. Si bien el pequeño no despreciaba a sus verdaderos padres, los había pensado últimamente como demasiado reales para su mundo poblado de magos y seres mitológicos que tanto amaba, y no soportaba cuando lo miraban con lágrimas en los ojos y se daban vuelta al instante, o cuando fingían una sonrisa ante él. En cambio el viejo sonreía en las ocasiones en que había que hacerlo, y el niño le correspondía a esa figura flaca, a ese rostro de quien era su tutor, su compañero de sueños y que tantos mundos fantásticos había recorrido a su lado, en esos nueve años. El era conciente que en poco tiempo no estaría más con aquel anciano, allí junto a su cama. El mismo se lo había explicado más de una vez. Pero había vendido toda su tristeza a cambio de ese lugar maravilloso a donde podría volar, jugar en juegos sin fin, comer helados o cabalgar en seres extraños.

— Mientras a vos te duele, ellos te están viendo, sabiendo quien eres, conociéndote allá donde están, en aquel lugar. Es la señal que te envían para que sepas que te tienen en cuenta y que serás bienvenido en su mundo.
— ¿Pero cuando me aceptarán abuelo? Hace ya mucho que me duele ¿será que son lentos? ¿Será que no se deciden por mí, abuelo? ¿Qué no me aceptarán?
— Por supuesto que te aceptarán. De eso estoy seguro. Debes preocuparte cuando ya no te duela más, pues querrá decir que te han olvidado.
— Gracias abuelo por hablar con ellos, y decirles que me acepten allí. No veo la hora de conocer al duende de zapatos rojos ¿te acordás? el del cuento del cofre del martes a la noche.
— Por supuesto que me acuerdo, ¡Que ser tan travieso!
— Si —dijo el niño con una sonrisa en su rostro blanco— ¡Que travieso que es! ¿como yo? ¿no abuelo?
— Si. Como vos.

El anciano se afligió má s de lo común al ver en el pequeño síntomas de delirio, y nuevamente fue a su cama con lágrimas en los ojos.
Por la mañana el abuelo no fue a besar la frente del pequeño como de costumbre. Su corazón se había detenido por la noche, y el médico dijo que fue por tristeza. Eran las nueve y ya habían retirado al viejo de su habitación, el pequeño aún dormía gracias a los calmantes que por la noche el abuelo únicamente podía hacerle tragar, como “las pastillitas de viaje”.

— ¿Te dormiste abuelo? Hace mucho que espero por ti. Tuve miedo, porque soñé que te ibas lejos y no vendrías más. Te quiero mucho abuelo.
— También yo te quiero hijo —dijo el abuelo acariciándole el escaso pelo.
— Sabés que dice el duende de zapatos rojos que ya me aceptaron allí, y que pronto podré estar en su mundo. ¿Qué sabés como se llama?
— Si que lo sé —dijo el anciano— pero quiero que me lo digas vos primero.
— Está bien. Se llama “El lugar al que todos los angelitos van”. Me pareció raro, pero me dijo que se llama así, y se fue saltando en una pata el muy loco. Capaz que me mintió, porque vos me dijiste que a veces era tan loco que decía mentiras ¿te acordás?

Los días pasaron felices para el pequeño aunque sus delirios se hicieron cada vez mas frecuentes, a tal punto que llegó un día en que su propio cuarto se iba transformando paulatinamente en su fantástico mundo. La madre detrás de la puerta, acompañada de amigas que estuvieron siempre con ella, escuchaba a su pequeño hablar de todo aquello y se convencía a si misma de lo bien que aquel lugar fantástico creado por su suegro le había hecho al pequeño, el cual estaba realmente convencido que estaría allí dentro de poco tiempo. Nunca se animó a entrar al cuarto aquel después de la muerte del viejo. Temía estropear de alguna manera todo aquello. Temía ser demasiado real para el niño.

— ¿Sabés que abuelo? Ya no me duele. Y las flores están apareciendo en el techo. Miralas arriba tuyo, allí. Y mirá allá aquel pequeño ser que vuela con alas de mariposa blancas y rojas ¿lo ves abuelo?
— ¡Claro que los veo! Veo todo, todo. ¿Viste? Tu maravilloso mundo vino hacia vos. Ni siquiera te quisieron molestar en hacerte levantar, empacar tus cosas y todo lo demás de un viaje. ¡Son más buenos de lo que creía estos seres!
— Si que lo son abuelo. Como vos me lo dijiste siempre

La voz del pequeño se estaba apagando definitivamente. Sus ojos fueron perdiendo el brillo, aunque tenía aún la mirada puesta sobre el techo, siguiendo algún tipo de movimiento, tal vez de alguna fantástica figura.
La cabeza se detuvo con la vista hacia la ventana. Brillaba el sol.
El hombre se paró, aunque no lloraba aún. Quizá se sentía satisfecho por lo que había hecho. Su mujer estaba en el jardín rodeada de tres mujeres que le hablaban y la tocaban queriéndola contener. El hombre hizo un par de llamadas telefónicas, mientras veía por la ventana como se acercaban tímidamente algunos vecinos del lugar. Luego, en el baño, se miró al espejo y se preguntó si realmente llegaría alguna vez a parecerse a la figura que el vidrio reflejaba, pero no le preocupó saberlo. Tiró la peluca al suelo y la pisó con rabia, pateándola contra una pared. Luego abrió el grifo del agua, que nunca había salido tan fría, y se quitó el maquillaje con sus manos. Maltratándose el rostro.

Al sol

Quiero mucho a mi madre, bueno...vos lo sabés. Siempre la quise y siempre la voy a querer. Ella es un ser especial, como todas las madres, bueno la mayoría. Me gusta si, no mejor la dejamos, no está completa. Vos sabés que a ella las flores no le gustan así, las prefiere en todo su esplendor, y mas este tipo...¡ Es tan sensible ! Y se puso exquisita después de vieja, ¡Si! Antes no era así. ¡Qué contenta se va a poner con estas rosas! Gracias por invitarme a tu jardín, siempre te lo digo pero te lo voy a repetir hoy otra vez, otra vez en el día de la madre: Después de mamá, sabés que sos mi mejor amiga, ¿Lo sabés no? Bueno. Vení dame un beso. Como te decía, está recontenta porque ahora está cerca del tío Jorge ¿Te acordás del tío Jorge? ¡Cómo te tomaba del pelo cuando hacías aquellas preguntas! ¡También vos! Si, yo sé que éramos chicas pero igualmente a esa edad no tenías muchas luces que digamos… era una broma. No te enojes. ¡Uy que lindas que están aquellas! Esas si que no me dejás que se las lleve ¿verdad?...¿me dejás? Yo sabía que si. Que más puedo esperar de una amiga como vos. ¡Pero mamá, mamá si que es buena! A nada te dice que no. ¡A nada! Es un pan de dios la pobre. Si porque ser bueno hoy día te trae tus problemas eh, no pienses que es todo color de rosa, ay ¿me alcanzás esa rosa que se me cayó? Gracias. Vos sabés que eso de la bondad lo heredó de mi abuelo que en paz descanse. El era bueno, buenísimo pobre, ¿Te conté cuando se pasó un día entero conmigo porque yo le tenía...?
Ah te conté...y cuando pasabas por casa para ir al balneario con tu papá y vos y me encontrabas tirada leyendo. ¡Cómo te enojabas conmigo! Y la santa de mi madre que te decía que yo no me sentía bien, mientras vos me mirabas por la ventana y sabías perfectamente que era una excusa que yo le decía a mamá que te diera porque no tenía ganas de ir. Y ella ¡santísima! no evitaba la complicidad y cumplía mi orden de niña caprichosa. ¡La conozco tanto, pero tanto! Lo contenta que se va a poner cuando vea lo hermosas que son éstas. Tendría que plantar algunas en el jardín, lástima que el jardinero se me fue. ¿Te conté? Si. Hace como dos semanas, el infeliz me dijo vieja loca y se las tomó. ¿Podés creer? Si. Así como lo oís. ¡Qué hermosura aquellas! Lástima que a mamá no le gusten, a mi me encantan, pero ella dice que son muy lúgubres, que la ponen mal. Y sabés que como la quiero con toda mi alma hago todo lo que me pide. Y ella se pone feliz y me dice que aún soy su hija favorita. Lisandro se pone tan celoso. ¿Vos sabés que no quedó muy contenta con las amapolas aquellas? ¿Te acordás? Yo le dije: "Bueno mami, no te preocupes, le voy a decir a Margara que saque la planta del jardín y listo, no es para tanto mamita" Pero vos sabés que se puso mal, y no quería hablarme. Me acuerdo que por la noche te llamé para decirte que las sacaras. Ese día me acosté llorando. Pero al otro día fui, y me perdonó. Pará que me acordé de algo... ¿Por qué no fuiste a mi cumpleaños? ¿Pensabas que me había olvidado? Y mirá que te avisé de veces eh. Por supuesto que te esperaba, no me digas eso. Aparte setenta y nueve no se cumplen todos los días. No importa, te perdono. Pero a ver si este año vas. Bueno con esto creo que es más que suficiente. ¡Apenas las puedo llevar! Gracias Margara. Gracias otra vez... ¿No querés ir? Vamos dale, y de paso me ayudás con las flores que mal no me vendría. Gracias amiga, gracias.¡Ay cuando vea lo vieja que estás!.No no, cambiáte nomás. Yo te espero acá al solcito. Pero dale rapidito eh. Dale que hoy domingo el cementerio cierra más temprano.

EL NIÑO QUERÍA VOLAR Y NO PODÍA

1
El niño quería volar y no podía. Intentaba a cada rato pero era inútil. Yo lo miraba de lejos y con lástima, pues aún no se desengañaba. Agachaba la cabeza de vez en cuando buscando la nueva manera, sin rendirse en aquel día de sol, tan propicio para una acción de ese tipo. Volar. ¿Por qué le resultaba tan difícil? No sabía que antes que él, otros ya lo habían intentado, fracasando, aunque ser un niño de ocho años tenga sus ventajas en cuanto a terquedad se refiere.
Fue cuando noté que una lágrima corrió a su boca que me decidí a ayudarlo. Estaba triste, a punto de abandonar la empresa imposible. Yo también estaba triste por entonces, y pensé que ayudarlo me haría bien. Me acerqué despacio a él, mentalizado a comprenderlo, me miró desconsolado, levantando su cabeza hacia el sol de frente:
-No puedo- fue todo lo que me dijo, y volvió a su posición de derrotado. Yo lo tomé del hombro y no supe al principio qué decirle.
-No te preocupes- y pensé una locura- yo te puedo ayudar.
Él levantó la vista hacia mí, y recién en ese momento se interesó por saber quién era yo, lo supe por su mirada. Nuestra diferencia de edades no nos permitía entablar amistad alguna, el con ocho años, yo, casi sesenta, parecíamos estar ligados solo por las nociones de imposibles, de esos sueños locos en que ambos creíamos. El por niño, yo por puro soñador.
-No se puede volar sin alas- le dije. El me miró sorprendido, pensando quizás porque no se le había ocurrido a él lo de las alas.
-¿Por qué no construimos unas juntos?- Agregué. Así comenzamos.
El niño me dijo que se podían hacer las alas con cartón y yo asentí feliz ya que era un material fácil de adquirir.
Nos sentamos juntos, con un montón de papeles y unos lápices y comenzamos a sacar a relucir las ideas de alas que ambos teníamos en nuestras mentes. Era una competencia desigual desde el principio. Los niños son difíciles de igualar en ese sentido. Luego de muchos borrones y discusiones que yo disfrutaba, cada cual había creado en papel un par de alas diferentes. Las suyas eran hermosas. Tenían varios pliegues que le daban un toque estético increíble, aparte de tener plumas que colocadas de cierta manera permitían, según el niño, la facilidad de manejo que el deseaba (¿cómo no se me había ocurrido a mi lo de las plumas?). Aquellas alas se acoplaban en los brazos y no en los hombros como las mías, que eran horribles. Eran pequeñas hasta para el niño y carecían de toda gracia. Se notaba que eran producto de una mente que había dejado de imaginar a pesar de si misma. A pesar de mí mismo.
Lógicamente las alas del niño ganaron el concurso. Pero ¿Dónde demonios conseguiría yo plumas? Sabía que él las imaginaba enormes y coloridas, pero los pavos reales solo estaban en el zoológico y aquellas alas no podían hacerse esperar. Las gallinas del barrio tenían ahora una nueva razón para temer.
-Don Vicente- dijo el niño de repente. Parecía que seguía mi pensamiento paso a paso, pero no lo quise indagar al respecto.
Vicente era un viejo poco tratable. Se rumoreaba que había matado a su mujer y que lo había hecho parecer un suicidio, aunque el barrio ya había olvidado.
¿Pero como se lo pediría? No podía ir a la casa del viejo y decirle que necesitaba unas plumas de gallina, y menos para hacer un par de alas. El viejo me miraría espantado y confirmaría por fin sus sospechas hacia mí. Fue entonces que me pregunté si por un niño soñador valía la pena aquello. Aún hoy no he encontrado nada por lo cual aquello valiese mas la pena, y ha pasado ya mucho tiempo desde entonces. Ya me hacía la idea de las alas sin las plumas, después de todo yo sabía que tarde o temprano el niño sabría la verdad. Si. Definitivamente lo de las plumas era un error, como un error también fue mirar al niño a los ojos. Y lo hice. Y vi sus sueños a flor de piel. Y no pude defraudarlo. Debía ir por la noche.
2
Y lo hice. A la noche siguiente por la madrugada lo hice. Aún hoy no me arrepiento, a pesar de que soy conciente de que fue un delito lo de aquella noche.
Mientras caminaba con la carne para el perro, me preocupé un poco. Imaginé al viejo con su escopeta, saliendo al patio y disparando hacia donde el ruido, que por supuesto era yo. No quería ser recordado en el barrio como el tipo que murió por unas plumas de gallina para hacerle a un niño un par de alas, aunque ahora que lo pienso detenidamente, no me molestaría si me llamasen por ese título después de muerto. No me molestaría en absoluto.
Allí estaba yo, frente a la puerta de aquel viejo que se creía, era un asesino de esposas. Me puse a temblar como loco, pero seguí. Entré. Sabía que vendría el perro, que era un cuzquito de porquería, pero que ladraba fuerte, lo suficientemente fuerte como para que el viejo se despertase. Cuando lo vi venir le tiré el pedazo de carne. No le di tiempo ni a olfatearme cuando ya estaba saboreando aquel filete que hacía tanto tenía guardado. Cuando el perro lo dejó a un lado y vino hacia mí pensé por un momento que el plan había fracasado, pero solo quería agradecerme. Trepó por mi pierna y con la lengua afuera pedía mi cariño. Yo le acaricié las orejas puntiagudas y él se dirigió al pedazo de carne. Me di cuenta que había exagerado en la cantidad, pues no recordaba exactamente el tamaño del perro de Don Vicente, aunque después fue una ventaja, ya que me daría mas tiempo antes de que aquella cosa se diese cuenta que yo no era de la casa. Entonces me dirigí al fondo, al sitio en donde estaban las aves. Era un corralito mal hecho, pero servía. Allí había sólo dos gallinas, pero para mi sorpresa y para la posterior sorpresa del niño, me encontré con dos grandes gansos que el viejo nunca dejaba salir. No eran pavos reales, pero tampoco eran gallinas, y ya veía a pesar de mis nervios aquellas alas cada vez más cerca, como las de Ícaro, solo que con plumas de ganso, y aquí a nadie se le derretirían, en todo caso quedarían abandonadas en algún lugar de la casa del niño, tiempo después de haber probado lo imposible. Miré a la puerta del fondo, con miedo. No me podía sacar de la cabeza al viejo en calzones con la escopeta en la mano y apuntándome, pero pensé en aquel sueño y me armé de valor. Abrí aquella portera de madera. Uno de los gansos me atacó, mientras las gallinas cacarearon con toda su fuerza. –Estoy perdido pensé- y enseguida se me dio por correr, pero fue aquel sueño tan humano lo que me hizo volver. El ganso que me había atacado estaba afuera y graznaba como un loco. No se porqué, pero los nervios me llevaron a patearlo en la cabeza y el pobre no supo por un momento donde se encontraba, momento que aproveché para tomarlo por el pico y correr sin mirar atrás, hacia la entrada de la casa. El perro me vio, ya había terminado mi regalo, a pesar del tamaño de aquel trozo de carne. Entonces con una especie de complicidad hombre-perro, dejó que me llevase aquel ganso sin siquiera ladrar. Le agradecí casi sin pensarlo, y luego creí que me estaba volviendo loco, o simplemente un criminal de la mas baja categoría. Llegué a casa y tiré al animal dentro de una caja. Luego me dormí, tratando de no pensar demasiado en lo que había hecho.
3
Me pareció dormir muy poco cuando sonó la puerta. Yo sabía quién era, aunque no descarté la posibilidad de que el viejo apareciese con la escopeta apuntando a mi rostro. Era el niño. Por mi sonrisa supo en seguida que todo había salido según lo planeado, pero para estar más tranquilo me interrogó:
-¿Y?
Yo con un guiño de ojo aún hinchado, y sin los dientes postizos:-Hoy es el día- Me es difícil olvidar aún hoy su rostro cuando pronuncié esas palabras.
El sonrió y se fue, aunque no demoró demasiado en volver.
Yo trataba de digerir el desayuno y una cantidad enorme de remedios mientras pensaba el momento en que el plan fallaría, el momento en que el niño sabría que el vuelo no es para los hombres sino para los pájaros. Yo en el fondo no quería que el dejase de soñar, cosa tan importante, que no dejase de soñar ni cuando creciera y fuese hombre ni cuando yo me halla ido.
Esas eran las verdaderas alas que yo quería darle. Él se sentó a mi lado y me miraba, esperando.
Sabía que me encontraría sentado en la pequeña mesa, como me había encontrado el día anterior y el anterior. A mi no me molestaba en absoluto, al contrario. Después de todo había sido yo el que lo había buscado primero, presa de la soledad. Elida había muerto hacía poco, y yo aún no me reponía.
Los muchachos llamaban a veces, por compromiso, pero yo quería acordarme de sus caras. Marcos con su hijo recién nacido, el cual aún no conozco. Roberto con su trabajo de tiempo completo y sus complicaciones de divorcio. Si me cruzara con alguno de ellos hoy día no creería reconocerlos. Por todo esto es que el gurí me caía bien. (Ahora no me soporto ni a mi mismo. Me consuelo contando cosas). Me extrañaba mucho su madre y como lo dejaba conmigo todo aquel tiempo, sin conocerme demasiado
-¿Qué tal don Anselmo?
-¿Qué tal, como está señora?
Ese era nuestro trato. Pero yo supe siempre que para ella no era más que el viejo de la esquina, el que había enviudado hacía poco, el que sus hijos habían abandonado por impertinente. Pero en esos dos días de conversaciones, supe por lo que me contaba el niño, que su madre sentía por mí una especie de lástima. También me ponía al tanto de casi todo lo que pasaba en el barrio, ya que yo no salía mucho entonces. El apuro y las ganas de volar del muchacho me hicieron dejar las cosas como estaban e ir en busca de aquellas alas.
Bajo aquel sol tibio de la mañana, él con su dibujo en la mano, miraba mis líneas a lápiz sobre aquel cartón, corrigiendo al instante cualquier mínimo detalle.
-No, no. Es mas redondeado- me dijo una vez, y tomando el lápiz de mi mano, trazó con su mano la línea como el la creía correcta. Cómo disfrutaba yo de aquellos rezongos. Llegó el momento de colocar las plumas, y entonces lo llamé al fondo.
-Me tenés que prometer que no le vas a decir a nadie lo del ganso.
-Sí, te lo prometo- me dijo. Entonces abrí la caja y el pobre bicho asomó su pico asfixiado. El niño rió y me miró como no creyendo con sus ocho años que un hombre ya mayor como yo hubiese robado un ganso para hacerle unas alas a él. Fue ahí cuando me abrazó sin decirme nada. Fue ahí que pensé en Elida y su poca afición por los niños, y de las ganas que tenía de conocer a Juan Eduardo, el bebé de Marcos que nació poco antes de que ella se fuera. ¿Qué pensaría ella de mi amistad con aquel niño? Eso no importaba ahora. Ahora debíamos volar.
4
Al principio me dio lástima aquel pobre animal, no puedo mentir. Pero lo soltamos igual así, todo desplumado a la calle, a ver si encontraba el camino de regreso a casa. No sabíamos si el viejo había notado su ausencia, aunque yo me acordé mas tarde que en el apuro había dejado aquella puerta de madera abierta y que quizás no quedaran ni los recuerdos. Lo bueno era que con un entusiasmo nunca visto, estábamos pegando pluma tras pluma. Quizás en ese momento en su ensueño el se viese a sí mismo por los aires, con su par de alas hermosas y brillantes subiendo y bajando como los pájaros mas intrépidos, y allá su madre lavando su ropa de escuela lo vería y temería por momentos, pero al verlo tan libre y tan alto, dejaría su miedo de lado y alzando al cielo sus manos de madre le demostraría su amor. Quizás todo eso pensaba el niño mientras pegaba las plumas con tanto gusto. Quizás no pensaba nada.
-Ahora debemos dejarlas secar- le dije.
Él me miró con una sonrisa que denotaba su conformidad con el trabajo, y corrió hacia su casa. Sabía yo que por la tarde el niño ya no sería el mismo.
Yo lo vi nervioso cuando volvió, tenía restos de comida en las comisuras de sus labios y sus ojos estaban algo desencajados. Pensé que en un niño esa sería la reacción correcta, después de todo en unos momentos el creía que iba a volar.
Lo ayudé a colocarse las alas de forma tan creíble que el nunca sospechó. En ningún momento me mostré desinteresado en el asunto y traté de que el viera en mí tanta emoción como la que recorría su interior. Las alas eran enormes, quizás midiesen dos metros cada una. El cartón acanalado asomaba en gran parte de ellas, siendo las plumas de aquel pobre ganso demasiado pocas como para cubrir tal superficie, aunque a él no pareció importarle. Por fin tenía sus alas. Se sentía poderoso con ellas, sonreía sin saber que hacer, aunque pude notar en su carita un poco de miedo. Fue entonces que me miró.
-Corré- le dije- corré con todas tus fuerzas y aleteá lo más rápido que puedas. El demoró en entender y me miró por un rato mas, pero luego corrió y corrió moviendo sus brazos inocentes.
Yo lo observaba, y mil cosas surgían de repente en mi pensamiento.
¿Habría yo logrado mi objetivo? A veces me pregunto si no jugué con la esperanza de ese niño.
El cayó a tierra, raspándose en varios lados. Yo corrí como nunca a mis casi sesenta, desesperado e incrédulo ya, sin pensar en nada.
Entonces lo ayudé a levantarse y no pude con su mirada, fue demasiado para mi entonces. Sus rodillas y manos sangraban, pero el no lloraba. Solamente me miraba como al extraño que realmente era para él, como no entendiendo lo sucedido, o quizás entendiéndolo de una vez por todas. Su madre apareció por primera vez en escena, corriendo como loca e insultándome a gritos por lo que había hecho con su hijo, que no fue más que tratar de que soñase por un rato más, que creyese por un rato mas. Nada le dije a aquella mujer, y solamente bajé la mirada.
El muchacho y la madre vinieron a casa días después. La mujer, enterada ya de los hechos y nerviosa, se disculpó, mientras que el niño me regaló en un marco de vidrio, el dibujo de sus alas. Le pregunté por sus heridas y el me dijo que nunca le habían dolido. Los invité con un vaso de refresco que solo el niño tomó.
Ya hace mucho de esto, capaz que quince años. El está en Europa desde hace tiempo, se fue cuando su madre decidió viajar con un hermano que ya tenía la nacionalidad. Según me cuenta le está yendo bastante bien. Quiere ser piloto de aviones comerciales, es por eso que está en el ejército. No ha cambiado mucho, se sigue pareciendo al niño de siete años que quería volar. Su madre siempre se acuerda de la anécdota y se muere de risa, junto con el resto de la familia, pero parece que a él no le causa mucha gracia. Dice que pronto va a venir y me va a llevar con él. Yo le escribí que se apurara.
Las alas me las regaló antes de irse. Las colgué en mi cuarto, que es donde paso mas tiempo. Las colgué bien enfrente a mi cama, cosa de verlas siempre que quiero.
A veces sueño con ellas, con aquel día. Lo veo a él, corriendo como loco y moviendo los brazos aún con esperanza, y en mi sueño, logra despegarse del piso por un instante muy breve.

