lunes, 11 de mayo de 2009

CASI A LAS DIEZ

El tipo llegó a su casa (lo haría solo, de ahora en más, por un tiempo indeterminado) y encendiendo un papel bajo la leña ya dispuesta, se sentó en la misma silla de madera, siempre atraído por el fuego. Golpearon la puerta.
Se paró al tiempo que encendía un cigarrillo, sin apuro se dirigió a la puerta.
— No vi cuando te fuiste. —dijo el que llegó.
El terminó de abrirle, y con un gesto le indicó que pasara.
— Marta no tiene problemas en que vayas a casa. Es mejor para ti. Estar acá no hará más que recordártelos a cada instante.
— Voy a estar bien (miró el fuego y dio una pitada larga al cigarro, que se consumía)
— No queremos que pases por esto solo, además la casa…
— La casa y yo tendremos que llevarnos bien de ahora en más —interrumpió a su hermano— no se debe huir de los recuerdos.
— Pero acabas de venir de verlos por última vez, date un tiempo. No seas cruel contigo mismo. ¿Por qué no duermes un poco? La noche fue larga.
— Sé como es esto. Ahora vendrán los vecinos, algunos amigos del niño con los padres. No puedo no atenderlos.
— No tienes por que hacerlo, yo me quedo aquí.
La puerta sonó con golpes demasiado fuertes, impropios para la situación. El hermano quitó la caja de cigarros del bolsillo del otro, extendió la mano para que le alcanzase también el encendedor. Luego sin apuro caminó hacia la puerta exhalando en el pasillo un humo que también denotaba luto. Cuando abrió la puerta el brillo del soleado día lo encegueció por un momento, contrastando con lo oscuro de su alma.
— Solo quiero saber si necesita algo —dijo una mujer gorda, con un pañuelo en la cabeza— no quisiera estar en la piel de su hermano.
— El es fuerte, solo necesita descansar. Le agradezco su gesto.
— Soy de la casa de enfrente. Por favor por cualquier…
— Gracias.
Cuando volvió, vio a su hermano sentado, fumando frente al fuego de la hoguera.
— ¿Por que no dormís?.
— No puedo. Está ella allí, junto a mí. Está acá. Está en la cocina. Está leyendo ese libro que ves sobre la mesa, el yoga y no se cuantas mas porquerías. Riéndose con esa carcajada particular que la hacía quedar roja. No puedo hermano, no puedo. El está en su cuarto, jugando con esa mierdita del videojuego que le compró la madre hace un mes. Andá a ver. La televisión prendida. ¿No es increíble? Y yo, el hombre de la casa, con una curita en el cachete y la cara de la enfermerita simpática dándome vueltas en la cabeza que me dice “tuvo suerte señor”
— No sirve de nada que te diga que el sentimiento de culpa es normal. Pero lo es.
La puerta sonó de nuevo, esta vez con menos violencia, con respeto. Un hombre alto, con cara de piedad y un niño tomado de los hombros que había recibido minutos antes la imperiosa orden de no hablar, estaban en la puerta.
— ¿Qué tal? —extendió la mano firme— el es Fausto, amigo de…
— ¿Así que vos sos el tal Fausto? — dijo el hermano, poniendo cuatro dedos en el pelo del niño, que no emitió sonido alguno — yo soy el tío de Andresito.
— ¿Puedo quedarme con Toby? —dijo el niño, que miró luego a su padre con cara de culpa
— ¡Fausto! ¿Que estuvimos hablando antes de llegar?
— No se preocupe señor. Pasen y siéntense. Voy a buscar a Enrique.
El hermano caminó aprisa hacia donde se encontraba el otro. Estaba frente al fuego, extenuado y desparramado en la silla de siempre.
— ¿Qué vas a hacer con el animal?
— Dáselo al gurí —dijo sin quitar la vista de aquellas llamas— Siempre le gustó.
Levantó la mano lentamente y le señaló el cuarto de su hijo. La mirada siempre en el fuego.
El hermano entró al cuarto que hasta hacía veinticuatro horas había sido de su sobrino, su único sobrino.
Se detuvo en el centro y secó sus ojos. Nunca aquel cuarto había estado tan vacío. El televisor, encendido y negro, parecía no querer ser ajeno a la tristeza.
— Andresito.
El hermano silbó despacio varias veces. Un perro del tamaño de dos cuartas salió de debajo de la cama, triste y con desgano. Tenía orejas largas y cola de dos colores. Todas caían. El animal no se atrevió a mirar al hombre, y dejó levantar su vida como con culpa de estar en un lugar al que ya no pertenecía. Cuando el hombre cruzó la puerta no miró atrás.
Encontró una escena de abrazos y pésames, hasta que el niño vio al perro en aquellas manos y corrió a su encuentro, para abrazarlo con las ganas que solo un niño puede poner en esas tareas en que la ternura exalta.
— Después lo traigo para que lo vea señor —dijo el niño— estos perros crecen rápido.
— No es momento para llevarlo Fausto —dijo el padre, con una mezcla de culpa y vergüenza
— Yo no podría cuidarlo —el padre siguió— estoy seguro que Andrés hubiese querido que te lo quedaras vos.
El hombre tomó a su hijo del brazo libre y caminaron hacia la puerta rápidamente. El padre les agradeció y nuevamente se sumió en una doble oscuridad. El hermano azuzaba el fuego. Eran casi las diez de la mañana.

No hay comentarios: