Entregó su alma al señor hace mucho ya, por lo que seguramente a la hora final, pueda estar calmada y en paz consigo misma. Tanto es así que su vida no es mas que una preparación para la “otra vida” y espera (como tantos) que sea en el paraíso, o tal vez en algo que se le parezca
— Me basta encontrar a mamá allí para saber que estoy en el lugar correcto —dijo una vez, y convencida continuó orando sus plegarias. Aún no puede entender como el señor se llevó a su querida madre hace veintiocho años. Simplemente no lo entiende. Se lamenta y le pide que se la devuelva día tras día, o noche tras noche arrodillada junto a su cama. Pero a la señorita fé le cuesta levantarse de esa posición por lo que hace un tiempo optó por orar noche por medio
— Por la salud—dijo— usted me entiende. Y se va de la iglesia como quien sale de una sesión de una sesión de masajes u orgásmica (valga cualquiera de ambas comparaciones): totalmente relajada y feliz.
Ahora se ha hecho también la costumbre de predicar. Quiere que otros conozcan lo que el señor (dudo al pensar en nombrarlo en mayúsculas) tiene para decirnos, no solo a la gente como ella que ya tiene ganado el cielo —según ella misma cree— sino a las personas abiertas al diálogo o a la comprensión de distintas formas de ver lo que nos rodea. Es así que varias veces me ha detenido por la calle, amablemente saludándome y confiada que lo que está haciendo acumula, sirve para su salvación
— Estoy un poco apurado hoy pero…
— Es un segundo. Sabés que…
— Gracias señora pero…
— Señorita caballero, señorita
Pero ella no se da por vencido. El señor le dice que insista, que invite a las almas perdidas como la mía y la de muchos a acercarse al cielo un poquito mas, a probar y si no te gusta…
Si no te gusta siempre es más fácil bajar que subir.
Dicen que nunca amó a nadie más que a aquel puestero viejo que un día agarró sus cosas y nunca más se lo vio. Se los veía charlar fluidamente y hasta se los vio reír más de una vez, aunque nunca nadie supo si pasó algo más. Pero su madre que era una persona difícil siempre le puso trabas en la relación y todo el amor que pudo llegar a dar alguna vez fue celosamente guardado en su interior, que luego volcó hacia la anciana madre y luego a dios. Cuando las monjas se la quisieron llevar al convento ella se negó, diciendo que no podía abandonar a la vieja a manos de la soledad.
— Cuando ya no esté conmigo —decía— no tendré de que arrepentirme, y ninguna culpa pesará en mi conciencia.
Pues si lector, saca tus propias conclusiones acerca de ella. Yo ya tengo al respecto las mías.
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