VIENE GANANDO JOSÉ

Quien me conozca solo un poco dirá que busco cualquier excusa para escribir. Admito que lo disfruto. Y que a pesar de haber participado en concursos y no haber ganado no me detengo. El único que siempre me apoyó fue mi padre. El es un soñador como yo, y también gustaba de escribir algo de poesía cuando joven, costumbre que tuvo que abandonar cuando nacimos nosotros, que fue cuando realmente hizo frente a situaciones antes no vividas. Al menos así me lo contó más de una vez, y le creo. Le creo pues mi mundo ya no es el mismo desde que nos enteramos con Victoria que seríamos padres. He aquí el motivo de estas palabras, ¿verdad que es un buen motivo? No queremos saber que será, si niña o niño, pero de todas formas no tuvimos problemas a la hora de elegir los nombres: decidimos que sería Eloísa o simplemente José. Eloísa lo eligió ella, una tarde de lluvia cuando hacía poco que nos habíamos enterado de su embarazo. Charlamos por horas tirados en la cama y ella estaba mas linda que de costumbre, hasta hoy no puedo dejar de recordar su rostro, sus sonrisas de aquel día. “me gusta porque tiene un tono como de timidez y grandeza al mismo tiempo —me dijo— tendrá tu nariz, mis ojos y mi boca”. Yo me reía y así lo imaginaba ella, y me lo transmitía de una manera tan mágica que me parecía ya estar viendo a nuestra pequeña niña corriendo por todos lados, con la sonrisa de su madre asomando en su boca. El nombre de varón me tocó a mí. Por entonces mis pensamientos estaban mas que nada en un par de ideas que había leído no se en donde y la esencia de aquellas palabras radicaba en la complejidad de lo simple, aquello de “menos es mas”, lo que me había llevado a ver el mundo de una manera austera aunque no por eso menos maravillosa o atractiva. Fue así que el nombre José me pareció acorde por entonces. Acorde a mi interior, a mi nuevo y no muy duradero modo de ver o percibir el mundo que nos rodeaba, mejor dicho que me rodeaba, ya que las caras de Victoria cuando le hablaba acerca de esto lo decían todo. Por eso fue que no nos costó demasiado decidirnos, y festejamos esa tarde de lluvia revolcándonos por todo el cuarto.
Los primeros en enterarse fueron Pedro y Sofía. A Pedro lo conozco de chico, desde la escuela. Es una de las personas más inteligentes con las que me he topado, pero eso lo contrarresta con una sencillez o carisma (no se realmente el término adecuado) que hacen de él un ser irresistible a la hora de conversar del tema que sea. La flaca es igual. Se conocieron estudiando psicología, carrera que no los colmó a muy poco de obtener su título, aunque esto no les preocupó en lo más mínimo, y decidieron alejarse por un tiempo de quienes le rodeaban y no se aparecieron como por seis meses. Hace de esto mucho tiempo ya, como seis o siete años. Ahora son muy felices vendiendo plantas exóticas casa por casa ella, el trabajando en una gomería doce horas diarias.
Después Victoria se encargó de llamar a mis padres primero, y a su padre después. Cuando días después llamé a casa a preguntar que se sentía saberse futuros abuelos, mi madre me dijo antes que nada que le hubiese gustado que yo les diese la noticia. Luego me dio las felicitaciones, y sonaba emocionada tras el teléfono. Papá quiso un niño desde el principio para llevarlo a pescar, o para leerle, que son sus dos pasiones. Otro pequeño ser para amoldar a su gustos. Se ve que no le alcanzó conmigo y mis hermanas. Todos con un prolífico trabajo seudoliterario que junta polvo en nuestras respectivas viviendas. Aunque admito que en mis estudios me sirvió mucho el hecho de disfrutar de la lectura. El viejo tiene a pesar de haber sido pobre toda su vida un número considerable de libros que piensa dejarnos cuando muera, según nos ha dicho, cosa que no me quita el sueño en lo más mínimo. El padre de Victoria es un tipo bien. Se que con “tipo bien” no se define demasiado a alguien, pero creo hacerme entender con estas palabras. Al verlo da la sensación como que siempre vivió para sus dos hijas y para nadie más. Como que un día se encontró con dos bocas que alimentar, y tuvo que hacerlo. De todos modos viene bastante seguido a casa y la verdad que nos llevamos bien. Es un tipo de simple vestir, de mirada tranquila así como su caminar; gusta demasiado de la televisión, y no le molesta perder un día entero jugando cartas. Un tipo tranquilo que enviudó en el momento justo. Hoy estuvo por acá y nos enteramos que muy en su interior está ansioso porque el bebé sea un varón.Y debe de ser porque nunca tuvo hijos varones. Dijo que soñó no se que cosa en la que supo que realmente sería un niño. Con Victoria nos miramos y casi nos tentamos de risa delante de él, pero creo que no se dio cuenta.
Me preocupa Beatriz, la amiga de Victoria que se cree bruja o algo parecido. Su cara cuando le contamos lo del embarazo el sábado por la noche no fue de sorpresa o alegría, fue como de temor al principio, pero después sonrió y nos felicitó a ambos, y me sigo peleando con Victoria cuando le digo que para mi fue una sonrisa forzada la de su amiga la bruja, y ella me dice que no, que es su forma de ser. De todos modos estamos felices y creo que se nos nota. Por ahora, y a boca de urna, viene ganando José.

