lunes, 11 de mayo de 2009

EL NIÑO QUERÍA VOLAR Y NO PODÍA

1
El niño quería volar y no podía. Intentaba a cada rato pero era inútil. Yo lo miraba de lejos y con lástima, pues aún no se desengañaba. Agachaba la cabeza de vez en cuando buscando la nueva manera, sin rendirse en aquel día de sol, tan propicio para una acción de ese tipo. Volar. ¿Por qué le resultaba tan difícil? No sabía que antes que él, otros ya lo habían intentado, fracasando, aunque ser un niño de ocho años tenga sus ventajas en cuanto a terquedad se refiere.
Fue cuando noté que una lágrima corrió a su boca que me decidí a ayudarlo. Estaba triste, a punto de abandonar la empresa imposible. Yo también estaba triste por entonces, y pensé que ayudarlo me haría bien. Me acerqué despacio a él, mentalizado a comprenderlo, me miró desconsolado, levantando su cabeza hacia el sol de frente:
-No puedo- fue todo lo que me dijo, y volvió a su posición de derrotado. Yo lo tomé del hombro y no supe al principio qué decirle.
-No te preocupes- y pensé una locura- yo te puedo ayudar.
Él levantó la vista hacia mí, y recién en ese momento se interesó por saber quién era yo, lo supe por su mirada. Nuestra diferencia de edades no nos permitía entablar amistad alguna, el con ocho años, yo, casi sesenta, parecíamos estar ligados solo por las nociones de imposibles, de esos sueños locos en que ambos creíamos. El por niño, yo por puro soñador.
-No se puede volar sin alas- le dije. El me miró sorprendido, pensando quizás porque no se le había ocurrido a él lo de las alas.
-¿Por qué no construimos unas juntos?- Agregué. Así comenzamos.
El niño me dijo que se podían hacer las alas con cartón y yo asentí feliz ya que era un material fácil de adquirir.
Nos sentamos juntos, con un montón de papeles y unos lápices y comenzamos a sacar a relucir las ideas de alas que ambos teníamos en nuestras mentes. Era una competencia desigual desde el principio. Los niños son difíciles de igualar en ese sentido. Luego de muchos borrones y discusiones que yo disfrutaba, cada cual había creado en papel un par de alas diferentes. Las suyas eran hermosas. Tenían varios pliegues que le daban un toque estético increíble, aparte de tener plumas que colocadas de cierta manera permitían, según el niño, la facilidad de manejo que el deseaba (¿cómo no se me había ocurrido a mi lo de las plumas?). Aquellas alas se acoplaban en los brazos y no en los hombros como las mías, que eran horribles. Eran pequeñas hasta para el niño y carecían de toda gracia. Se notaba que eran producto de una mente que había dejado de imaginar a pesar de si misma. A pesar de mí mismo.
Lógicamente las alas del niño ganaron el concurso. Pero ¿Dónde demonios conseguiría yo plumas? Sabía que él las imaginaba enormes y coloridas, pero los pavos reales solo estaban en el zoológico y aquellas alas no podían hacerse esperar. Las gallinas del barrio tenían ahora una nueva razón para temer.
-Don Vicente- dijo el niño de repente. Parecía que seguía mi pensamiento paso a paso, pero no lo quise indagar al respecto.
Vicente era un viejo poco tratable. Se rumoreaba que había matado a su mujer y que lo había hecho parecer un suicidio, aunque el barrio ya había olvidado.
¿Pero como se lo pediría? No podía ir a la casa del viejo y decirle que necesitaba unas plumas de gallina, y menos para hacer un par de alas. El viejo me miraría espantado y confirmaría por fin sus sospechas hacia mí. Fue entonces que me pregunté si por un niño soñador valía la pena aquello. Aún hoy no he encontrado nada por lo cual aquello valiese mas la pena, y ha pasado ya mucho tiempo desde entonces. Ya me hacía la idea de las alas sin las plumas, después de todo yo sabía que tarde o temprano el niño sabría la verdad. Si. Definitivamente lo de las plumas era un error, como un error también fue mirar al niño a los ojos. Y lo hice. Y vi sus sueños a flor de piel. Y no pude defraudarlo. Debía ir por la noche.
