1
Ya no se molestaba en levantar las cortinas de las dos ventanas que daban hacia el frente del edificio. En realidad nunca estuvo conforme ni con el lugar, ni con el precio de la renta, ni con la decisión de haberse ido para allí. Simplemente le alcanzaba saber que estaba cerca de su trabajo. Eso era suficiente, y por eso no se molestaba ni siquiera en limpiar un poco. Fue así que lentamente aquel pequeño departamento se había convertido en una especie de cueva inexpugnable, en la que la oscuridad y el humo del cigarrillo dominaban.
Solía observar por entre las cortinas por horas, después de cumplir su horario. Era una buena vista. Gozaba analizando el comportamiento de la gente en las calles, su nerviosidad y su locura. Tales observaciones le hacían creerse una especie de ser superior, como alguna vez quizás lo fue, un semidiós oscuro e innecesario para el común de la gente. Pero lo tranquilizaba la idea de que nadie antes o al menos unos pocos, habían tenido la suerte de ver algún dios. Es por eso que cuando entré aquella tarde (siempre tenía la puerta abierta) lo encontré junto a la ventana sentado en el piso tras una nube de humo. El cenicero lleno, reflejaba horas de meditación o hastío, realmente no me importaba. Su mujer lo había dejado hacía un par de meses, hastiada de sus mentiras, de llamadas anónimas confirmándole infidelidades, de promesas. Era una mujer demasiado cómoda ya que él le había dado todo a la mano desde un principio, y no pudo deshacerse de todo eso a tiempo, de toda esa basura superficial y rígida, de esa burbuja en la que no siempre habían estado, y por eso ahora había decidido no dejar. Se habían casado jóvenes. Ella una niñita ingenua y pobre, eclipsada por aquel joven tan seguro de sí mismo, tan audaz. El la buscó porque creyó que era una buena excusa para hacerle creer a todos que podía ser un hombre normal, que era capaz de una familia, de un trabajo digno y todo lo demás que hoy día se debe hacer para no ser visto con los rabillos. Ella era para ese cometido la muchacha ideal, por eso el la eligió, por su incapacidad de opinar, su escasez de decisión, su baja autoestima. Todo lo que un hombre con grandes aspiraciones en la vida espera de una mujer. Porque el tenía claro lo que quería casi desde un principio, y ella no era mas que una parte del plan, a pesar de su belleza física y su incondicional amor hacia él. Simplemente un día se le acercó y le habló hasta que vio una sonrisa en sus labios, así comenzó aquella historia de desamor. A él no le importaron los abortos, ni que el padre de ella fuese una persona mal vista desde siempre, un ser despreciable por algún motivo del que nunca se había sentido tan interesado por averiguar. Se la llevó del lugar, ya que lo primero que debía hacer era irse de allí, y por un tiempo nadie supo donde estuvieron ambos, hasta que tiempo después ella volvió a visitar a su madre (su padre había muerto en circunstancias extrañas, pero todo había quedado tal como estaba, el pueblo calló y trató de olvidar lo mas rápido posible, como en una complicidad común a todos) ahora con una criatura en su vientre y a punto de dar a luz. Dos noches después sus gritos fueron sentidos por casi todos los vecinos de la cuadra. Era una noche de enero, en donde muchos habían optado por permanecer hasta tarde en los frentes de las casas, ya que el calor dificultaba el sueño, y varios viejos amantes de la mujer se preguntaron en aquel momento porque se habría ido con aquel sujeto extraño, casi un mendigo pero tan altivo, tan repudiado siempre. Por que había rechazado mejores oportunidades de vida, y por que había decidido parir un hijo de aquel desdichado, y no de otros, de ellos. Fue una niña pequeña que no paró de llorar por varias horas, y debido a la densidad del rancherío, tuvieron las ahora tres mujeres que soportar varias piedras que dieron en el techo de chapa, tronando como relámpagos. Se remitieron al silencio, intentando callar a la criatura mientras le limpiaban la sangre y la envolvían en sábanas tan blancas como les era permitido. Así nació Julia, su primera hija.
Cuando las viejas del lugar fueron al otro día a conocer a la criatura, la madre ya se la había llevado de nuevo hacia aquel lugar en que se encontraban. El cambió su mirada desde la vez que conoció a su hija, y parecía que ahora si su vida estaba colmada. Había conseguido trabajo cortando troncos en un monte ubicado a medio kilómetro de una ruta, y fue allí hasta donde se dirigieron ambas. Lidia, había cargado con la criatura medio día entero y estaba tan cansada que quedó dormida recostada a un árbol, mientras la mujer del capataz que vivía allí, se ofreció para llevarle la niña adentro, para que durmiera en un pequeño catre de eucaliptos que estaba en un rincón de aquel rancho también de madera. El siguió con su faena de cortar árboles, ella dormía a la sombra de uno muy cerca como para no sentir el ruido de la motosierra que sonaba estridentemente. El esfuerzo era meditación para él. Tenía la capacidad de abstraerse de todo mientras trabajaba, y podía así continuar su plan. Sus brazos dejaban de pesarle, su tarea se transformaba en mecánica, por lo que su cerebro quedaba libre para pensar. Sabía que estarían en apuros por un tiempo, pero no le importaba demasiado, ya que tenía claro que había cumplido con la primera parte, y que lo primero que debían ser para atraer la atención de algunos era una familia en apuros. Y ahora lo eran. Gracias a Julia lo eran. Podrían llegar a ser la mas desdichada con solo un pequeño esfuerzo más.
