Despertó en el avión un tanto sobresaltado, aunque no pudo recordar que había soñado. Miró por la ventanilla y aún era noche. Trataba de no pensar demasiado en como sería el reencuentro, pero le resultaba casi imposible no pensar. Había sido mucho el tiempo que no había estado y ya había olvidado los viajes en avión, los rostros familiares, su país. Lejos se contentó con poco: había adquirido el hábito de la lectura, hábito que creció en los entretiempos, en los almuerzos cortos en la fábrica, en lugares disímiles el leía para no sentirse solo. Nunca había sido un buen hijo, al menos así lo creía él cuando se preguntaba acerca de si mismo en los ratos de ocio, y era por eso que nunca le había pesado irse. Siempre lo habían tratado de forma distinta en su hogar, siempre con cautela por lo que pudiese pensar o decir acerca de cualquier tema. Así era la familia. Por eso y por otras cosas no le había costado irse, y lo había hecho casi con gusto, casi con ganas. Ahora volvía para quedarse, eso era lo que sabía con más seguridad en este momento.
Ahora volvía, casi sin querer, una sucesión de hechos lo ponía nuevamente en un avión, nuevamente simuló mentalmente el reencuentro aunque no supiese quienes serían los personajes además de él y su madre, porque el pensaba que las madres nunca fallaban, que siempre están ahí. Creyó que le reprocharían el haberse ido, el haberlos abandonado. Pero había estado fuera incluso antes de irse. Lo habían dejado fuera ellos, sus hermanos y su padre, con la complicidad casi invisible de su madre, la que nunca había movido un solo pelo en su favor, ni en su contra. Nunca había sido un buen hijo, pero no era su culpa, al menos no en un cien por ciento, y eso lo reconfortaba, y lo ayudó a que el adiós, ocho años atrás fuese más leve: un roído bolso, unos dólares regalados, y ninguna lágrima a la vista.
Ahora volvía, y cuando lo pensaba, pensaba también en cuanto le había costado conseguir el dinero para el viaje, y se retorcía en el asiento al ser conciente de que viajaba por caridad y no por propio mérito, pero trataba de olvidarlo con un poco de alcohol y un par de tranquilizantes. No faltaba demasiado.
El arribo fue casi con la salida de sol. Allá estaba él nuevamente en suelo natal, ahora con dos valijas en vez de un bolso, caminando por los estrechos pasillos hasta llegar a revisación. El gran vidrio que se encontraba enfrente aunque reflejaba, dejaba ver también algunos rostros, de los cuales no esperaba reconocer ninguno. Había pasado demasiado tiempo. Fue por eso que agachó la cabeza, pues se sintió en desventaja cuando notó que muchas de las personas que habían viajado con el se alegraban de ver a otros tras aquel vidrio, por lo que empezó a tararear una canción casi en forma mental para neutralizar aquel pensamiento mientras acomodaba las valijas sobre aquella cinta. Un tipo alto que se encontraba a su lado le habló y el le pudo contestar con una sonrisa. Después salió.
Un montón de gente se abrazaba mutuamente a su alrededor, impidiéndole el paso, pero el sabía bien que aunque desease ser él el bien recibido, no había hecho las cosas de tal manera como para que así pasara. Se sentó en una silla de las tantas, junto a un tipo que nada parecía tener que ver con aeropuertos, un tipo andrajoso y desaliñado que escuchaba una vieja radio junto a su oreja. Nadie había venido por él, ni su madre. Y tragó saliva casi dura, de esa que no pasa fácilmente por la garganta, y en esa saliva iban también su orgullo y algunas lágrimas, por lo que decidió llamar “a casa”. Cambió algunas monedas, sin idea del valor. Una anciana amable le aclaró más o menos las vicisitudes de la economía del país en los últimos cinco años, claro está, sin que él se lo pidiese. De todas formas permaneció quince minutos escuchándola atentamente. Pensaba que siendo amable de alguna manera indirecta curaría sus pecados de emigrante. Introducir la moneda en la ranura le recordó a Laura, cuando el la llamaba a la hora del almuerzo en esos sesenta minutos que tan rápido pasaban, y tuvo ganas de saber que sería de ella. El teléfono sonó cuatro veces antes de sentir que del otro lado alguien levantaba el tubo.
— ¿Mamá?
— ¡Hijo mío! ¿Dónde estás? (un escalofrío recorrió el cuerpo del hijo de la cadera hasta el hombro)
— Llegué madre, estoy en el aeropuerto, esperaba que…
— Envié al taxista por vos, Alberto ¿te acordás? ¡Tengo muchas ganas de verte hijo!
— Si. Me acuerdo (y levantó la cabeza buscándolo) Yo también tengo ganas de verte madre.
— Mil disculpas hijo. No pude ir porque…
— Por favor madre, no digas nada.
De espaldas, un tipo gordo con una gorra, sostenía algo en su mano. Luego de despedir a su madre por teléfono, lo rodeó y vio su nombre escrito de forma apurada, y en un cartón rústico. “Julián Restano Menéndez”.
— Supongo que soy yo —le dijo al hombre con una sonrisa
— ¡Juliancito! La verdad que no cambiaste nada. (Lo abrazó lógicamente sin sentimiento, como se abraza una columna para estimar su diámetro. El hombre nunca había tenido hijos, su esposa era infértil y adoptar les parecía “traicionar la sangre”) Vamos. Tu madre tiene muchas ganas de verte.
El sol empezaba a iluminar los rostros de los que caminaban en el exterior, y simplemente eso le provocó al recién llegado una especie de alegría tan íntima, como no sentía hacía mucho, y recordó como en este país uno debía ser feliz con las simplezas, con lo poco, y también lo bien que se sentía hacerlo. Recorrer nuevamente aquel camino, aunque en sentido inverso, lo retrotrajo ocho años atrás, a otros pensamientos, a otras ideas. Recordó detalles como casas, que no habían cambiado en absoluto, personas que hacían exactamente lo mismo que ocho años atrás. Todo visto desde atrás de un vidrio de un automóvil en movimiento.
— Cada tanto tu madre me cuenta de vos, cuando nos encontramos por la calle, y me dice lo bien que te está yendo por allá —el hombre nunca recordaba el lugar exacto— Esto está cada vez peor. Siempre está contenta cuando habla tuyo. Y la verdad que lo de tu viejo la trajo al suelo. ¡Pobre!. Josefina, mi mujer, ¿te acordás? la ayudó un tiempo con las tareas de la casa, y me decía que se la pasaba hablando tuyo, todo el día. Le contaba lo que te había dolido no haber venido cuando lo de tu padre, pero que te resultaba imposible por todo lo que tenés a tu cargo allá. Y si querés escuchar la opinión de un viejo, te digo lo siguiente: lo mejo que podés hacer es llevártela para allá, y que los últimos años de la pobre vieja lo pase sin angustias, sin carencias. Mirá que todavía no tocamos fondo
“Todavía no tocamos fondo” se repetía Julián mentalmente, mientras seguía atentamente con la mirada el rancherío, mientras el auto avanzaba. Un silencio incómodo inundó el pequeño espacio.
— Tenga esperanza Alberto, que a veces el fondo no es tan hondo y hasta si intentamos pararnos, el agua difícilmente pase las rodillas.
El hombre lo miró y no dijo nada. Pronto vería otra vez la fachada descuidada de su casa, el cerco y el nogal al que subía cuando niño, junto a la puerta con bastidor en madera y tejido mosquitero. Detrás lo esperaría su madre, sus ojos ocho años más viejos se cruzarían con los de él, y las sonrisas saldrían junto con las lágrimas, como de un letargo, las más auténticas lágrimas después de tanto tiempo.
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