VICTORIO

-No mirés más a la nena Victorio, ¿no ves como llora?
-Es linda la nena mamá
- Hacéle caso a mamá Victorio, que está cansada

La madre salió con su hijo detrás. Arriba, el sol trataba de quedarse un rato más en aquella tarde sin nubes. Victorio estaba cansado ya de tanto caminar.
Victorio quería una novia.

-¿Otra vez Victorio? ¿Otra vez más?.. ¿Qué te dice mamá? vos no podés tener novia. ¿Por qué Victorio, por qué?
-¡Dejáme a mi! ¡Dejáme a mi!
-¿A ver?
-Porque soy distinto.
-muy bien Victorio.

A Victorio le gustaba El aprendiz de brujo de Dukas. Lo había escuchado la vez que su madre lo llevó al parque a ver la filarmónica, con aquella amiga del taller de pintura. Tenía aquella mujer siempre más pintura en la cara que en sus cuadros. Ambas decidieron irse cuando Victorio no paraba de gritar y la gente empezaba a molestarse. Lejos ya, el hijo pudo escuchar el comienzo del famoso scherzo sinfónico

-Me gusta mamá
-¿Me lo decís en serio Victorio?
-En serio
-Me vuelvo Marisa…perdonáme

Desde aquella vez la madre lleva a todos lados la música de Dukas en su cartera.
A Victorio lo calma.

-Dejá en paz ese animal Victorio. ¿Qué te hizo el pobrecito?
-Nada
-Mamá está cansada Victorio, hacele caso a mami.
-No
-¿Querés escuchar tu música?
-Si
-Tomá. Ya nos queda poco.

Victorio toma la pequeña radio, y colocándola en su oído izquierdo escucha atento.

-Mirá Victorio mirá, ya llegamos. Allí está papi en la puerta, esperándonos. ¡No corras Victorio, no corras!

Victorio, de treinta y nueve años.
el que no puede tener novia, por ser distinto.
el que escucha a Dukas y se olvida del mundo.

Un as

1

Ya no se molestaba en levantar las cortinas de las dos ventanas que daban hacia el frente del edificio. En realidad nunca estuvo conforme ni con el lugar, ni con el precio de la renta, ni con la decisión de haberse ido para allí. Simplemente le alcanzaba saber que estaba cerca de su trabajo. Eso era suficiente, y por eso no se molestaba ni siquiera en limpiar un poco. Fue así que lentamente aquel pequeño departamento se había convertido en una especie de cueva inexpugnable, en la que la oscuridad y el humo del cigarrillo dominaban.
Solía observar por entre las cortinas por horas, después de cumplir su horario. Era una buena vista. Gozaba analizando el comportamiento de la gente en las calles, su nerviosidad y su locura. Tales observaciones le hacían creerse una especie de ser superior, como alguna vez quizás lo fue, un semidiós oscuro e innecesario para el común de la gente. Pero lo tranquilizaba la idea de que nadie antes o al menos unos pocos, habían tenido la suerte de ver algún dios. Es por eso que cuando entré aquella tarde (siempre tenía la puerta abierta) lo encontré junto a la ventana sentado en el piso tras una nube de humo. El cenicero lleno, reflejaba horas de meditación o hastío, realmente no me importaba. Su mujer lo había dejado hacía un par de meses, hastiada de sus mentiras, de llamadas anónimas confirmándole infidelidades, de promesas. Era una mujer demasiado cómoda ya que él le había dado todo a la mano desde un principio, y no pudo deshacerse de todo eso a tiempo, de toda esa basura superficial y rígida, de esa burbuja en la que no siempre habían estado, y por eso ahora había decidido no dejar. Se habían casado jóvenes. Ella una niñita ingenua y pobre, eclipsada por aquel joven tan seguro de sí mismo, tan audaz. El la buscó porque creyó que era una buena excusa para hacerle creer a todos que podía ser un hombre normal, que era capaz de una familia, de un trabajo digno y todo lo demás que hoy día se debe hacer para no ser visto con los rabillos. Ella era para ese cometido la muchacha ideal, por eso el la eligió, por su incapacidad de opinar, su escasez de decisión, su baja autoestima. Todo lo que un hombre con grandes aspiraciones en la vida espera de una mujer. Porque el tenía claro lo que quería casi desde un principio, y ella no era mas que una parte del plan, a pesar de su belleza física y su incondicional amor hacia él. Simplemente un día se le acercó y le habló hasta que vio una sonrisa en sus labios, así comenzó aquella historia de desamor. A él no le importaron los abortos, ni que el padre de ella fuese una persona mal vista desde siempre, un ser despreciable por algún motivo del que nunca se había sentido tan interesado por averiguar. Se la llevó del lugar, ya que lo primero que debía hacer era irse de allí, y por un tiempo nadie supo donde estuvieron ambos, hasta que tiempo después ella volvió a visitar a su madre (su padre había muerto en circunstancias extrañas, pero todo había quedado tal como estaba, el pueblo calló y trató de olvidar lo mas rápido posible, como en una complicidad común a todos) ahora con una criatura en su vientre y a punto de dar a luz. Dos noches después sus gritos fueron sentidos por casi todos los vecinos de la cuadra. Era una noche de enero, en donde muchos habían optado por permanecer hasta tarde en los frentes de las casas, ya que el calor dificultaba el sueño, y varios viejos amantes de la mujer se preguntaron en aquel momento porque se habría ido con aquel sujeto extraño, casi un mendigo pero tan altivo, tan repudiado siempre. Por que había rechazado mejores oportunidades de vida, y por que había decidido parir un hijo de aquel desdichado, y no de otros, de ellos. Fue una niña pequeña que no paró de llorar por varias horas, y debido a la densidad del rancherío, tuvieron las ahora tres mujeres que soportar varias piedras que dieron en el techo de chapa, tronando como relámpagos. Se remitieron al silencio, intentando callar a la criatura mientras le limpiaban la sangre y la envolvían en sábanas tan blancas como les era permitido. Así nació Julia, su primera hija.
Cuando las viejas del lugar fueron al otro día a conocer a la criatura, la madre ya se la había llevado de nuevo hacia aquel lugar en que se encontraban. El cambió su mirada desde la vez que conoció a su hija, y parecía que ahora si su vida estaba colmada. Había conseguido trabajo cortando troncos en un monte ubicado a medio kilómetro de una ruta, y fue allí hasta donde se dirigieron ambas. Lidia, había cargado con la criatura medio día entero y estaba tan cansada que quedó dormida recostada a un árbol, mientras la mujer del capataz que vivía allí, se ofreció para llevarle la niña adentro, para que durmiera en un pequeño catre de eucaliptos que estaba en un rincón de aquel rancho también de madera. El siguió con su faena de cortar árboles, ella dormía a la sombra de uno muy cerca como para no sentir el ruido de la motosierra que sonaba estridentemente. El esfuerzo era meditación para él. Tenía la capacidad de abstraerse de todo mientras trabajaba, y podía así continuar su plan. Sus brazos dejaban de pesarle, su tarea se transformaba en mecánica, por lo que su cerebro quedaba libre para pensar. Sabía que estarían en apuros por un tiempo, pero no le importaba demasiado, ya que tenía claro que había cumplido con la primera parte, y que lo primero que debían ser para atraer la atención de algunos era una familia en apuros. Y ahora lo eran. Gracias a Julia lo eran. Podrían llegar a ser la mas desdichada con solo un pequeño esfuerzo más.
Cuando la niña comenzó a reconocerlo tiempo después, y a mirarlo a los ojos con los suyos, grises y tristes, como augurando un futuro poco prometedor, el llegó a sentir por la pequeña algo parecido a la compasión, pero no al amor. Temió que la compasión y el cariño opacasen sus ideas para el futuro, su paso adelante, y optó por reprimir sus sentimientos hacia su sangre. Reprimió lo más parecido al amor que hasta esa edad se le había cruzado en su camino.

