lunes, 14 de diciembre de 2009

Una Flor

"Una rosa, ¡Qué cursi!" dijo la muchacha en la pradera mientras la sostenía en su mano blanca, girándola y viendo como la sombra de aquellos árboles dibujaba sobre la misma varios matices de un mismo rojo.
Sin embargo no se había desprendido de ella en toda la mañana, y era capaz, (sabía que no era tan común hacer eso) de pasarse la mañana entera mirando una flor, como alguien que trata de descifrar algo que no entiende. Allí estaba ella, recostada en la hierba bajo una sombra inmensa, en un día de calor.
"Una rosa...una rosa para que cambie mis pensamientos sobre el, ¡que ridículo es!"
Pero así como se negaba a admitirlo, ensoñaciones de mediodía hacían que su rostro se transformara en cada instante, que sus ojos se perdieran en el vacío y que por su mente pasaran todo tipo de pensamientos, su rostro de papel se sonrojaba por momentos, mientras el aire fresco de la primavera invitaba a la inmovilidad.
El no la había dejado acompañada de una carta, tampoco la había dejado en algún recipiente de agua, ni junto a otra cierta cantidad de flores de la misma especie: simplemente ella vio la flor sobre el aljibe al despertarse aquella mañana y supo inmediatamente que era él quien había tenido el gesto, ¿podría una rosa cambiar algo?
Mientras tanto ella la observaba, la giraba, y pensaba.
La brisa suave se agachaba sobre el pasto, haciéndolo danzar al son de la primavera. Ella sonreía por momentos, mientras que otras veces fruncía su ceño como discutiendo en un diálogo imaginario.

La anciana abuela se sentó sobre el paredón, bajo aquella parra y la observó desde lejos. Sus polleras le tapaban las piernas viejas e hinchadas, pero su rostro trasmitía seguridad, tal vez sabiduría. La madre de la muchacha se asomó por la ventana y dijo a su madre:

"¿Dónde está Helena? ¿Cómo la ha visto usted madre esta mañana, desde que le dejó la flor?"
"Sigue en ese ensueño de extrañarlo tanto, el le habla desde esa flor, y mientras eso pasa, ella es feliz"

Se dice en zonas rurales que ciertas rosas obtenidas al azar de un rosal cualquiera tienen el don de la felicidad, así como también el de no marchitarse jamás.
La anciana abuela poseía una desde hacía mucho, obsequiada por su misma madre.
Dicen las viejas que cura el mal de amores, hipnotizando a cuanta muchacha la observe por cierto tiempo, rotándola y rotándola entre el índice y el pulgar.

Enrique no volvería jamás, sería imposible verlo nuevamente a los ojos, pero mientras la anciana no fuera por su flor, a la hora en que las tres se juntaban para comer, Helena sería feliz en su delirio.

2 comentarios:

sebastian dijo...

A ver si entendí bien: ¿El se fue a una guerra o simplemente murió?¿La anciana, para que su nieta no se enterase nunca de tal tragedia le brinda esa flor, única y ensoñadora y la mantiene feliz eternamente?

sebastian dijo...

Exacto!