lunes, 11 de mayo de 2009

El lugar al que todos los niños van

— ¿Por qué migas de pan abuelo?
— Era lo único que el papá de Hansel tenía para darles a sus hijos antes de abandonarlos en el bosque. Solo por eso.
— ¿Y por que los abandonaron abuelo?
— Lo hicieron porque eran personas muy pobres, y ya no podían tenerlos a el y a su pequeña hermana en la casa, debido a que no tenían nada que brindarles.
— ¿Vos me vas a abandonar abuelo?
— Por supuesto que no te voy a abandonar. Siempre estaré aquí, contigo.

El niño mostraba hacía días los síntomas pronosticados. Al viejo se le dificultaba no llorar, mientras noche tras noche veía aquel rostro de ángel transformarse en uno demacrado y blanco. Su costumbre era leerle antes de dormir, mientras el calmante hacía efecto, luego iba a su cuarto, que estaba dispuesto contiguo al de su nieto y lloraba por horas y en silencio. Hacía unos meses que vivía en la casa de su hijo, por el insistente ruego del niño.
Después de la lactancia, simplemente había sido como su verdadero padre: le enseñó a leer, a escribir, a relatar algunas poesías y a soñar historias de una biblioteca que el anciano mantenía desde su infancia, y que era su tesoro, su segundo tesoro después de su nieto. Si bien el pequeño no despreciaba a sus verdaderos padres, los había pensado últimamente como demasiado reales para su mundo poblado de magos y seres mitológicos que tanto amaba, y no soportaba cuando lo miraban con lágrimas en los ojos y se daban vuelta al instante, o cuando fingían una sonrisa ante él. En cambio el viejo sonreía en las ocasiones en que había que hacerlo, y el niño le correspondía a esa figura flaca, a ese rostro de quien era su tutor, su compañero de sueños y que tantos mundos fantásticos había recorrido a su lado, en esos nueve años. El era conciente que en poco tiempo no estaría más con aquel anciano, allí junto a su cama. El mismo se lo había explicado más de una vez. Pero había vendido toda su tristeza a cambio de ese lugar maravilloso a donde podría volar, jugar en juegos sin fin, comer helados o cabalgar en seres extraños.

— Mientras a vos te duele, ellos te están viendo, sabiendo quien eres, conociéndote allá donde están, en aquel lugar. Es la señal que te envían para que sepas que te tienen en cuenta y que serás bienvenido en su mundo.
— ¿Pero cuando me aceptarán abuelo? Hace ya mucho que me duele ¿será que son lentos? ¿Será que no se deciden por mí, abuelo? ¿Qué no me aceptarán?
— Por supuesto que te aceptarán. De eso estoy seguro. Debes preocuparte cuando ya no te duela más, pues querrá decir que te han olvidado.
— Gracias abuelo por hablar con ellos, y decirles que me acepten allí. No veo la hora de conocer al duende de zapatos rojos ¿te acordás? el del cuento del cofre del martes a la noche.
— Por supuesto que me acuerdo, ¡Que ser tan travieso!
— Si —dijo el niño con una sonrisa en su rostro blanco— ¡Que travieso que es! ¿como yo? ¿no abuelo?
— Si. Como vos.

El anciano se afligió má s de lo común al ver en el pequeño síntomas de delirio, y nuevamente fue a su cama con lágrimas en los ojos.
Por la mañana el abuelo no fue a besar la frente del pequeño como de costumbre. Su corazón se había detenido por la noche, y el médico dijo que fue por tristeza. Eran las nueve y ya habían retirado al viejo de su habitación, el pequeño aún dormía gracias a los calmantes que por la noche el abuelo únicamente podía hacerle tragar, como “las pastillitas de viaje”.

— ¿Te dormiste abuelo? Hace mucho que espero por ti. Tuve miedo, porque soñé que te ibas lejos y no vendrías más. Te quiero mucho abuelo.
— También yo te quiero hijo —dijo el abuelo acariciándole el escaso pelo.
— Sabés que dice el duende de zapatos rojos que ya me aceptaron allí, y que pronto podré estar en su mundo. ¿Qué sabés como se llama?
— Si que lo sé —dijo el anciano— pero quiero que me lo digas vos primero.
— Está bien. Se llama “El lugar al que todos los angelitos van”. Me pareció raro, pero me dijo que se llama así, y se fue saltando en una pata el muy loco. Capaz que me mintió, porque vos me dijiste que a veces era tan loco que decía mentiras ¿te acordás?

Los días pasaron felices para el pequeño aunque sus delirios se hicieron cada vez mas frecuentes, a tal punto que llegó un día en que su propio cuarto se iba transformando paulatinamente en su fantástico mundo. La madre detrás de la puerta, acompañada de amigas que estuvieron siempre con ella, escuchaba a su pequeño hablar de todo aquello y se convencía a si misma de lo bien que aquel lugar fantástico creado por su suegro le había hecho al pequeño, el cual estaba realmente convencido que estaría allí dentro de poco tiempo. Nunca se animó a entrar al cuarto aquel después de la muerte del viejo. Temía estropear de alguna manera todo aquello. Temía ser demasiado real para el niño.

— ¿Sabés que abuelo? Ya no me duele. Y las flores están apareciendo en el techo. Miralas arriba tuyo, allí. Y mirá allá aquel pequeño ser que vuela con alas de mariposa blancas y rojas ¿lo ves abuelo?
— ¡Claro que los veo! Veo todo, todo. ¿Viste? Tu maravilloso mundo vino hacia vos. Ni siquiera te quisieron molestar en hacerte levantar, empacar tus cosas y todo lo demás de un viaje. ¡Son más buenos de lo que creía estos seres!
— Si que lo son abuelo. Como vos me lo dijiste siempre

La voz del pequeño se estaba apagando definitivamente. Sus ojos fueron perdiendo el brillo, aunque tenía aún la mirada puesta sobre el techo, siguiendo algún tipo de movimiento, tal vez de alguna fantástica figura.
La cabeza se detuvo con la vista hacia la ventana. Brillaba el sol.
El hombre se paró, aunque no lloraba aún. Quizá se sentía satisfecho por lo que había hecho. Su mujer estaba en el jardín rodeada de tres mujeres que le hablaban y la tocaban queriéndola contener. El hombre hizo un par de llamadas telefónicas, mientras veía por la ventana como se acercaban tímidamente algunos vecinos del lugar. Luego, en el baño, se miró al espejo y se preguntó si realmente llegaría alguna vez a parecerse a la figura que el vidrio reflejaba, pero no le preocupó saberlo. Tiró la peluca al suelo y la pisó con rabia, pateándola contra una pared. Luego abrió el grifo del agua, que nunca había salido tan fría, y se quitó el maquillaje con sus manos. Maltratándose el rostro.

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