2

Su vida cambió en la tarde de un día frío de invierno, cuando tenía 14 años. Fue desde entonces que pudo ver en su padre a la persona que no quería ser jamás. Sufría con su padre, pero siempre en silencio. Tenía como costumbre mirarlo a los ojos cuando trabajaba, salpicado en cemento o en otro tipo de situaciones que él podía ver y sentir, de alguna forma compartir su dolor, y aliviarlo tan solo un poco de esa vida que no quería para él ni para nadie de su alrededor. A veces se sentaba a observar en silencio el rostro demacrado de su padre y veía el paso de los años, y se preguntaba si la vida era eso, ese diario sufrir, ese diario diálogo con nosotros mismos, con nuestros miedos y flaquezas. A su padre le criticaba su bondad, su dignidad ante la pobreza, su serenidad casi al borde de la sabiduría, como aquel tipo podía ser el mismo que le daba consejos, que levantaba sudoroso la pala cada mañana, que sonreía mientras le acariciaba el pelo, y el sin entenderlo aún le devolvía una sonrisa premeditada y falsa, para complacerlo. Fue por entonces que vio que la felicidad es algo efímero y que no existe tal sentimiento en un lapso de tiempo respetable, sino que simplemente se complementa con la tristeza perpetua, y se disfruta cuando llega, y se añora en el momento que nos abandona, y que no sabemos si la volveremos a sentir. Recordó momentos mejores, en que los tres planeaban un futuro mejor, sentados en la mesa con la cena caliente, y reían, y se abrazaban. Recuerda la luz de la lámpara que iluminaba el rostro alegre de aquel hombre que ahora a la intemperie, y en una casa que no es la de ellos, apenas consigue procurarse el día. Entonces toma la pala, tirada allí cerca y comienza a excavar, siempre sumido en sus pensamientos, se ve a si mismo de niño, feliz con poco, mientras no para de excavar y excavar.
Quizás fue allí que se dio cuenta que ya no era ese niño feliz, y que debía de hacer algo al respecto.
Cuando le pregunté tiempo después y a solas los dos frente a frente en una mesa, que sentimiento lo absorbía cuando pensaba en su padre, simplemente me miró por un tiempo largo y luego me contestó con una sonrisa que su padre le había sugerido sin querer el camino que él había tomado en su vida y del que no se arrepentía. Yo creo que fue sincero en su respuesta.
Para agosto ya estaban instalados en la ciudad. La niña se parecía cada vez a su madre, hasta en la mirada triste de aquellos ojos tan grises siempre. Pedro trabajaba en el puerto más cercano al centro, gracias al cariño que había infundado en el dueño del monte que lo había recomendado como un joven “guapo y responsable”. Trabajaba por las noches, unas veces haciendo guardias y la mayoría lo que le ordenasen. Pero fue la vez que estuvo en su rato libre observando aquellas poderosas máquinas, que con tanta potencia atrapaban con sus brazos largos los contenedores, que se propuso la meta de llegar a manejarlas. Supuso que el salario sería bueno, y a la vez ascendería varias posiciones si lo lograba. Fue una noche de estrellas, en que cansado, se echó sobre un montón de cajones pequeños mientras fumaba. Un superior lo vio echado, casi en un ensueño, y gritándole lo mandó a su puesto nuevamente, eran como las dos y media de la mañana y sus brazos estaban realmente agotados como para seguir con aquel pesado trabajo que tanto esfuerzo requería de su parte, pero lo hizo. Cuando la campana sonó como a las seis y cuarto de la mañana, el sol ya casi se asomaba, parecía que iba a ser un buen día. Fue a donde estaba su bolso y esperó a aquel sujeto que rato antes había estado sobre una de aquellos grandiosos instrumentos de fuerza.
— ¿Tiene un cigarro amigo?
— Si —dijo el otro revolviendo el bolsillo de su mameluco sucio— ¿Sos el nuevo?
— Empecé la semana pasada. Desde abajo como es debido —y lo miró para ver su reacción
— Yo no hace mucho que estoy —agregó el otro tipo, estirándole un encendedor tan manchado de grasa como su cara— pero sé que es un trabajo bastante pesado el que te tocó.
— No me quejo. En realidad soy padre hace muy poco y no me puedo dar el lujo de desechar oportunidades.
El comentario llamó la atención del otro tipo, que recién en ese momento levantó su cabeza y lo miró, no sé si puedo decir que sintió lástima por el tono de voz o por la situación, pero decidió seguir en silencio. En esos ámbitos uno debe mostrarse duro por sobre todo, y no demostrar absolutamente nada más que lo necesario, lo que demuestre aptitud para la tarea que se cumple. Alcanza con eso.

Fue lo último que supe, ya que le perdí el rastro por un tiempo, mientras sabía que Julia estaba cada vez más grande, y que a veces iban ambas, madre e hija por el pueblo, y permanecían allí varios días, en casa de su madre, que revivía cada vez que la visitaba su pequeña nieta. Por ese entonces yo no sabía que hacer de mi vida realmente, mis estados de ánimo fluctuaban como olas dentro de una tormenta. Pero nunca le perdí el rastro a toda esta historia, y noté que quizá mi percepción de todo lo acontecido y el papel que yo jugaba, de simple espectador, se estaban contaminando con el enfermo color de la obsesión. Cuando volví a saber de ellos, él ya estaba trabajando en una de las máquinas acarreando toneladas y toneladas de productos tanto de exportación como de importación. Ella se había inscripto en un curso privado de administración, por lo que supuse que su situación había mejorado desde la última vez. La niña contaba ya ocho años. Tenía un rostro de una delicadeza simple, y sus ojos tan despiertos y siempre tan grises, exploraban ahora el mundo que hacía tiempo esperaban los tres. Se habían mudado un par de veces más, por lo que me fue difícil volverlos a encontrar. Fue de casualidad que los vi, un domingo por la mañana, los tres caminando y riendo apartados del mundo. Vivían ahora al fondo de unos apartamentos descoloridos en una calle del centro. Creo que fue en aquel tiempo que los rumores en el puerto acerca de la clase de persona que Pedro De Souza era, comenzaron a circular. Me sentía con el deber de saber de ellos constantemente, de estar al tanto de sus movimientos, de lo que hacían, del crecimiento de aquella niña. Siempre quise a Lidia, fue mi amor único, y creo que aún lo es. A veces la observo desde la calle, con su simpleza y su grandeza, todo a la vez en ella. Con su historia de arrastre, que tan bien sabe esconder. Con su origen.
Ahora dejó crecer su cabello más de lo debido. No recuerdo que antes lo haya tenido tan largo. Pienso en la vez en que casi todos los niños del barrio nos habíamos contagiado de sus piojos. Ella los había agarrado de su madre, de cuando se prostituía en los barrios de la fábrica y volvía borracha por las madrugadas frías, con lo justo para comprarle a la niña que por entonces era Lidia, el sustento que le asegurase el día siguiente. Lidia estaba sola mucho tiempo por entonces. Su padre solía irse semanas enteras quien sabía a donde, a cuyo regreso dormía otros tantos días, para despertarse después con toda la ira del mundo, y golpear a la puta o abusar de la pequeña, (dependiendo de su interés del día), para luego irse otra vez y dejarlas por otro tiempo considerable, solas. Por eso fue que nadie lamentó su muerte el día que la noticia recorrió el lugar, antes aún de que Pedro me contase siquiera sus planes de futuro, aquella tarde en que después de un partido de fútbol nos echamos bajo un paraíso en la vereda y hablamos por horas. Yo le comenté mis deseos de casarme con Lidia cuando creciese, para mí era la muchachita mas linda del barrio, la más especial, y por entonces ninguno de nosotros conocía la tormentosa vida de aquella pequeña de diez años, por lo que todo lo que veíamos en ella era su flacura extrema y lo hermoso de su sonrisa. Y hoy me pregunto como podía reírse así, a pesar de su vida, y llego a la conclusión de que ser ella es lo que se lo permite, simplemente su alma única, su ser entero, su casi angelical mirada de continua tristeza, su sufrimiento tan latente en su interior, pero tan bien escondido tras aquella hermosura. Cuando le hablé a Pedro de mis planes para con ella esa vez, su rostro no cambió de expresión. Parecía mirar el infinito, y estar pensando siempre, sin importarle lo que yo estuviese diciéndole. Sin embargo cuando vio la oportunidad de llevarla con él, parece no haber recordado su amistad conmigo, ni mi pasado con Lidia, ni el hijo que nunca llegamos a tener. A Pedro pareció no importarle nada de eso; o nada de eso fue motivo suficiente para no seguir con su idea de futuro, esa que tuvo de pequeño, desde aquella vez que comenzó a ver a su padre con diferentes ojos, que empezó a comprender. Arrasó con parte de mi pasado, con mi segunda chance de felicidad, con la mujer que quise desde siempre y que aún quiero. Lidia me mira con ojos tristes cuando me ve, simplemente se detiene en el lugar que esté, siempre cargada con bolsos, apurada. Luego continúa su camino con la cabeza baja, ya que a diferencia mía le teme a su pasado. Se que ahora ellos están bien, que a ellas no les falta nada. Pero no sé por que maldita locura, me creo sentir en la obligación de cuidarlas, de ser una especie de ángel privado siempre escondido detrás de algo que no me descubra y que me deje observar su vida. De alguna manera mi vida les perteneció. A los tres. Ellos simplemente me veían de lejos, y eran para mí todas las horas del día.
En el 86 ya era gerente. El capataz de los camioneros fue quien dijo que aquel hombre sin escrúpulos había hecho algunas jugadas sucias mas de una vez, jugadas que le habían asegurado su lugar con el tiempo, todo con el tiempo, pero yo sabía que era un hombre paciente, y que el tiempo no era para él impedimento alguno, por lo que no me sorprendió y me alegró saber que por fin Pedro Damián De Souza había cruzado la línea de la legalidad. Su afán de ascenso lo había llevado al otro lado, y me estaba dando a mí la chance de arrebatarle ese feudo que venía construyendo con tanto desempeño, y en cuya carrera había yo sucumbido y otros tantos también pasarían por lo mismo. La policía no era por entonces una buena idea, ni creo que lo sea hoy día, pero el enceguecimiento que me poseía me negaba todo tipo de alternativa. Ahora pretendía que me mirase a los ojos, los que había pasado por alto tantos años y que ahora venían por él, ahora quería que de alguna forma todo volviese a la normalidad, mi normalidad que no era la suya. Quería que dejase de pensar en sí mismo, en su niñez miserable, en sus pretensiones sin límites. Quería que supiese de una vez que a una sola persona no le es permitido jugar con el resto del mundo, con sueños ajenos. Ni apoderarse de cosas que le pertenecen a otros, o a todos. No. Un solo hombre no puede salir impune a tanto deseo de poder, a tanta codicia.
Las voces se corrieron y dejaron al gran De Souza como el más embustero de los hombres, por lo que todo el mundo comenzó a odiarlo, lo cual recrudeció su alma hasta tal punto de crearse una coraza indestructible para atajar el mundo que lo comprimía desde todos los ángulos posibles. Por mi parte yo me sentía con el deber de detenerlo. Pero ese sentimiento ya había nacido en mí mucho antes de que él fuese considerado una mala persona, solo que ahora era quizá mucho mas justificable. Lo puntual de mi objetivo me llevó a hacer la carrera de forma rápida, por lo que utilicé para esos años todas las capacidades de las que me creía carente tanto desde el punto de vista intelectual como físico. En el rostro de mi madre no aprecié nada parecido al orgullo cuando aparecí en casa con aquel uniforme azul, pero no me importó demasiado, ya que no terminaban allí mis aspiraciones. Mientras impulsaba todas mis capacidades en lo detectivesco, llegaban a mis oídos las nuevas andadas de De Souza. Se lo involucraba en varios delitos de contrabando, en una falsificación de cheques y en una desaparición, que tiempo después terminó de forma feliz, para bien de muchos.
Nos cruzamos una vez por el centro, y en maneras que creí demasiado extrañas para venir de quien venían, me invitó a tomar un trago. Todo lo que me generaba a mí tenerlo enfrente, parecía no verse reflejado en él. Era el tipo mas amable con el que había tratado desde hacía mucho, viniendo yo acostumbrado a cierta rudeza protocolar. Vestía traje y corbata a tono, impecable y muy lejos de ser aquel joven que con una pequeña a su cargo, cortaba árboles para darle de comer. Había cambiado su dentadura, ahora reía ante cualquier circunstancia y de alguna forma expelía esa seguridad con la que siempre me había aventajado. De todos modos sus años de desdicha se habían quedado para siempre en su rostro, que para quien lo conociera mostraba muy en lo profundo tristezas eternas. Me habló de ellas. Ambas se habían ido de compras por el fin de semana a Europa. Cuando hablaba de Julia sonreía, por lo que recordé sus épocas pasadas en donde su necesidad de ser alguien el la vida lo había llevado a perder el sentido de lo que significaba una familia. Ahora parecía quererlas a ambas. Después de tanto tiempo parecía estar buscando el tiempo perdido con ellas, de darle a ambas lo que siempre había querido para ellas, y eso incluía su propio amor, del cual yo lo creía carente. Cuando tuve que hablar de mí me pareció innecesario mentirle acerca de lo que hacía para vivir.
Cuando oyó de mi boca que era un detective novato y dispuesto a castigar y seguir hasta cualquier instancia cualquier hecho de irregularidad del que tuviese noticia, su rostro cambió por completo. Admito que disfruté ese instante. Pero en ningún momento me mostré distante, traté en todo momento de parecer el mismo con el que él había conversado la última vez, hacía ya mucho.
Luego lo felicité por su inteligencia, que no era tanta y le declaré mis mentidas admiraciones hacia su persona por haber llegado tan lejos, y como en la vez anterior, no demostré jamás que sabía más de él que lo que él creía: sus métodos, sus mentiras, sus trampas para llegar. Quizá en el fondo tal vez fuese un tipo inteligente después de todo, sólo que en la inevitable comparación conmigo mismo, siempre terminaba encontrando en su persona los calificativos que daban por tierra con dicha inteligencia en caso de que realmente existiera.
Miraba a los ojos fijamente, por lo que el que no lo conoce puede llegar a creer que le está prestando atención, pero la verdad es que puede estar pensando cualquier cosa mientras asiente con la cabeza.
Cuando le estaba contando las dificultades con que a diario me topaba sonó su celular, y sin quitarme los ojos de encima, lo sacó de su bolsillo. Una vez en su oreja me extendió la palma de la mano hasta dejarla a menos de veinte centímetros de mi rostro