Cuando la niña comenzó a reconocerlo tiempo después, y a mirarlo a los ojos con los suyos, grises y tristes, como augurando un futuro poco prometedor, el llegó a sentir por la pequeña algo parecido a la compasión, pero no al amor. Temió que la compasión y el cariño opacasen sus ideas para el futuro, su paso adelante, y optó por reprimir sus sentimientos hacia su sangre. Reprimió lo más parecido al amor que hasta esa edad se le había cruzado en su camino.
2
Su vida cambió en la tarde de un día frío de invierno, cuando tenía 14 años. Fue desde entonces que pudo ver en su padre a la persona que no quería ser jamás. Sufría con su padre, pero siempre en silencio. Tenía como costumbre mirarlo a los ojos cuando trabajaba, salpicado en cemento o en otro tipo de situaciones que él podía ver y sentir, de alguna forma compartir su dolor, y aliviarlo tan solo un poco de esa vida que no quería para él ni para nadie de su alrededor. A veces se sentaba a observar en silencio el rostro demacrado de su padre y veía el paso de los años, y se preguntaba si la vida era eso, ese diario sufrir, ese diario diálogo con nosotros mismos, con nuestros miedos y flaquezas. A su padre le criticaba su bondad, su dignidad ante la pobreza, su serenidad casi al borde de la sabiduría, como aquel tipo podía ser el mismo que le daba consejos, que levantaba sudoroso la pala cada mañana, que sonreía mientras le acariciaba el pelo, y el sin entenderlo aún le devolvía una sonrisa premeditada y falsa, para complacerlo. Fue por entonces que vio que la felicidad es algo efímero y que no existe tal sentimiento en un lapso de tiempo respetable, sino que simplemente se complementa con la tristeza perpetua, y se disfruta cuando llega, y se añora en el momento que nos abandona, y que no sabemos si la volveremos a sentir. Recordó momentos mejores, en que los tres planeaban un futuro mejor, sentados en la mesa con la cena caliente, y reían, y se abrazaban. Recuerda la luz de la lámpara que iluminaba el rostro alegre de aquel hombre que ahora a la intemperie, y en una casa que no es la de ellos, apenas consigue procurarse el día. Entonces toma la pala, tirada allí cerca y comienza a excavar, siempre sumido en sus pensamientos, se ve a si mismo de niño, feliz con poco, mientras no para de excavar y excavar.
Quizás fue allí que se dio cuenta que ya no era ese niño feliz, y que debía de hacer algo al respecto.
Cuando le pregunté tiempo después y a solas los dos frente a frente en una mesa, que sentimiento lo absorbía cuando pensaba en su padre, simplemente me miró por un tiempo largo y luego me contestó con una sonrisa que su padre le había sugerido sin querer el camino que él había tomado en su vida y del que no se arrepentía. Yo creo que fue sincero en su respuesta.
Para agosto ya estaban instalados en la ciudad. La niña se parecía cada vez a su madre, hasta en la mirada triste de aquellos ojos tan grises siempre. Pedro trabajaba en el puerto más cercano al centro, gracias al cariño que había infundado en el dueño del monte que lo había recomendado como un joven “guapo y responsable”. Trabajaba por las noches, unas veces haciendo guardias y la mayoría lo que le ordenasen. Pero fue la vez que estuvo en su rato libre observando aquellas poderosas máquinas, que con tanta potencia atrapaban con sus brazos largos los contenedores, que se propuso la meta de llegar a manejarlas. Supuso que el salario sería bueno, y a la vez ascendería varias posiciones si lo lograba. Fue una noche de estrellas, en que cansado, se echó sobre un montón de cajones pequeños mientras fumaba. Un superior lo vio echado, casi en un ensueño, y gritándole lo mandó a su puesto nuevamente, eran como las dos y media de la mañana y sus brazos estaban realmente agotados como para seguir con aquel pesado trabajo que tanto esfuerzo requería de su parte, pero lo hizo. Cuando la campana sonó como a las seis y cuarto de la mañana, el sol ya casi se asomaba, parecía que iba a ser un buen día. Fue a donde estaba su bolso y esperó a aquel sujeto que rato antes había estado sobre una de aquellos grandiosos instrumentos de fuerza.
— ¿Tiene un cigarro amigo?
— Si —dijo el otro revolviendo el bolsillo de su mameluco sucio— ¿Sos el nuevo?
— Empecé la semana pasada. Desde abajo como es debido —y lo miró para ver su reacción
— Yo no hace mucho que estoy —agregó el otro tipo, estirándole un encendedor tan manchado de grasa como su cara— pero sé que es un trabajo bastante pesado el que te tocó.
— No me quejo. En realidad soy padre hace muy poco y no me puedo dar el lujo de desechar oportunidades.
El comentario llamó la atención del otro tipo, que recién en ese momento levantó su cabeza y lo miró, no sé si puedo decir que sintió lástima por el tono de voz o por la situación, pero decidió seguir en silencio. En esos ámbitos uno debe mostrarse duro por sobre todo, y no demostrar absolutamente nada más que lo necesario, lo que demuestre aptitud para la tarea que se cumple. Alcanza con eso.
Fue lo último que supe, ya que le perdí el rastro por un tiempo, mientras sabía que Julia estaba cada vez más grande, y que a veces iban ambas, madre e hija por el pueblo, y permanecían allí varios días, en casa de su madre, que revivía cada vez que la visitaba su pequeña nieta. Por ese entonces yo no sabía que hacer de mi vida realmente, mis estados de ánimo fluctuaban como olas dentro de una tormenta. Pero nunca le perdí el rastro a toda esta historia, y noté que quizá mi percepción de todo lo acontecido y el papel que yo jugaba, de simple espectador, se estaban contaminando con el enfermo color de la obsesión. Cuando volví a saber de ellos, él ya estaba trabajando en una de las máquinas acarreando toneladas y toneladas de productos tanto de exportación como de importación. Ella se había inscripto en un curso privado de administración, por lo que supuse que su situación había mejorado desde la última vez. La niña contaba ya ocho años. Tenía un rostro de una delicadeza simple, y sus ojos tan despiertos y siempre tan grises, exploraban ahora el mundo que hacía tiempo esperaban los tres. Se habían mudado un par de veces más, por lo que me fue difícil volverlos a encontrar. Fue de casualidad que los vi, un domingo por la mañana, los tres caminando y riendo apartados del mundo. Vivían ahora al fondo de unos apartamentos descoloridos en una calle del centro. Creo que fue en aquel tiempo que los rumores en el puerto acerca de la clase de persona que Pedro De Souza era, comenzaron a circular. Me sentía con el deber de saber de ellos constantemente, de estar al tanto de sus movimientos, de lo que hacían, del crecimiento de aquella niña. Siempre quise a Lidia, fue mi amor único, y creo que aún lo es. A veces la observo desde la calle, con su simpleza y su grandeza, todo a la vez en ella. Con su historia de arrastre, que tan bien sabe esconder. Con su origen.
Ahora dejó crecer su cabello más de lo debido. No recuerdo que antes lo haya tenido tan largo. Pienso en la vez en que casi todos los niños del barrio nos habíamos contagiado de sus piojos. Ella los había agarrado de su madre, de cuando se prostituía en los barrios de la fábrica y volvía borracha por las madrugadas frías, con lo justo para comprarle a la niña que por entonces era Lidia, el sustento que le asegurase el día siguiente. Lidia estaba sola mucho tiempo por entonces. Su padre solía irse semanas enteras quien sabía a donde, a cuyo regreso dormía otros tantos días, para despertarse después con toda la ira del mundo, y golpear a la puta o abusar de la pequeña, (dependiendo de su interés del día), para luego irse otra vez y dejarlas por otro tiempo considerable, solas. Por eso fue que nadie lamentó su muerte el día que la noticia recorrió el lugar, antes aún de que Pedro me contase siquiera sus planes de futuro, aquella tarde en que después de un partido de fútbol nos echamos bajo un paraíso en la vereda y hablamos por horas. Yo le comenté mis deseos de casarme con Lidia cuando creciese, para mí era la muchachita mas linda del barrio, la más especial, y por entonces ninguno de nosotros conocía la tormentosa vida de aquella pequeña de diez años, por lo que todo lo que veíamos en ella era su flacura extrema y lo hermoso de su sonrisa. Y hoy me pregunto como podía reírse así, a pesar de su vida, y llego a la conclusión de que ser ella es lo que se lo permite, simplemente su alma única, su ser entero, su casi angelical mirada de continua tristeza, su sufrimiento tan latente en su interior, pero tan bien escondido tras aquella hermosura. Cuando le hablé a Pedro de mis planes para con ella esa vez, su rostro no cambió de expresión. Parecía mirar el infinito, y estar pensando siempre, sin importarle lo que yo estuviese diciéndole. Sin embargo cuando vio la oportunidad de llevarla con él, parece no haber recordado su amistad conmigo, ni mi pasado con Lidia, ni el hijo que nunca llegamos a tener. A Pedro pareció no importarle nada de eso; o nada de eso fue motivo suficiente para no seguir con su idea de futuro, esa que tuvo de pequeño, desde aquella vez que comenzó a ver a su padre con diferentes ojos, que empezó a comprender. Arrasó con parte de mi pasado, con mi segunda chance de felicidad, con la mujer que quise desde siempre y que aún quiero. Lidia me mira con ojos tristes cuando me ve, simplemente se detiene en el lugar que esté, siempre cargada con bolsos, apurada. Luego continúa su camino con la cabeza baja, ya que a diferencia mía le teme a su pasado. Se que ahora ellos están bien, que a ellas no les falta nada. Pero no sé por que maldita locura, me creo sentir en la obligación de cuidarlas, de ser una especie de ángel privado siempre escondido detrás de algo que no me descubra y que me deje observar su vida. De alguna manera mi vida les perteneció. A los tres. Ellos simplemente me veían de lejos, y eran para mí todas las horas del día.
En el 86 ya era gerente. El capataz de los camioneros fue quien dijo que aquel hombre sin escrúpulos había hecho algunas jugadas sucias mas de una vez, jugadas que le habían asegurado su lugar con el tiempo, todo con el tiempo, pero yo sabía que era un hombre paciente, y que el tiempo no era para él impedimento alguno, por lo que no me sorprendió y me alegró saber que por fin Pedro Damián De Souza había cruzado la línea de la legalidad. Su afán de ascenso lo había llevado al otro lado, y me estaba dando a mí la chance de arrebatarle ese feudo que venía construyendo con tanto desempeño, y en cuya carrera había yo sucumbido y otros tantos también pasarían por lo mismo. La policía no era por entonces una buena idea, ni creo que lo sea hoy día, pero el enceguecimiento que me poseía me negaba todo tipo de alternativa. Ahora pretendía que me mirase a los ojos, los que había pasado por alto tantos años y que ahora venían por él, ahora quería que de alguna forma todo volviese a la normalidad, mi normalidad que no era la suya. Quería que dejase de pensar en sí mismo, en su niñez miserable, en sus pretensiones sin límites. Quería que supiese de una vez que a una sola persona no le es permitido jugar con el resto del mundo, con sueños ajenos. Ni apoderarse de cosas que le pertenecen a otros, o a todos. No. Un solo hombre no puede salir impune a tanto deseo de poder, a tanta codicia.
Las voces se corrieron y dejaron al gran De Souza como el más embustero de los hombres, por lo que todo el mundo comenzó a odiarlo, lo cual recrudeció su alma hasta tal punto de crearse una coraza indestructible para atajar el mundo que lo comprimía desde todos los ángulos posibles. Por mi parte yo me sentía con el deber de detenerlo. Pero ese sentimiento ya había nacido en mí mucho antes de que él fuese considerado una mala persona, solo que ahora era quizá mucho mas justificable. Lo puntual de mi objetivo me llevó a hacer la carrera de forma rápida, por lo que utilicé para esos años todas las capacidades de las que me creía carente tanto desde el punto de vista intelectual como físico. En el rostro de mi madre no aprecié nada parecido al orgullo cuando aparecí en casa con aquel uniforme azul, pero no me importó demasiado, ya que no terminaban allí mis aspiraciones. Mientras impulsaba todas mis capacidades en lo detectivesco, llegaban a mis oídos las nuevas andadas de De Souza. Se lo involucraba en varios delitos de contrabando, en una falsificación de cheques y en una desaparición, que tiempo después terminó de forma feliz, para bien de muchos.
Nos cruzamos una vez por el centro, y en maneras que creí demasiado extrañas para venir de quien venían, me invitó a tomar un trago. Todo lo que me generaba a mí tenerlo enfrente, parecía no verse reflejado en él. Era el tipo mas amable con el que había tratado desde hacía mucho, viniendo yo acostumbrado a cierta rudeza protocolar. Vestía traje y corbata a tono, impecable y muy lejos de ser aquel joven que con una pequeña a su cargo, cortaba árboles para darle de comer. Había cambiado su dentadura, ahora reía ante cualquier circunstancia y de alguna forma expelía esa seguridad con la que siempre me había aventajado. De todos modos sus años de desdicha se habían quedado para siempre en su rostro, que para quien lo conociera mostraba muy en lo profundo tristezas eternas. Me habló de ellas. Ambas se habían ido de compras por el fin de semana a Europa. Cuando hablaba de Julia sonreía, por lo que recordé sus épocas pasadas en donde su necesidad de ser alguien el la vida lo había llevado a perder el sentido de lo que significaba una familia. Ahora parecía quererlas a ambas. Después de tanto tiempo parecía estar buscando el tiempo perdido con ellas, de darle a ambas lo que siempre había querido para ellas, y eso incluía su propio amor, del cual yo lo creía carente. Cuando tuve que hablar de mí me pareció innecesario mentirle acerca de lo que hacía para vivir.
Cuando oyó de mi boca que era un detective novato y dispuesto a castigar y seguir hasta cualquier instancia cualquier hecho de irregularidad del que tuviese noticia, su rostro cambió por completo. Admito que disfruté ese instante. Pero en ningún momento me mostré distante, traté en todo momento de parecer el mismo con el que él había conversado la última vez, hacía ya mucho.
Luego lo felicité por su inteligencia, que no era tanta y le declaré mis mentidas admiraciones hacia su persona por haber llegado tan lejos, y como en la vez anterior, no demostré jamás que sabía más de él que lo que él creía: sus métodos, sus mentiras, sus trampas para llegar. Quizá en el fondo tal vez fuese un tipo inteligente después de todo, sólo que en la inevitable comparación conmigo mismo, siempre terminaba encontrando en su persona los calificativos que daban por tierra con dicha inteligencia en caso de que realmente existiera.
Miraba a los ojos fijamente, por lo que el que no lo conoce puede llegar a creer que le está prestando atención, pero la verdad es que puede estar pensando cualquier cosa mientras asiente con la cabeza.
Cuando le estaba contando las dificultades con que a diario me topaba sonó su celular, y sin quitarme los ojos de encima, lo sacó de su bolsillo. Una vez en su oreja me extendió la palma de la mano hasta dejarla a menos de veinte centímetros de mi rostro
— Ahora la seguimos —me dijo mientras atendía.
Parecía inquieto ahora más que nunca. Guardó su teléfono en el bolsillo y trató de hacerme creer que seguía atento a mi conversación, con su mirada sobre mis ojos. Pero su rostro había cambiado y ya no sonreía tan a menudo. Digamos que ya no sonreía.
Apenas terminé de hablar, me dijo que debía irse de forma urgente, pero me dio su tarjeta personal. No permitió que yo pagase la cuenta, pero no le insistí demasiado tampoco al respecto. Salimos juntos por la puerta, nos dimos la mano y él cruzó la calle rápidamente, para subirse a un auto lujoso como jamás había visto uno. Simplemente me quedé en la puerta de aquel lugar observando como sucedía todo. El día estaba cálido a las once y media, la gente como loca caminaba por las calles como autómatas, ensimismados.
3
Julia y Lidia en Europa, él acá, en negocios sucios, ellas divirtiéndose, gastando un dinero ganado de forma ilegal. Yo sabiéndolo, pero no pudiendo hacer nada al respecto. Noches en vela, recordando y planeando una estrategia para atraparlo, habiendo olvidado el verdadero motivo de mi obsesión. Simplemente verlo tras rejas era mi único anhelo, después nada. Ni siquiera Lidia. Estaba seguro que el día que lo atrapara, la dejaría en paz, a ella y a la muchacha, viviendo su vida de siempre con todo el dinero que el pudiese dejarles. Creí que su prisión me liberaría a mí de todos mis fantasmas internos, de mis miedos. Yo era parte de todo aquello, pero solo por la simple razón de que yo mismo quise participar, podría estar lejos; mi vida hecha, mi familia propia, amigos. Pero hoy creo que me resultaba por entonces más fácil un embrollo de aquel tipo que buscar mi propio camino, mi propia vida de adulto. Aunque mi integridad física estuviese mas expuesta, no me importaba, es mas, ni siquiera pensaba en mí mismo como un ser independiente sino ligado a todos ellos.
Unas semanas después de nuestro encuentro en el bar, apareció Adela. Treinta y ocho años bien llevados, un rostro crudo que incluía una mirada hechizante, tentadora. Cuando la vi por primera vez me dijo ser amiga de Pedro. Había golpeado la puerta con un ritmo de melodía que ya olvidé. Vestía un tapado de piel sintética que le llegaba a la rodilla desnuda, y se notaba a simple vista que por debajo de tal prenda, la ligereza de ropa que traía no la incomodaba tanto como a mí. Llevaba su boca extremadamente remarcada con un labial fucsia, y sus pestañas resaltaban en un segundo plano, ondulantes, llamativas.
— ¿Sos detective? —me dijo tirándome el humo del cigarro en la cara
Supe en el momento que para aquella mujer debía ser yo un tipo rudo, por lo que opté por contestarle con otra pregunta:
— ¿Quién sos? —(secamente)
— Me llamo Adela, y soy amiga de Pedro…¿Te acordás de Pedro?
— Fuimos amigos en la infancia
— Me habló mucho de vos. Recalca siempre que sos un excelente tipo.
Cuando confirmé mis sospechas, suspiré y la invité a pasar, lo que aceptó al instante. Pedro la enviaba para tranquilizarme. Se había enterado por alguien que yo lo perseguía. Por ahora el estilo de Pedro para calmar a quienes pudiesen molestarlo era poco peligroso: una mujer seductora, un poco de dinero. Por entonces yo estaba necesitado de cualquiera de las dos opciones, por lo que Adela cruzó aquella puerta con redoblantes y platillos, y no pude evitar sonreír muy para mis adentros. Para ella debía ser yo un hombre serio y decidido.
Le pasé media vuelta de llave a la puerta. Luego le indiqué el sillón y la invité a sentarse (no sin antes sacar un par de libros de allí arriba y algunas servilletas sucias) y tomé su abrigo. Tenía al descubierto unos hombros espectaculares, el derecho tatuado sutilmente con una imagen que no comprendí. Mientras se sentaba y observaba a su alrededor —no se porque no me importó que todo estuviese desordenado— yo fui al viejo placard a sacar una botella de whisky importado, que fue el premio de mi primer caso, de una anciana que pretendía atrapar a su nieto, con las manos en la masa, o en la droga, ya que era un distribuidor de cocaína, y era aquella botella también el premio que me consolaba cuando salía por la noche de vez en cuando a encontrar diversión y simplemente volvía con el deseo de la autodestrucción. Aquella botella estaba casi en su fin, pero me las ingenié para que parecieran dos tragos bien servidos, mucho hielo.
Cuando tomaba el vaso, me dio una mirada de complacencia que hizo que mi interior la deseara de forma ferviente, pero me contuve de todo tipo de respuesta a su coqueteo y comenzamos a hablar como dos personas adultas suelen hacerlo y reprimiendo toda clase de deseo, al menos de mi parte. Sus labios al hablar invalidaban cualquier otro rasgo de su rostro. Pronunciaba cada palabra de forma perfecta, y cuando pasaba sus dientes superiores de forma extremadamente sensual sobre su labio inferior, el tiempo parecía detenerse.
Había conocido a Pedro hacía año y medio mas o menos, en una cena en la que ella era traductora de un empresario japonés que con una visa de turista, vino a hacer negocios ilegales con un grupo de aduaneros a los que Pedro dirigía. Luego de allí, estuvieron un tiempo juntos: algunos viajes, un poco de amor, joyas y eso, pero según Adela, es Pedro De Souza un tipo sin escrúpulos ante nadie, y después de saber que estaba casado optó por dejarlo. Para entonces ya era empleada en las oficinas, como telefonista, por lo que la relación con aquel tipo se había vuelto tortuosa, al tener que tratarlo diariamente. Ella provenía de una familia acaudalada de estancieros del norte del Río Negro, y De Souza lo supo casi al instante de conocerla. Sus contactos le permitieron trasladar algunos dineros del padre de Adela hacia cuentas corrientes de la empresa, pero a su nombre. Adela quería simplemente verlo tras las rejas, como yo, o al menos esa fue la historia que me contó, lo cual daba por tierra todas mis teorías acerca de su relación con Pedro. Cuando terminó su historia, ambos estábamos bastante ebrios. Habíamos continuado con un vino caliente que guardé en mi heladera rota hacía cuatro días, el olor al abrir la puerta era nauseabundo. La comida podrida por doquier asemejaba la escena a un campo de batalla. Ahí pensé en la necesidad de una compañía estable en mi apartamento, y cuando volví a sentarme frente a ella, no pensé si estaba frente o no a una tramposa, sino que solo pensé en tratar de conquistarla. Dejé que siguiera un rato hablando de su vida en el interior, su niñez y demás cosas de que gustan hablar las mujeres, y en determinado momento me decidí a cruzar hacia el mismo sillón donde ella se encontraba. Como siguió hablando como si nada, tomé eso como una buena señal y proseguí con el brazo tras su nuca. No se si no lo notó o que sucedió, pero ella continuaba con su discurso, por lo que me acerqué aun mas a su hermoso rostro e intenté besarla. Ella dio bruscamente vuelta su rostro hacia mí con cara de enojada y me abofeteó, no sin antes dejar el vaso sobre la mesa tranquilamente. Tal vez mi sentido de detective me había fallado esa vez y esa mujer que tenía frente a mí no decía mas que la verdad en toda su historia. Cerré la puerta tras ella, mientras que con la otra mano y casi sin darme cuenta sostenía mi mejilla izquierda como si esta fuese a caerse o algo así. Después terminé su vino inconcluso sobre la mesa, y pensé en la oscuridad en todo aquello que había sucedido. No tenía ni un número, ni una dirección. Solo sabía que mañana en la mañana ella estaría otra vez trabajando para él, y que yo quería ayudarla de todas formas. Pero primero debía asegurarme que todo aquello no fuese una mala jugada de Pedro, una rara jugada a fin de cuentas. Creo que luego de un rato me dormí en el mismo sillón donde ella se había sentado a contarme su historia. Estaba lo suficientemente borracho como para olvidarla por lo menos hasta el día siguiente. Pero antes puse a Art Pepper suavemente en el audio, mientras la imagen de la luna por la ventana daba lugar a un sueño demasiado profundo. No podía pensar.
La impresión que me había causado aquella mujer no estaba decidida todavía en mi interior. Fue una mezcla de fascinación y repugnancia, concebidos con un poco de aguardiente y mezclados con el vino que por aquella mañana me hacía sentir tan insignificante. De todas formas la mañana era buena, el sol ya estaba demasiado alto y en mi oficina dormía solo aquel gato que me había traído de la calle un tiempo atrás. Era flaco y pulgoso. Pero resultó ser bastante fiel hasta que un tiempo después arañó mi rostro y lo tiré por la ventana a su suerte. Ese día no estaba para lidiar con nadie y menos con alguien que rasguñara mi rostro solo por el hecho de haberle dado unas caricias, así que tuve que demostrarle que la raza humana por desgracia todavía “domina” el mundo. La lástima que me dio aquel animal posteriormente solo me duró hasta que golpearon a la puerta. No suelo abrirle a nadie cuando almuerzo, pero por entonces no se que me hizo levantarme y dirigirme hacia la puerta
— ¿Detective?
— Así es
un pequeño niño de unos cinco años con mocos sobre su boca y un sobre en la mano. La estiró hacia mí y salio corriendo como un loco sin siquiera darme tiempo a preguntarle quien lo enviaba. Fue así que me volví a sentar en mi silla derruida con un panqueque en mi mano izquierda y el sobre en la derecha. Cuando terminé de comer, abrí aquel sobre y encontré una carta con el siguiente contenido:
Como ambos queremos ver a Pedro de Souza tras las rejas, me dije a mi misma que te ayudaría.
Mañana por la noche llega al puertito un velerito con ciertos personajes que te pueden interesar.
Uno de ellos, que lo sacás argentino en seguida, ya que tiene ese particular acento porteño (hablé con él por teléfono el lunes) es uno de los dueños de una empresa privada de transporte. La idea es que si arregla con pedro para que le pase si ningún tipo de impuesto cierta cantidad de mercadería por mes, su empresa desliga a nuestro amigo de todo tipo de pago para con él y por supuesto que la empresa de la que ahora la empresa hace uso, queda sin nuestro apoyo de aquí en mas ¿entendés? Lo bueno de todo esto es que el mismo Pedrito se va a atrever a esperarlo al porteño este, por lo que si te escondés por ahí podes sacar alguna que otra información. Yo supongo que mas o menos por las once y media o doce andarán en esas vueltas, pero estate antes por las dudas y que tengas suerte. Vas a ver que todo sale como queremos, estoy segura de eso.
PD: pensé en decirte todo esto personalmente o por teléfono, pero no se si es bueno que nos vean juntos.
Pedro tiene muchos conocidos y por desgracia muchos me conocen también como su secretaria.
Te deseo la mejor de las suertes y ojalá que nos podamos ver pronto. Como te habrás dado cuenta estás perdonado por lo de anoche y no suelo perdonar a muchos hombres, así que considerate afortunado
Adela.
No supe que pensar de aquella carta, por lo que tomé asiento más cómodamente y mirando el ventilador de techo girar, pensé y pensé. Al principio todo me sonó a una trampa planeada por ambos sujetos para sacarme de su camino, pero también podía ser que aquella mujer realmente despreciara a Pedro tanto o mas que yo y quisiese verlo sufrir, pero la mayor de las sorpresas se dio al día siguiente por la mañana, cuando yo ya había decidido ir aquella noche a ver que sucedía. Lidia apareció en mi puerta aquella mañana con los ojos llorosos. Seguía teniendo aquellos ojos tristes y grises que siempre me habían cautivado tanto. La invité a pasar, cosa que hizo, y me trató como si fuésemos íntimos amigos de toda la vida. No sé si se acordaba por entonces de lo que yo había sentido (y quizá sentía) por ella todavía. Pero ahora el asunto era otro y lo sentimental no era lo importante aquella mañana, así que la escuché atentamente. Me contó de su vida pomposa, de su lento acostumbrarse a aquello que no podía abandonar, pero que a su vez tan infelices las hacia a ella y a su hija. Recordamos juntos el barrio de nuestra niñez, nuestros juegos y muchas cosas más. Se notaba en su rostro un dejo de amargura que venía acarreando por años. Fue así que reímos juntos más de una vez. Pero en determinado momento cuando comenzó a hablarme de él, comencé a entender el asunto de forma mas clara
— Felicitaciones —me dijo— por lo de detective. Te falta el gorrito como en las películas. O la pipa como ese…¿Cómo es?
Comprendí que la cultura puede facilitarse con dinero, siempre y cuando halla en nosotros interés de poseerla
— Holmes —le aclaré sonriendo— Sherlock Holmes.
— Ese —dijo prendiendo un cigarrillo.
— Pedro tiene montones de libros —me dijo— en todos estos años ha coleccionado casi mil, calculo. Muchos de ellos se los regalan y otros simplemente los trae a casa no se de donde, ni me interesa. Pero nunca los compra, eso seguro. Dice que no tiene tiempo para leer. Julia lee algunos de vez en cuando, pero son esos de autoayuda. La pobre no sabe todavía muy bien en donde está parada, y cree que los libritos le van a solucionar el problema. Pero es buena muchacha. El padre le dice que estudie idiomas, ya que en el círculo donde se mueve es necesario según él ser una chica culta. A mi no me convence con esos cuentos. Quería que yo estudiase inglés o portugués. “¿Y vos que” le dije una vez, y me dijo que el sabía manejarse en varios idiomas. Que por muchos años estuvo con estudiando en los entretiempos, cuando trabajaba en la parte de cargas. Sus compañeros lo habían apodado “El solitario”.
Noté como se iba introduciendo de a poco hacia el asunto por el que realmente había venido a mí. Al rato se rascaba la cabeza y mirando sobre el escritorio me dijo con algo de timidez:
— Sabés que preciso de tu ayuda.
— Decime.
— Me da un poco de vergüenza, pero…
— Vamos Lidia, que nos conocemos hace bastante.
— Bueno. Me llegaron rumores que Pedro me engaña con cuanta mujer se le cruza en el camino. Ya son varias llamadas ¿viste? Ya no me puedo hacer más la boba.
— ¿Y que puedo hacer yo por vos?
— ¿No sos detective? Investigá.
Fue una sensación extraña la que sentí cuando me dijo eso. Pues ella seguía siendo la muchacha inocente que fue siempre y ni se imaginaba quien realmente era su esposo ni en que historias estaba envuelto.
— Sabés que los asuntos maritales no son mi fuerte. Nunca he hecho nada que se le parezca y…
— Siempre hay una primera vez, no lo olvides. Aparte Pedro te puede llegar a pagar bien si lo descubrís.
Fue irónico de su parte, y rió con esa sonrisa de antes que hace tiempo no veía. Mientras aplastó el cigarrillo contra el cenicero que se encontraba a su izquierda, sobre la mesa.
— Sabés que estoy segura que el nos quiere. Si no es así, es el mejor actor que he visto, aunque no he visto muchos —se rió otra vez— el es muy bueno con nosotras, vamos a donde queremos, hacemos lo que queremos. Nunca nos dice que no a nada. La verdad es que tuve mucha suerte con él.
Pobre Lidia. Suponía la bondad de su marido solamente teniendo en cuenta su libertad y la de su hija. Principalmente su libertad económica. Para ella eso era ser un buen esposo. No sabía que lo que le importaba a Pedro era aparecer en la sociedad como un ser normal, o sea casado y con una familia constituida. Mientras mas alejadas las tuviera a ellas de sus asuntos mejor era para él, y las personalidades de ambas mujeres no aportaban en absoluto a mi causa, ya que se habían convertido en monumentos a la trivialidad, moviéndose de un sitio a otro, malgastando dinero. De Souza había elegido bien a quien tener como esposa, su plan había salido de maravillas desde un principio y siempre tuvo el camino libre para actuar, aunque claro, manteniendo las apariencias siempre.
— Dejáme un teléfono —le dije a pesar de ya tener anotado por ahí su celular— te confirmo hoy por la tarde.
— Seguís siendo el mismo bonachón de siempre — me dijo, y me besó en la mejilla izquierda— sabía que ibas a poder ayudarme.
Tomó su cartera de la silla, y prendiendo un cigarrillo se fue sin mirar atrás. Un chofer la esperaba en un auto que sin ser una limusina tenía su lujo. Esa tarde la llamé como a las cinco
— Tengo noticias —le dije.
— Buen detective resultaste —me dijo. Se notaba que estaba fumando.
— Si querés agarrarlo con las manos en la masa, pasá por acá como a las once.
Si todo salía como planeaba, tal vez este asunto terminaría antes de lo que hubiese previsto.
La noche estaba un poco fresca, por lo que decidí sacar un sombrero de ala ancha que tenía en el placard y también una bufanda tejida a mano. Ella apareció como a las once y diez, y noté su llegada gracias a los frenos del auto que la trajo, que sin verlo, supe que no era el mismo que la había venido a buscar por la tarde. Estaba excitada y con una alegría que no le cabía en el cuerpo. Se sentía feliz de tener la chance de encontrar a su marido con otra, aunque no supiese absolutamente nada de lo que vería, que sería algo extremadamente diferente a lo que su cabeza esperaba, y mucho peor que un simple adulterio.
Había traído una pequeña cámara portátil; quería tener el momento inmortalizado para siempre para tal vez torturarlo una y otra vez en un futuro.
— Eso va a tener que quedarse en su caja —le dije seriamente mirando el aparato casi pronto para recibir imágenes y sonidos
— No podés hacerme esto, es mi momento de gloria
— Perdoname, en serio, pero es así. Si no dejás eso acá olvidate. Reglas de la casa.
— Está bien, acepto. De todos modos no me contaste todavía de que se trata el asunto.
— Sorpresa —le dije mientras cerraba con llave
Me siguió en silencio, y cuando sacaba las llaves de mi derruido auto, me tocó el hombro. Cuando la miré me señaló un auto estacionado sobre la vereda en tres de sus cuatro ruedas. Manejaba ella. Subimos.
Manejaba de forma horrorosa, y el motor de aquella máquina rugía estrepitosamente en cada cambio de velocidad. “al puertito” le dije agarrándome del asiento “aunque no estaciones demasiado enfrente sino en alguna lateral”. Una sonrisa se dibujó en su rostro, quizá ya imaginando lo que vería y como reaccionaría, aunque yo sabía que su reacción ante lo que viese no era en absoluto imaginable, ni siquiera por mi mismo.