2
Y lo hice. A la noche siguiente por la madrugada lo hice. Aún hoy no me arrepiento, a pesar de que soy conciente de que fue un delito lo de aquella noche.
Mientras caminaba con la carne para el perro, me preocupé un poco. Imaginé al viejo con su escopeta, saliendo al patio y disparando hacia donde el ruido, que por supuesto era yo. No quería ser recordado en el barrio como el tipo que murió por unas plumas de gallina para hacerle a un niño un par de alas, aunque ahora que lo pienso detenidamente, no me molestaría si me llamasen por ese título después de muerto. No me molestaría en absoluto.
Allí estaba yo, frente a la puerta de aquel viejo que se creía, era un asesino de esposas. Me puse a temblar como loco, pero seguí. Entré. Sabía que vendría el perro, que era un cuzquito de porquería, pero que ladraba fuerte, lo suficientemente fuerte como para que el viejo se despertase. Cuando lo vi venir le tiré el pedazo de carne. No le di tiempo ni a olfatearme cuando ya estaba saboreando aquel filete que hacía tanto tenía guardado. Cuando el perro lo dejó a un lado y vino hacia mí pensé por un momento que el plan había fracasado, pero solo quería agradecerme. Trepó por mi pierna y con la lengua afuera pedía mi cariño. Yo le acaricié las orejas puntiagudas y él se dirigió al pedazo de carne. Me di cuenta que había exagerado en la cantidad, pues no recordaba exactamente el tamaño del perro de Don Vicente, aunque después fue una ventaja, ya que me daría mas tiempo antes de que aquella cosa se diese cuenta que yo no era de la casa. Entonces me dirigí al fondo, al sitio en donde estaban las aves. Era un corralito mal hecho, pero servía. Allí había sólo dos gallinas, pero para mi sorpresa y para la posterior sorpresa del niño, me encontré con dos grandes gansos que el viejo nunca dejaba salir. No eran pavos reales, pero tampoco eran gallinas, y ya veía a pesar de mis nervios aquellas alas cada vez más cerca, como las de Ícaro, solo que con plumas de ganso, y aquí a nadie se le derretirían, en todo caso quedarían abandonadas en algún lugar de la casa del niño, tiempo después de haber probado lo imposible. Miré a la puerta del fondo, con miedo. No me podía sacar de la cabeza al viejo en calzones con la escopeta en la mano y apuntándome, pero pensé en aquel sueño y me armé de valor. Abrí aquella portera de madera. Uno de los gansos me atacó, mientras las gallinas cacarearon con toda su fuerza. –Estoy perdido pensé- y enseguida se me dio por correr, pero fue aquel sueño tan humano lo que me hizo volver. El ganso que me había atacado estaba afuera y graznaba como un loco. No se porqué, pero los nervios me llevaron a patearlo en la cabeza y el pobre no supo por un momento donde se encontraba, momento que aproveché para tomarlo por el pico y correr sin mirar atrás, hacia la entrada de la casa. El perro me vio, ya había terminado mi regalo, a pesar del tamaño de aquel trozo de carne. Entonces con una especie de complicidad hombre-perro, dejó que me llevase aquel ganso sin siquiera ladrar. Le agradecí casi sin pensarlo, y luego creí que me estaba volviendo loco, o simplemente un criminal de la mas baja categoría. Llegué a casa y tiré al animal dentro de una caja. Luego me dormí, tratando de no pensar demasiado en lo que había hecho.
3
Me pareció dormir muy poco cuando sonó la puerta. Yo sabía quién era, aunque no descarté la posibilidad de que el viejo apareciese con la escopeta apuntando a mi rostro. Era el niño. Por mi sonrisa supo en seguida que todo había salido según lo planeado, pero para estar más tranquilo me interrogó:
-¿Y?