— Ahora la seguimos —me dijo mientras atendía.

Parecía inquieto ahora más que nunca. Guardó su teléfono en el bolsillo y trató de hacerme creer que seguía atento a mi conversación, con su mirada sobre mis ojos. Pero su rostro había cambiado y ya no sonreía tan a menudo. Digamos que ya no sonreía.
Apenas terminé de hablar, me dijo que debía irse de forma urgente, pero me dio su tarjeta personal. No permitió que yo pagase la cuenta, pero no le insistí demasiado tampoco al respecto. Salimos juntos por la puerta, nos dimos la mano y él cruzó la calle rápidamente, para subirse a un auto lujoso como jamás había visto uno. Simplemente me quedé en la puerta de aquel lugar observando como sucedía todo. El día estaba cálido a las once y media, la gente como loca caminaba por las calles como autómatas, ensimismados.

3

Julia y Lidia en Europa, él acá, en negocios sucios, ellas divirtiéndose, gastando un dinero ganado de forma ilegal. Yo sabiéndolo, pero no pudiendo hacer nada al respecto. Noches en vela, recordando y planeando una estrategia para atraparlo, habiendo olvidado el verdadero motivo de mi obsesión. Simplemente verlo tras rejas era mi único anhelo, después nada. Ni siquiera Lidia. Estaba seguro que el día que lo atrapara, la dejaría en paz, a ella y a la muchacha, viviendo su vida de siempre con todo el dinero que el pudiese dejarles. Creí que su prisión me liberaría a mí de todos mis fantasmas internos, de mis miedos. Yo era parte de todo aquello, pero solo por la simple razón de que yo mismo quise participar, podría estar lejos; mi vida hecha, mi familia propia, amigos. Pero hoy creo que me resultaba por entonces más fácil un embrollo de aquel tipo que buscar mi propio camino, mi propia vida de adulto. Aunque mi integridad física estuviese mas expuesta, no me importaba, es mas, ni siquiera pensaba en mí mismo como un ser independiente sino ligado a todos ellos.
Unas semanas después de nuestro encuentro en el bar, apareció Adela. Treinta y ocho años bien llevados, un rostro crudo que incluía una mirada hechizante, tentadora. Cuando la vi por primera vez me dijo ser amiga de Pedro. Había golpeado la puerta con un ritmo de melodía que ya olvidé. Vestía un tapado de piel sintética que le llegaba a la rodilla desnuda, y se notaba a simple vista que por debajo de tal prenda, la ligereza de ropa que traía no la incomodaba tanto como a mí. Llevaba su boca extremadamente remarcada con un labial fucsia, y sus pestañas resaltaban en un segundo plano, ondulantes, llamativas.

— ¿Sos detective? —me dijo tirándome el humo del cigarro en la cara
Supe en el momento que para aquella mujer debía ser yo un tipo rudo, por lo que opté por contestarle con otra pregunta:
— ¿Quién sos? —(secamente)
— Me llamo Adela, y soy amiga de Pedro…¿Te acordás de Pedro?
— Fuimos amigos en la infancia
— Me habló mucho de vos. Recalca siempre que sos un excelente tipo.