Llegamos. El viento era mayor allá, por lo que ella se abrochó el saco que traía puesto.
— ¿Ahora que? —preguntó nerviosa
— Vamos a buscar un lugar donde estemos seguros —le dije
— ¿Estás seguro que era acá? — preguntó. A lo que no contesté absolutamente nada.
Nos dirigimos hacia el reverso de unas lonas que estaban semi-estiradas y esperamos unos diez minutos. Un pequeño velero tenía unas luces encendidas en su interior, y por lo demás parecía bastante tranquilo. Un auto apareció, y Lidia en ningún momento lo reconoció como de la empresa. Bajó Pedro con su mano derecha, un tal Patricio Costa. El chofer miró a su alrededor un par de veces, como desconfiando de cualquiera que pasara por la calle. Del velero salieron tres tipos con unos papeles en la mano uno de ellos, quien parecía ser el jefe o dueño de la empresa transportista de la que Adela me habló. Los otros dos parecían simples matones. Saqué la cámara e hice un par de fotos, como para el recuerdo.
Lidia no sabía que esperar de lo que veía, y sus ojos lo reflejaban tanto como el conjunto de su rostro. Le avisé de antemano que no me hiciese ningún tipo de preguntas hasta que yo lo dispusiese. “Reglas de la casa” dije nuevamente, aunque me costaba mucho ser “duro” con ella. Los tipos empezaron a hablar. Y todo era tal cual Adela me había avisado, por lo que mis sospechas acerca de ella ya no tenían fundamento. Lidia escuchó todo. El arreglo ilícito entre ambas empresas, como se manejarían los despidos de los empleados mas antiguos que cuando el mismo Pedro entró como fuerza bruta, el dinero que se manejaba. Se puso a llorar en silencio cuando se dio cuenta que su marido, su amor, no era mas que un ladrón, aunque ella supiese muy por dentro suyo que a pesar de todo el quería lo mejor para ella y su hija. Pero esto no alcanzaba. No ahora. Le pasé una mano por sobre el hombro y esperamos a que se fueran los cinco hombres. El viento se había calmado y las estrellas brillaban en el mar que las reflejaba. Admito que fue un placer manejar aquel auto lujoso, y cuando llegué por fin a casa y le dí las llaves para que se fuera me dijo:
— Sabés que no entiendo. Yo iba a romperle la cara a esa supuesta perra y me encuentro con que Pedro es un mafioso de primera. Es muy fuerte para una noche. Ahora no me interesa saber quien es ella. Ahora solo quiero contárselo a Julita e irnos juntas lejos de acá, de toda esta basura. Sabés que se me hace difícil pagarte. Y es que no quiero tener mas nada que ver con Pedro, que no es nada fácil así, de golpe, pero voy a intentarlo.
— No te preocupes —le dije —Andá y hablá con él. Decile que ya sabés todo, y que tenés pruebas. Después te mando las fotos y las llevás a la policía. Ellos ya sospechan hace tiempo de Pedro, y cuando lo vean en las fotos con el amigo argentino ya está.
A los 15 días de todo esto recibí una llamada telefónica de Lidia diciéndome que Pedro estaba en cierto lugar y me dio la dirección de un piso. Me dijo que ella no quería entregarlo, y que cuando la policía le preguntó por el, les dijo que no sabía nada, que simplemente se había ido
— Está muy mal —siguió— tené cuidado que tiene un arma con él.
El castillo de naipes de Pedro de Souza se había caído para siempre. Aquel castillo de naipes que empezó en su adolescencia cuando ayudaba a su padre y supo quien quería hacer, y eligió mal. No soportó la idea de que su mujer y su hija supiesen quien realmente era, y sus métodos para mantenerlas alejadas de los negocios sucios no resultó de la forma en que se lo esperaba. ¿Y que puede hacer un hombre cuando sus planes se descascaran como madera vieja? Pensó en los planes. Erró en el modo de conseguirlos y lo pagaría.
Había conseguido un empleo recientemente, como cajero en una estación de servicios, lo cual hablaba a las claras que no era un tipo que se rindiese fácilmente. El apartamento quedaba cerca de allí, y la policía fue confundida por algún tiempo al no creer ver en ese cajero a quien supuestamente era. Simplemente no lo creían. Así que ni se molestaron en averiguar quien realmente era ese tipo. Ahí entré en escena.
Cuando entré aquella tarde a su apartamento, lo encontré en la ventana, junto a una nube de humo. Le gustaba mirar por horas hacia la calle. Por entonces ya no recibía llamados de nadie, ya que todos sabían que estaba siendo investigado por la policía. Sus amistades de años se esfumaron de la noche a la mañana, y no tuvo apoyo de ningún tipo ni de nadie. De todos modos seguía jugando a ser dios, desde la ventana de aquel piso tan alto, y sabía que la conclusión de la historia sería cuestión de tiempo nada más.
Siempre tenía la puerta abierta, ya no le importaba.
Se que me sintió entrar, tal era la agudeza de sus sentidos, aunque en ningún momento sacara su mirada de aquella gente que caminaba allá abajo, en el pavimento caliente. Allí sentado en el piso, junto a la ventana, movió su mano derecha tranquilamente hasta que la perdí de vista. En ningún momento tuve miedo.
Brillo una 22 de caño largo que me alcanzó, deslizándola suavemente por el parquet poco lustrado, hasta dejarla casi en mis pies.
— Tené cuidado —dijo— está cargada.
FIN
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