Yo con un guiño de ojo aún hinchado, y sin los dientes postizos:-Hoy es el día- Me es difícil olvidar aún hoy su rostro cuando pronuncié esas palabras.
El sonrió y se fue, aunque no demoró demasiado en volver.
Yo trataba de digerir el desayuno y una cantidad enorme de remedios mientras pensaba el momento en que el plan fallaría, el momento en que el niño sabría que el vuelo no es para los hombres sino para los pájaros. Yo en el fondo no quería que el dejase de soñar, cosa tan importante, que no dejase de soñar ni cuando creciera y fuese hombre ni cuando yo me halla ido.
Esas eran las verdaderas alas que yo quería darle. Él se sentó a mi lado y me miraba, esperando.
Sabía que me encontraría sentado en la pequeña mesa, como me había encontrado el día anterior y el anterior. A mi no me molestaba en absoluto, al contrario. Después de todo había sido yo el que lo había buscado primero, presa de la soledad. Elida había muerto hacía poco, y yo aún no me reponía.
Los muchachos llamaban a veces, por compromiso, pero yo quería acordarme de sus caras. Marcos con su hijo recién nacido, el cual aún no conozco. Roberto con su trabajo de tiempo completo y sus complicaciones de divorcio. Si me cruzara con alguno de ellos hoy día no creería reconocerlos. Por todo esto es que el gurí me caía bien. (Ahora no me soporto ni a mi mismo. Me consuelo contando cosas). Me extrañaba mucho su madre y como lo dejaba conmigo todo aquel tiempo, sin conocerme demasiado
-¿Qué tal don Anselmo?
-¿Qué tal, como está señora?
Ese era nuestro trato. Pero yo supe siempre que para ella no era más que el viejo de la esquina, el que había enviudado hacía poco, el que sus hijos habían abandonado por impertinente. Pero en esos dos días de conversaciones, supe por lo que me contaba el niño, que su madre sentía por mí una especie de lástima. También me ponía al tanto de casi todo lo que pasaba en el barrio, ya que yo no salía mucho entonces. El apuro y las ganas de volar del muchacho me hicieron dejar las cosas como estaban e ir en busca de aquellas alas.
Bajo aquel sol tibio de la mañana, él con su dibujo en la mano, miraba mis líneas a lápiz sobre aquel cartón, corrigiendo al instante cualquier mínimo detalle.
-No, no. Es mas redondeado- me dijo una vez, y tomando el lápiz de mi mano, trazó con su mano la línea como el la creía correcta. Cómo disfrutaba yo de aquellos rezongos. Llegó el momento de colocar las plumas, y entonces lo llamé al fondo.
-Me tenés que prometer que no le vas a decir a nadie lo del ganso.
-Sí, te lo prometo- me dijo. Entonces abrí la caja y el pobre bicho asomó su pico asfixiado. El niño rió y me miró como no creyendo con sus ocho años que un hombre ya mayor como yo hubiese robado un ganso para hacerle unas alas a él. Fue ahí cuando me abrazó sin decirme nada. Fue ahí que pensé en Elida y su poca afición por los niños, y de las ganas que tenía de conocer a Juan Eduardo, el bebé de Marcos que nació poco antes de que ella se fuera. ¿Qué pensaría ella de mi amistad con aquel niño? Eso no importaba ahora. Ahora debíamos volar.
4
Al principio me dio lástima aquel pobre animal, no puedo mentir. Pero lo soltamos igual así, todo desplumado a la calle, a ver si encontraba el camino de regreso a casa. No sabíamos si el viejo había notado su ausencia, aunque yo me acordé mas tarde que en el apuro había dejado aquella puerta de madera abierta y que quizás no quedaran ni los recuerdos. Lo bueno era que con un entusiasmo nunca visto, estábamos pegando pluma tras pluma. Quizás en ese momento en su ensueño el se viese a sí mismo por los aires, con su par de alas hermosas y brillantes subiendo y bajando como los pájaros mas intrépidos, y allá su madre lavando su ropa de escuela lo vería y temería por momentos, pero al verlo tan libre y tan alto, dejaría su miedo de lado y alzando al cielo sus manos de madre le demostraría su amor. Quizás todo eso pensaba el niño mientras pegaba las plumas con tanto gusto. Quizás no pensaba nada.