Cuando confirmé mis sospechas, suspiré y la invité a pasar, lo que aceptó al instante. Pedro la enviaba para tranquilizarme. Se había enterado por alguien que yo lo perseguía. Por ahora el estilo de Pedro para calmar a quienes pudiesen molestarlo era poco peligroso: una mujer seductora, un poco de dinero. Por entonces yo estaba necesitado de cualquiera de las dos opciones, por lo que Adela cruzó aquella puerta con redoblantes y platillos, y no pude evitar sonreír muy para mis adentros. Para ella debía ser yo un hombre serio y decidido.
Le pasé media vuelta de llave a la puerta. Luego le indiqué el sillón y la invité a sentarse (no sin antes sacar un par de libros de allí arriba y algunas servilletas sucias) y tomé su abrigo. Tenía al descubierto unos hombros espectaculares, el derecho tatuado sutilmente con una imagen que no comprendí. Mientras se sentaba y observaba a su alrededor —no se porque no me importó que todo estuviese desordenado— yo fui al viejo placard a sacar una botella de whisky importado, que fue el premio de mi primer caso, de una anciana que pretendía atrapar a su nieto, con las manos en la masa, o en la droga, ya que era un distribuidor de cocaína, y era aquella botella también el premio que me consolaba cuando salía por la noche de vez en cuando a encontrar diversión y simplemente volvía con el deseo de la autodestrucción. Aquella botella estaba casi en su fin, pero me las ingenié para que parecieran dos tragos bien servidos, mucho hielo.
Cuando tomaba el vaso, me dio una mirada de complacencia que hizo que mi interior la deseara de forma ferviente, pero me contuve de todo tipo de respuesta a su coqueteo y comenzamos a hablar como dos personas adultas suelen hacerlo y reprimiendo toda clase de deseo, al menos de mi parte. Sus labios al hablar invalidaban cualquier otro rasgo de su rostro. Pronunciaba cada palabra de forma perfecta, y cuando pasaba sus dientes superiores de forma extremadamente sensual sobre su labio inferior, el tiempo parecía detenerse.
Había conocido a Pedro hacía año y medio mas o menos, en una cena en la que ella era traductora de un empresario japonés que con una visa de turista, vino a hacer negocios ilegales con un grupo de aduaneros a los que Pedro dirigía. Luego de allí, estuvieron un tiempo juntos: algunos viajes, un poco de amor, joyas y eso, pero según Adela, es Pedro De Souza un tipo sin escrúpulos ante nadie, y después de saber que estaba casado optó por dejarlo. Para entonces ya era empleada en las oficinas, como telefonista, por lo que la relación con aquel tipo se había vuelto tortuosa, al tener que tratarlo diariamente. Ella provenía de una familia acaudalada de estancieros del norte del Río Negro, y De Souza lo supo casi al instante de conocerla. Sus contactos le permitieron trasladar algunos dineros del padre de Adela hacia cuentas corrientes de la empresa, pero a su nombre. Adela quería simplemente verlo tras las rejas, como yo, o al menos esa fue la historia que me contó, lo cual daba por tierra todas mis teorías acerca de su relación con Pedro. Cuando terminó su historia, ambos estábamos bastante ebrios. Habíamos continuado con un vino caliente que guardé en mi heladera rota hacía cuatro días, el olor al abrir la puerta era nauseabundo. La comida podrida por doquier asemejaba la escena a un campo de batalla. Ahí pensé en la necesidad de una compañía estable en mi apartamento, y cuando volví a sentarme frente a ella, no pensé si estaba frente o no a una tramposa, sino que solo pensé en tratar de conquistarla. Dejé que siguiera un rato hablando de su vida en el interior, su niñez y demás cosas de que gustan hablar las mujeres, y en determinado momento me decidí a cruzar hacia el mismo sillón donde ella se encontraba. Como siguió hablando como si nada, tomé eso como una buena señal y proseguí con el brazo tras su nuca. No se si no lo notó o que sucedió, pero ella continuaba con su discurso, por lo que me acerqué aun mas a su hermoso rostro e intenté besarla. Ella dio bruscamente vuelta su rostro hacia mí con cara de enojada y me abofeteó, no sin antes dejar el vaso sobre la mesa tranquilamente. Tal vez mi sentido de detective me había fallado esa vez y esa mujer que tenía frente a mí no decía mas que la verdad en toda su historia. Cerré la puerta tras ella, mientras que con la otra mano y casi sin darme cuenta sostenía mi mejilla izquierda como si esta fuese a caerse o algo así. Después terminé su vino inconcluso sobre la mesa, y pensé en la oscuridad en todo aquello que había sucedido. No tenía ni un número, ni una dirección. Solo sabía que mañana en la mañana ella estaría otra vez trabajando para él, y que yo quería ayudarla de todas formas. Pero primero debía asegurarme que todo aquello no fuese una mala jugada de Pedro, una rara jugada a fin de cuentas. Creo que luego de un rato me dormí en el mismo sillón donde ella se había sentado a contarme su historia. Estaba lo suficientemente borracho como para olvidarla por lo menos hasta el día siguiente. Pero antes puse a Art Pepper suavemente en el audio, mientras la imagen de la luna por la ventana daba lugar a un sueño demasiado profundo. No podía pensar.
La impresión que me había causado aquella mujer no estaba decidida todavía en mi interior. Fue una mezcla de fascinación y repugnancia, concebidos con un poco de aguardiente y mezclados con el vino que por aquella mañana me hacía sentir tan insignificante. De todas formas la mañana era buena, el sol ya estaba demasiado alto y en mi oficina dormía solo aquel gato que me había traído de la calle un tiempo atrás. Era flaco y pulgoso. Pero resultó ser bastante fiel hasta que un tiempo después arañó mi rostro y lo tiré por la ventana a su suerte. Ese día no estaba para lidiar con nadie y menos con alguien que rasguñara mi rostro solo por el hecho de haberle dado unas caricias, así que tuve que demostrarle que la raza humana por desgracia todavía “domina” el mundo. La lástima que me dio aquel animal posteriormente solo me duró hasta que golpearon a la puerta. No suelo abrirle a nadie cuando almuerzo, pero por entonces no se que me hizo levantarme y dirigirme hacia la puerta

— ¿Detective?
— Así es
un pequeño niño de unos cinco años con mocos sobre su boca y un sobre en la mano. La estiró hacia mí y salio corriendo como un loco sin siquiera darme tiempo a preguntarle quien lo enviaba. Fue así que me volví a sentar en mi silla derruida con un panqueque en mi mano izquierda y el sobre en la derecha. Cuando terminé de comer, abrí aquel sobre y encontré una carta con el siguiente contenido:

Como ambos queremos ver a Pedro de Souza tras las rejas, me dije a mi misma que te ayudaría.
Mañana por la noche llega al puertito un velerito con ciertos personajes que te pueden interesar.
Uno de ellos, que lo sacás argentino en seguida, ya que tiene ese particular acento porteño (hablé con él por teléfono el lunes) es uno de los dueños de una empresa privada de transporte. La idea es que si arregla con pedro para que le pase si ningún tipo de impuesto cierta cantidad de mercadería por mes, su empresa desliga a nuestro amigo de todo tipo de pago para con él y por supuesto que la empresa de la que ahora la empresa hace uso, queda sin nuestro apoyo de aquí en mas ¿entendés? Lo bueno de todo esto es que el mismo Pedrito se va a atrever a esperarlo al porteño este, por lo que si te escondés por ahí podes sacar alguna que otra información. Yo supongo que mas o menos por las once y media o doce andarán en esas vueltas, pero estate antes por las dudas y que tengas suerte. Vas a ver que todo sale como queremos, estoy segura de eso.

PD: pensé en decirte todo esto personalmente o por teléfono, pero no se si es bueno que nos vean juntos.
Pedro tiene muchos conocidos y por desgracia muchos me conocen también como su secretaria.
Te deseo la mejor de las suertes y ojalá que nos podamos ver pronto. Como te habrás dado cuenta estás perdonado por lo de anoche y no suelo perdonar a muchos hombres, así que considerate afortunado

Adela.

No supe que pensar de aquella carta, por lo que tomé asiento más cómodamente y mirando el ventilador de techo girar, pensé y pensé. Al principio todo me sonó a una trampa planeada por ambos sujetos para sacarme de su camino, pero también podía ser que aquella mujer realmente despreciara a Pedro tanto o mas que yo y quisiese verlo sufrir, pero la mayor de las sorpresas se dio al día siguiente por la mañana, cuando yo ya había decidido ir aquella noche a ver que sucedía. Lidia apareció en mi puerta aquella mañana con los ojos llorosos. Seguía teniendo aquellos ojos tristes y grises que siempre me habían cautivado tanto. La invité a pasar, cosa que hizo, y me trató como si fuésemos íntimos amigos de toda la vida. No sé si se acordaba por entonces de lo que yo había sentido (y quizá sentía) por ella todavía. Pero ahora el asunto era otro y lo sentimental no era lo importante aquella mañana, así que la escuché atentamente. Me contó de su vida pomposa, de su lento acostumbrarse a aquello que no podía abandonar, pero que a su vez tan infelices las hacia a ella y a su hija. Recordamos juntos el barrio de nuestra niñez, nuestros juegos y muchas cosas más. Se notaba en su rostro un dejo de amargura que venía acarreando por años. Fue así que reímos juntos más de una vez. Pero en determinado momento cuando comenzó a hablarme de él, comencé a entender el asunto de forma mas clara

— Felicitaciones —me dijo— por lo de detective. Te falta el gorrito como en las películas. O la pipa como ese…¿Cómo es?
Comprendí que la cultura puede facilitarse con dinero, siempre y cuando halla en nosotros interés de poseerla
— Holmes —le aclaré sonriendo— Sherlock Holmes.
— Ese —dijo prendiendo un cigarrillo.
— Pedro tiene montones de libros —me dijo— en todos estos años ha coleccionado casi mil, calculo. Muchos de ellos se los regalan y otros simplemente los trae a casa no se de donde, ni me interesa. Pero nunca los compra, eso seguro. Dice que no tiene tiempo para leer. Julia lee algunos de vez en cuando, pero son esos de autoayuda. La pobre no sabe todavía muy bien en donde está parada, y cree que los libritos le van a solucionar el problema. Pero es buena muchacha. El padre le dice que estudie idiomas, ya que en el círculo donde se mueve es necesario según él ser una chica culta. A mi no me convence con esos cuentos. Quería que yo estudiase inglés o portugués. “¿Y vos que” le dije una vez, y me dijo que el sabía manejarse en varios idiomas. Que por muchos años estuvo con estudiando en los entretiempos, cuando trabajaba en la parte de cargas. Sus compañeros lo habían apodado “El solitario”.
Noté como se iba introduciendo de a poco hacia el asunto por el que realmente había venido a mí. Al rato se rascaba la cabeza y mirando sobre el escritorio me dijo con algo de timidez:
— Sabés que preciso de tu ayuda.
— Decime.
— Me da un poco de vergüenza, pero…
— Vamos Lidia, que nos conocemos hace bastante.
— Bueno. Me llegaron rumores que Pedro me engaña con cuanta mujer se le cruza en el camino. Ya son varias llamadas ¿viste? Ya no me puedo hacer más la boba.
— ¿Y que puedo hacer yo por vos?
— ¿No sos detective? Investigá.

