Nada será —estoy seguro— igual a cuando las circunstancias nos juntaban y podíamos ser nosotros tres. Todos aquellos días interminables eran de sol, y sin preocupaciones, o sea simplemente días en los que niños felices desconocen que todo tiene un fin.
Días de campos extensos, de abuelos complacientes, de risas. Es cierto que todo cambia, pero estoy seguro que si por solo un instante pudiésemos estar acá y mirarnos ahora con nuestros rostros mas viejos, con nuestras nuevas cicatrices, las visibles y de las otras, las que nos hacen ser quienes somos, las que nos moldean de a poco para luego no ser a veces reconocidos ni por las personas que mas cerca tenemos, estoy seguro que la reacción conjunta sería un abrazo de esos que nos regocijan y nos hacen creer un poco mas en los demás, no perder esperanzas, una mirada de “no me fui amigo, siempre estoy”, y un ponernos al día en todo lo que nos perdimos del otro. Es así porque los conocí como quizá a nadie. Uno sabe de niño quien estará en nuestra vida por un instante, o quien nos acompañara por el resto de ella, y los tres sabemos (desde los distintos lugares que hoy día ocupamos) que estamos acompañados siempre. Ellos están en mí y viceversa, y somos concientes de ello, por lo que a veces no nos preocupamos en saber en que estamos, como estamos llevando nuestro tiempo, o si necesitamos algo del semejante. La conexión es fuerte, de eso no hay duda alguna. Uno de nosotros ya no está. Aunque nosotros solemos recalcar el hecho como la simple imposibilidad de verlo. Pero es eso nada más. Verlo. O sea nada más que el uso de uno de nuestros cinco sentidos. Pero eso no basta para relegarlo, para dejarlo ir definitivamente, porque a ambos —los que nos podemos ver aún— nos resulta imprescindible contar con él.
Es así que la triple alianza no se destruye, permanece, hasta que uno de nosotros mantenga el mas débil de los recuerdos, que son el lazo que nos une hoy día, como el anciano que sentado en un rincón, olvidado ve sus juventudes, su energía, y una sonrisa dibujada en el ahora marchito rostro retrotrae a esa mente cansada una felicidad todavía vigente, todavía capaz de ser reiterada mediante ese recuerdo.
Los años pasaron y creo que seguimos siendo en el fondo ese niño que se quiere ir de esa mesa aburrida, simplemente para correr, para mirar el cielo nuevamente azul, para no preocuparnos por nada, ni por lo más mínimo. Para ser libres de una libertad existente solo en esos días y claro está, bajo particulares circunstancias, ya que sabido es, no todo niño es feliz.
Quizás es válido después de haber leído esto, agradecerse a si mismo por haber sido niño alguna vez, y por poder hoy día estar acá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario