Roberto dice que mi abuela es una bruja pero le gusta la tortilla que ella hace. Me parece que lo dice porque a su abuela no la ve nunca, y cuando la ve, ella lo trata con indiferencia. Roberto es mi mejor amigo, hace poco que me di cuenta de eso, cuando me ayudó a enterrar a (mi perro) Guzmán en el fondo de casa. Ningún otro niño del barrio me ayudó, solo él, y por eso es mi mejor amigo. El dice que mi abuela es bruja porque le cura de empacho a él y a otros niños del barrio, pero él no llora más porque ahora es valiente. Antes no era valiente y siempre salía con los mocos colgando del cuarto, mientras su madre le prometía caramelos y eso para que no llorase más. Yo no lloro casi nunca, solo un poco cuando me tira muy arriba de la espalda, o cuando como más de media tortilla yo solo, pero pienso en otra cosa y el dolor se me pasa más rápido. También dice que es bruja por aquella vez de la inundación. Hace unos meses cuando no llovía casi nada y mi abuela se quejaba de las verduras y eso, Roberto le preguntó mientras comía tortilla porque no hacía algo si era una bruja, y mi abuela se empezó a reír y reír como una bruja y Roberto se asustó un poco. Ese día jugamos en el jardín de abuela y vimos unas trampas gigantes para cazar ratas que se comían los zapallos pero abuela nunca podía cazar ninguna. Cuando por la tarde empezó a llover despacito esperamos un rato para irnos, pensando que iba a parar pero no paraba más y esa noche la pasamos en la casa de mi abuela cerca del fuego de la chimenea donde ella nos había preparado las camas. Hablamos con ella de todo un poco hasta bastante tarde de la noche y tratamos de asustar a Roberto con algunas historias, pero estaba bastante cansado y se durmió antes de poder asustarlo. La lluvia no paraba y parecía que hacía años que llovía. La abuela se paró en la ventana y dijo medio entre dientes “si no fuese por ese sapo” pero yo la escuché y le pregunté de qué sapo estaba hablando. Ella contestó bostezando que una de las trampas había agarrado un sapo enorme y que para no desaprovechar aquel accidente ella lo había colocado panza arriba para que lloviese. Su rostro reflejaba una mezcla de sueño y conformidad. Roberto se sobresaltó de su sueño y me miró con ojos de espanto al escuchar lo que abuela había dicho, pero no me dijo nada. Yo no sabía que pensar pero tenía demasiado sueño entonces y solamente escuché y le di mis buenas noches a la abuela antes que se fuese; ella nos besó en la frente a ambos y se fue a su cuarto. Roberto no paraba de hablar después de eso y me decía que si nos queríamos ir algún día, teníamos que dar vuelta aquel sapo para que así parase de llover, pero era muy de noche por lo que simplemente luego de hablar un rato nos dormimos con el ruido de la lluvia de fondo.
Toda la noche el ruido de aquella lluvia fue constante y cuando despertamos, abuela ya tenía un par de niños empachados aquella mañana de domingo, y también teníamos nuestro desayuno pronto. Roberto se acordó enseguida del sapo pero era tan torrencial la lluvia que era imposible salir afuera sin volver hecho una sopa, y como era domingo en realidad ninguno de los dos teníamos demasiado apuro en volver. En el fondo a los dos nos gustaba la casa de mi abuela. La radio hablaba de inundaciones en varios lados y yo ya pensaba en mi abuela como la culpable, pero me daba vergüenza decírselo por miedo a que se riese de mí. Roberto en cambio daba por sentado la culpabilidad de abuela en todo aquello. Tantas familias sin hogar, en refugios y ella tan campante, riendo alegremente en su casa, el no podía comprender como aquella anciana que tan bien lo trataba a él y a mí, fuese la causante de todo aquel desastre. De todos modos por la tarde, como a eso de las seis nos fuimos envueltos en nylon de pie a cabeza, y con el paraguas de la abuela un poco roto para ambos. Desde la puerta abuela nos gritó que le hiciésemos un favor “Den vuelta el sapo antes de salir” y cerró la puerta. Roberto ya había corrido hacia el jardín y con un palo en la mano giró al animal. Llegué a casa y dejé toda aquella vestimenta casera en el galpón, me sequé lo más que pude y entré con los ojos entrecerrados para no ver la cara que pondría mi madre. Me di un baño caliente y cuando salí noté que ya no llovía, miré por la ventana y el cielo estaba totalmente despejado.
3 comentarios:
jjjj volvimos a la escritura infantil. me gusta el cuento, por lo menos no hay muertos, aparte del sapo, claro...
...mi perro, (perdón)
ja... es que confieso que no llegué al final (acá iría el emoticon de verguenza)
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