Fue una sensación extraña la que sentí cuando me dijo eso. Pues ella seguía siendo la muchacha inocente que fue siempre y ni se imaginaba quien realmente era su esposo ni en que historias estaba envuelto.

— Sabés que los asuntos maritales no son mi fuerte. Nunca he hecho nada que se le parezca y…
— Siempre hay una primera vez, no lo olvides. Aparte Pedro te puede llegar a pagar bien si lo descubrís.

Fue irónico de su parte, y rió con esa sonrisa de antes que hace tiempo no veía. Mientras aplastó el cigarrillo contra el cenicero que se encontraba a su izquierda, sobre la mesa.
— Sabés que estoy segura que el nos quiere. Si no es así, es el mejor actor que he visto, aunque no he visto muchos —se rió otra vez— el es muy bueno con nosotras, vamos a donde queremos, hacemos lo que queremos. Nunca nos dice que no a nada. La verdad es que tuve mucha suerte con él.

Pobre Lidia. Suponía la bondad de su marido solamente teniendo en cuenta su libertad y la de su hija. Principalmente su libertad económica. Para ella eso era ser un buen esposo. No sabía que lo que le importaba a Pedro era aparecer en la sociedad como un ser normal, o sea casado y con una familia constituida. Mientras mas alejadas las tuviera a ellas de sus asuntos mejor era para él, y las personalidades de ambas mujeres no aportaban en absoluto a mi causa, ya que se habían convertido en monumentos a la trivialidad, moviéndose de un sitio a otro, malgastando dinero. De Souza había elegido bien a quien tener como esposa, su plan había salido de maravillas desde un principio y siempre tuvo el camino libre para actuar, aunque claro, manteniendo las apariencias siempre.

— Dejáme un teléfono —le dije a pesar de ya tener anotado por ahí su celular— te confirmo hoy por la tarde.
— Seguís siendo el mismo bonachón de siempre — me dijo, y me besó en la mejilla izquierda— sabía que ibas a poder ayudarme.
Tomó su cartera de la silla, y prendiendo un cigarrillo se fue sin mirar atrás. Un chofer la esperaba en un auto que sin ser una limusina tenía su lujo. Esa tarde la llamé como a las cinco
— Tengo noticias —le dije.
— Buen detective resultaste —me dijo. Se notaba que estaba fumando.
— Si querés agarrarlo con las manos en la masa, pasá por acá como a las once.

Si todo salía como planeaba, tal vez este asunto terminaría antes de lo que hubiese previsto.

La noche estaba un poco fresca, por lo que decidí sacar un sombrero de ala ancha que tenía en el placard y también una bufanda tejida a mano. Ella apareció como a las once y diez, y noté su llegada gracias a los frenos del auto que la trajo, que sin verlo, supe que no era el mismo que la había venido a buscar por la tarde. Estaba excitada y con una alegría que no le cabía en el cuerpo. Se sentía feliz de tener la chance de encontrar a su marido con otra, aunque no supiese absolutamente nada de lo que vería, que sería algo extremadamente diferente a lo que su cabeza esperaba, y mucho peor que un simple adulterio.
Había traído una pequeña cámara portátil; quería tener el momento inmortalizado para siempre para tal vez torturarlo una y otra vez en un futuro.

— Eso va a tener que quedarse en su caja —le dije seriamente mirando el aparato casi pronto para recibir imágenes y sonidos
— No podés hacerme esto, es mi momento de gloria
— Perdoname, en serio, pero es así. Si no dejás eso acá olvidate. Reglas de la casa.
— Está bien, acepto. De todos modos no me contaste todavía de que se trata el asunto.
— Sorpresa —le dije mientras cerraba con llave

Me siguió en silencio, y cuando sacaba las llaves de mi derruido auto, me tocó el hombro. Cuando la miré me señaló un auto estacionado sobre la vereda en tres de sus cuatro ruedas. Manejaba ella. Subimos.
Manejaba de forma horrorosa, y el motor de aquella máquina rugía estrepitosamente en cada cambio de velocidad. “al puertito” le dije agarrándome del asiento “aunque no estaciones demasiado enfrente sino en alguna lateral”. Una sonrisa se dibujó en su rostro, quizá ya imaginando lo que vería y como reaccionaría, aunque yo sabía que su reacción ante lo que viese no era en absoluto imaginable, ni siquiera por mi mismo.

Llegamos. El viento era mayor allá, por lo que ella se abrochó el saco que traía puesto.

— ¿Ahora que? —preguntó nerviosa
— Vamos a buscar un lugar donde estemos seguros —le dije
— ¿Estás seguro que era acá? — preguntó. A lo que no contesté absolutamente nada.

Nos dirigimos hacia el reverso de unas lonas que estaban semi-estiradas y esperamos unos diez minutos. Un pequeño velero tenía unas luces encendidas en su interior, y por lo demás parecía bastante tranquilo. Un auto apareció, y Lidia en ningún momento lo reconoció como de la empresa. Bajó Pedro con su mano derecha, un tal Patricio Costa. El chofer miró a su alrededor un par de veces, como desconfiando de cualquiera que pasara por la calle. Del velero salieron tres tipos con unos papeles en la mano uno de ellos, quien parecía ser el jefe o dueño de la empresa transportista de la que Adela me habló. Los otros dos parecían simples matones. Saqué la cámara e hice un par de fotos, como para el recuerdo.
Lidia no sabía que esperar de lo que veía, y sus ojos lo reflejaban tanto como el conjunto de su rostro. Le avisé de antemano que no me hiciese ningún tipo de preguntas hasta que yo lo dispusiese. “Reglas de la casa” dije nuevamente, aunque me costaba mucho ser “duro” con ella. Los tipos empezaron a hablar. Y todo era tal cual Adela me había avisado, por lo que mis sospechas acerca de ella ya no tenían fundamento. Lidia escuchó todo. El arreglo ilícito entre ambas empresas, como se manejarían los despidos de los empleados mas antiguos que cuando el mismo Pedro entró como fuerza bruta, el dinero que se manejaba. Se puso a llorar en silencio cuando se dio cuenta que su marido, su amor, no era mas que un ladrón, aunque ella supiese muy por dentro suyo que a pesar de todo el quería lo mejor para ella y su hija. Pero esto no alcanzaba. No ahora. Le pasé una mano por sobre el hombro y esperamos a que se fueran los cinco hombres. El viento se había calmado y las estrellas brillaban en el mar que las reflejaba. Admito que fue un placer manejar aquel auto lujoso, y cuando llegué por fin a casa y le dí las llaves para que se fuera me dijo:

— Sabés que no entiendo. Yo iba a romperle la cara a esa supuesta perra y me encuentro con que Pedro es un mafioso de primera. Es muy fuerte para una noche. Ahora no me interesa saber quien es ella. Ahora solo quiero contárselo a Julita e irnos juntas lejos de acá, de toda esta basura. Sabés que se me hace difícil pagarte. Y es que no quiero tener mas nada que ver con Pedro, que no es nada fácil así, de golpe, pero voy a intentarlo.
— No te preocupes —le dije —Andá y hablá con él. Decile que ya sabés todo, y que tenés pruebas. Después te mando las fotos y las llevás a la policía. Ellos ya sospechan hace tiempo de Pedro, y cuando lo vean en las fotos con el amigo argentino ya está.

A los 15 días de todo esto recibí una llamada telefónica de Lidia diciéndome que Pedro estaba en cierto lugar y me dio la dirección de un piso. Me dijo que ella no quería entregarlo, y que cuando la policía le preguntó por el, les dijo que no sabía nada, que simplemente se había ido

— Está muy mal —siguió— tené cuidado que tiene un arma con él.

El castillo de naipes de Pedro de Souza se había caído para siempre. Aquel castillo de naipes que empezó en su adolescencia cuando ayudaba a su padre y supo quien quería hacer, y eligió mal. No soportó la idea de que su mujer y su hija supiesen quien realmente era, y sus métodos para mantenerlas alejadas de los negocios sucios no resultó de la forma en que se lo esperaba. ¿Y que puede hacer un hombre cuando sus planes se descascaran como madera vieja? Pensó en los planes. Erró en el modo de conseguirlos y lo pagaría.
Había conseguido un empleo recientemente, como cajero en una estación de servicios, lo cual hablaba a las claras que no era un tipo que se rindiese fácilmente. El apartamento quedaba cerca de allí, y la policía fue confundida por algún tiempo al no creer ver en ese cajero a quien supuestamente era. Simplemente no lo creían. Así que ni se molestaron en averiguar quien realmente era ese tipo. Ahí entré en escena.
Cuando entré aquella tarde a su apartamento, lo encontré en la ventana, junto a una nube de humo. Le gustaba mirar por horas hacia la calle. Por entonces ya no recibía llamados de nadie, ya que todos sabían que estaba siendo investigado por la policía. Sus amistades de años se esfumaron de la noche a la mañana, y no tuvo apoyo de ningún tipo ni de nadie. De todos modos seguía jugando a ser dios, desde la ventana de aquel piso tan alto, y sabía que la conclusión de la historia sería cuestión de tiempo nada más.
Siempre tenía la puerta abierta, ya no le importaba.

Se que me sintió entrar, tal era la agudeza de sus sentidos, aunque en ningún momento sacara su mirada de aquella gente que caminaba allá abajo, en el pavimento caliente. Allí sentado en el piso, junto a la ventana, movió su mano derecha tranquilamente hasta que la perdí de vista. En ningún momento tuve miedo.
Brillo una 22 de caño largo que me alcanzó, deslizándola suavemente por el parquet poco lustrado, hasta dejarla casi en mis pies.

— Tené cuidado —dijo— está cargada.


FIN