lunes, 11 de mayo de 2009

¿Por qué me es negado el fuego?

La brillantez de aquel niño prodigio, eclipsó a la vista de sus padres las nimias actitudes que signarían el desenlace. Fue concebido por desliz y cuando por fin fue aceptado, el revuelo en la familia fue enorme, ya que otra vez fue necesaria una vuelta a los pañales, a la ropa utilizada por los hermanos varones, que ya contaban con trece y diecisiete años, y que fueron los que menos importancia dieron a todo este asunto.
Los años pasaron y el niño creció de forma saludable y normal. Fue precoz en el caminar, en el habla y la lectura, por lo que a los cuatro años ya conocía la tragedia griega, la edad de oro española y algunas novelas modernas. En los cumpleaños era lógico que la criatura fuese el centro de atención, ya que era capaz tanto de hablar de fútbol o política, como de recitar de memoria versos shakesperianos, principalmente del Rey Lear. Todos auguraban en aquel niño, ahora de siete años, no a un jugador de fútbol profesional, sino a un guionista de cine, un escritor o filósofo, pero desatendieron las señales que podían haber servido de barrera, de traba para evitar el desenlace que tuvo la historia.
Era común encontrarlo en su habitación, horas enteras a la luz de una simple vela, observando el misterio de la llama, entendiendo su patrón de movimientos. Otras veces frente a la hoguera, la mirada fija en el fuego lo entretenía mas que la televisión o inclusive ahora, mas que los libros. Repito que todas estas cosas parecieron normales a su familia, confiada siempre en un futuro prometedor para su pequeño, que no paraba de dar señales de tales astucias, y tildaron aquel comportamiento como “propio de su intelecto”. Cuando el perro apareció calcinado dentro de un tanque, nadie pensó que el causante de aquella atrocidad pudiese ser el pequeño genio, que fue capaz de engañar tan bien a sus nueve años, cuando se le contó el destino de su tan querido animal, que tuvo que ser abrazado varios minutos por su madre que alterada, no quería verlo sufrir la pérdida.
Todo se calmó a las semanas y parecía que el pequeño se había resignado también como los demás a creer la historia de que un raro accidente había llevado al animalito a meterse dentro de aquel mortal recipiente. Pero no todo terminó ahí. El relato llega hasta aquel día en que volviendo de trabajar, el padre encuentra al pequeño observando desde la vereda, lo que en un momento fue su casa y ahora no era mas que un montón de hermosas llamas comiéndose todo a su alrededor. Su rostro contenía una mirada que por primera vez aparecía, un alma mostrando verdadera satisfacción, verdadera aprobación de lo que entraba por sus ojos. Su día más feliz. El padre lo agarró de los hombros y mirándolo a los ojos, preguntó al pequeño por el resto de la familia.
— Mamá fue a lo de abuela. Nico fue a la plaza, con Martín y su hermano rengo.
— ¿Dónde está Rodrigo?
— No sé.
Sin perder más tiempo, el padre corrió hacia las llamas, y sosteniendo su saco, hizo frente al humo como le fue posible para salvar a su hijo. El joven de trece años estaba en el interior de su cuarto, atrapado por el humo en un principio y casi asfixiado. Carbonizado en el instante en que papá llegó corriendo en su desesperación.
¿Por qué digo papá? Simple: el rector me pidió que escribiese en forma concisa y desde mi punto de vista (claro está) aprovechando mis dotes literarios, lo que sucedió aquel día de 1984. Sé que para casi todos ya no soy el geniecito, sino el más cruel de los asesinos. Abuela agradecía a Dios cuando vivía, alegando que fue preferible encerrarme joven aún. Yo sigo diciéndoles que mi amor al fuego es incondicional, y que el error de Rodrigo (aparte de haber empezado a utilizar drogas por entonces) fue esconderse bajo la cama para inyectarse. Ya he rezado demasiado aquí adentro, aunque sin convencimiento, ya he tratado de expiar mis culpas más de una vez. ¿Por que me es negado el fuego? Solo quiero contemplarlo una vez más, solo una vez.

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