Del tiempo
Últimamente me ronda en la cabeza la idea de la finitud de las cosas —dijo luego de una pausa— así cuando hablo, río, lloro, me emociono o simplemente soy un poco feliz, no puedo no pensar que todo lo que sucede termina en algún momento, se desvanece como el humo que a determinada altura se rinde ante un azul invencible.
Es común entonces encontrarme de un momento a otro pensativo, como en un mundo distinto y atónito ante una imagen que para mi significa mucho, como las manos viejas de mi abuela amasando con renovada energía, sus arrugas atenuadas por la carcajada, mi madre, pensativa o preocupada, los amigos, siempre allí conmigo, destellos simples de un tiempo instante o no aunque enhebrado siempre y sin falta en ese hilo infinito que nos une hasta lo mas lejano hacia atrás perdiéndose en la perspectiva absurda de algo verdaderamente vetusto o indigno de recuerdo, y que a la vez nos hace partícipes de lo que vendrá hasta ese momento en que nosotros mismos seamos tan antiguos para ser los de atrás, los olvidados.
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Don Prudencio saltó de alegría al saber la noticia. Abuelo otra vez, si señor, se lo contó a todo el que vio, y aunque a nadie le importaba realmente su vida, ni siquiera disimularon la indiferencia que la noticia les provocó. Lo vi, y sé que el alma no le cabía en el cuerpo, que por eso buscó compartir, pues la felicidad bien recibida da para colmarse y convidar a quien quiera recibirla y sobra. Pero nadie le pedía a Don Prudencio llenar sus cuerpos, y parecía que todos vivían de la forma en que querían. Ese día yo estaba un poco triste y cuando me contó su noticia sonreí con su risa prestada que no era más que el contagio que ya hacía efecto.
El adiós de la poetisa
Pues si —me dijo— salgo mañana y de seguro esta sea la última vez que me veas, y creo que será lo mejor para los dos. La vida se me ha pasado como se le pasan las nubes al ave herida en la tierra, inalcanzables. Sé que no puedo recuperar mi tiempo perdido contigo, pero tal vez si te olvido, pueda hacer de cuenta que nunca exististe, y no se puede estar triste a causa de algo que nunca estuvo, que no fue. Y estas lágrimas se esfuerzan en caer despacio, se esfuerzan por no ser lo que son, pero las reconoces y sabes que significan que alguna vez sentí algo por ti. Ellas lo saben también y se avergüenzan, y es por eso que caen despacio, en procesión, para esperar a esas que por tus ojos asoman más que tímidas, aunque gocen tal vez de más derecho de ser ellas mismas. Me voy en mí y conmigo me llevo, pero sin quererlo se que te encontraré dentro mío cuando abra las maletas de mi alma allá lejos donde llegue.
Se paró y sin mirarme nunca más, pasó aquella puerta. Yo la seguí con mis ojos como correspondía y juntos los tres, pactamos una eterna huelga de llantos.
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