-Ahora debemos dejarlas secar- le dije.
Él me miró con una sonrisa que denotaba su conformidad con el trabajo, y corrió hacia su casa. Sabía yo que por la tarde el niño ya no sería el mismo.
Yo lo vi nervioso cuando volvió, tenía restos de comida en las comisuras de sus labios y sus ojos estaban algo desencajados. Pensé que en un niño esa sería la reacción correcta, después de todo en unos momentos el creía que iba a volar.
Lo ayudé a colocarse las alas de forma tan creíble que el nunca sospechó. En ningún momento me mostré desinteresado en el asunto y traté de que el viera en mí tanta emoción como la que recorría su interior. Las alas eran enormes, quizás midiesen dos metros cada una. El cartón acanalado asomaba en gran parte de ellas, siendo las plumas de aquel pobre ganso demasiado pocas como para cubrir tal superficie, aunque a él no pareció importarle. Por fin tenía sus alas. Se sentía poderoso con ellas, sonreía sin saber que hacer, aunque pude notar en su carita un poco de miedo. Fue entonces que me miró.
-Corré- le dije- corré con todas tus fuerzas y aleteá lo más rápido que puedas. El demoró en entender y me miró por un rato mas, pero luego corrió y corrió moviendo sus brazos inocentes.
Yo lo observaba, y mil cosas surgían de repente en mi pensamiento.
¿Habría yo logrado mi objetivo? A veces me pregunto si no jugué con la esperanza de ese niño.
El cayó a tierra, raspándose en varios lados. Yo corrí como nunca a mis casi sesenta, desesperado e incrédulo ya, sin pensar en nada.
Entonces lo ayudé a levantarse y no pude con su mirada, fue demasiado para mi entonces. Sus rodillas y manos sangraban, pero el no lloraba. Solamente me miraba como al extraño que realmente era para él, como no entendiendo lo sucedido, o quizás entendiéndolo de una vez por todas. Su madre apareció por primera vez en escena, corriendo como loca e insultándome a gritos por lo que había hecho con su hijo, que no fue más que tratar de que soñase por un rato más, que creyese por un rato mas. Nada le dije a aquella mujer, y solamente bajé la mirada.
El muchacho y la madre vinieron a casa días después. La mujer, enterada ya de los hechos y nerviosa, se disculpó, mientras que el niño me regaló en un marco de vidrio, el dibujo de sus alas. Le pregunté por sus heridas y el me dijo que nunca le habían dolido. Los invité con un vaso de refresco que solo el niño tomó.
Ya hace mucho de esto, capaz que quince años. El está en Europa desde hace tiempo, se fue cuando su madre decidió viajar con un hermano que ya tenía la nacionalidad. Según me cuenta le está yendo bastante bien. Quiere ser piloto de aviones comerciales, es por eso que está en el ejército. No ha cambiado mucho, se sigue pareciendo al niño de siete años que quería volar. Su madre siempre se acuerda de la anécdota y se muere de risa, junto con el resto de la familia, pero parece que a él no le causa mucha gracia. Dice que pronto va a venir y me va a llevar con él. Yo le escribí que se apurara.
Las alas me las regaló antes de irse. Las colgué en mi cuarto, que es donde paso mas tiempo. Las colgué bien enfrente a mi cama, cosa de verlas siempre que quiero.
A veces sueño con ellas, con aquel día. Lo veo a él, corriendo como loco y moviendo los brazos aún con esperanza, y en mi sueño, logra despegarse del piso por un instante muy breve.

No hay comentarios: