Siento que tengo una dependencia absoluta hacia los libros. Esos objetos de todos tamaños que poseen características similares, pero que a la vez son tan únicos, tan hermosamente distintos al resto que pareciesen tener dentro de si un alma cautiva, un fantasma de antaño que espera ser despertado cual genio, una vez abrimos con entusiasmo sus páginas.
Hoy puedo admitir una cosa como totalmente cierta: Debo mi confusa enfermedad de dependencia hacia ellos a mi querido padre. Así es. Pero no creas, gentil lector, (es mas, no imagines) que es mi padre uno de esos señores de bigote austero, de santa erudición y dedos ágiles en la deliciosa tarea de pasar página tras página frente a una crujiente estufa encendida, o frente a cualquier otro lugar. No. Es ahí donde tu imaginación, gentil lector, y el folclore que traes inmerso en tu interior te juega una mala pasada. Nada mas alejado de la realidad. Pues no pasó mi padre de ser un coleccionista de la revista "Selecciones del Reader´s Digest", revista que consumí y mucho en los rincones de mi casa paterna.
Lo que sigue es pues la explicación que yo mismo he descifrado acerca del porque de mi dependencia. Espero a su vez que este pequeño relato les resulte ameno. Aquí voy.
Quizá contaba yo con tres o cuatro años, que sé es la edad en que afloran mis primeros recuerdos infantiles que tal vez otro día resuma en un conjunto de palabras. Les decía que mas o menos a esa edad fue que un día en el regazo de mi padre y frente a la hoguera el me dijo algo, señalando un conjunto de libros rojos, que hasta entonces para mi, formaban con el mueble en que se encontraban un objeto único.
"Te dije que no subieras al mueble. Te podés caer y lastimar. Y si llegases a subir, por favor no toques esos libros, cuando tengas la edad suficiente los vemos. Pronto aprenderás a leer"
Escuchar la palabra "libro" fue como escuchar "pájaros" "pasto" "comida" o cualquier otra palabra similar; nunca la separé del contexto. Al menos no verbalmente. Pero a la vista, ¡ay como llamaron mi atención desde ese entonces esos objetos rojos, tan lejanos y desde ese momento tan anhelados!
En el año 84 mi tía se fue a Canadá a probar suerte con su flamante marido.
Eso "apuró" de algún modo la bajada de aquellos libros semi sagrados y la frase de mi padre que acompañó tal acto fue la siguiente:
"vení, vamos a conocer el lugar a donde se fue tu tía" y tomó el tomo en cuyo lomo decía "Bir-Dar", o sea las primeras letras de las palabras cuyo contenido se encontraba al principio y final del mismo. Me encantaría haber visto mi cara en ese momento, pero siempre la imagino como mezcla de asombro y sorpresa de ver un libro de esos fuera de su lugar. Recuerdo puentes, mucho texto, paisajes agrestes también. Pero lo que mas recuerdo es la mano de mi padre tomando aquel tomo de esa enciclopedia Britanica que es la famosa Barsa.
Luego de eso la magia de aquellos libros inalcanzables se esfumó para siempre, pero otra magia renació de aquella: la magia de los estupendos dibujos que en ella se encontraban, historias, leyendas griegas y países lejanos. Recuerdo que mis primeros intereses fueron la mitología griega y Robin Hood, cuyo grabado en el tomo correspondiente puedo ver solo cerrando mis ojos un instante. Recuerdo también haber tenido el placer de sacarle el nylon a varios de esos tomos casi mágicos por entonces, imagina entonces lector, que ni mi padre ni mi madre eran lo suficientemente curiosos como para siquiera pasarse una tarde abriendo libros nuevos por mero aburrimiento, aunque tal vez su idolatría hacia los mismos llevaba a extremos casi impensables.
Está de mas decirte que de ahi en mas el acceso a tales libros fue periódico, incisivo y casi enfermizo. los ojee todos antes de aprender a leer, lo cual sucedió no mucho tiempo después.
Pues bien, esa es mi teoría acerca de mi enfermedad por esos objetos manuables llamados libros. Nunca quise contárselo a mi padre ni a nadie de mi familia, tal vez ellos no lo entiendan. Gracias padre de todas maneras.
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