Ese momento nos hizo olvidar de todo, o de casi todo. El ruido ahora casi mudo de alguna ametralladora y los cañones que cada vez parecían mas lejanos eran las cosas que me hacían dar cuenta de que aún estaba en esa maldita guerra. Allí ya no importaba mi ideología ni mis rezos por la paz. Allí dios había faltado con aviso.
El niño parecía querer responder de a ratos pero de pronto caía otra vez en un profundo desmayo; la bala le había penetrado en la pierna, justo bajo la cadera, y la sangre de aquella vida nueva emanaba a torrentes. Como había rosas rojas desparramadas a nuestro alrededor, supuse que aquel niño de no mas de nueve años no hacía mas que tratar de venderlas en el momento en que fue abatido. Era uno de los tantos vendedores de aquella ciudad que ahora ardía presa de la ira. Los tres empezamos a sentir el zumbido de las balas nuevamente y yo supuse que a pesar de que estábamos bien atrincherados, alguien nos había descubierto y disparaba contra nosotros.
El pelado Fuente le apretaba la pierna con las dos manos, olvidándose de su propia herida justo abajo del hombro derecho. Ambrosini nos cubría como podía desde un hueco por donde podía pasar el caño a pesar de que las balas de ellos pasaban el acero como nada. El pobre tipo, aturdido por el ruido apuntaba a donde sus oídos traicioneros le decían que estaba el maula que nos disparaba. Fue entonces que nos dimos cuenta que en la maletita no había nada para calmar el dolor como morfina o algo así. En las películas siempre había morfina, y las películas venían del norte, como las maletas, lo último en tecnología militar: radar de posición, visores nocturnos, algunas granadas del tamaño de un maíz, así como cápsulas que suplían alimentos por más de una semana. En fin, aquello era un tesoro para cualquier infante tercermundista, tesoro que nos vendieron a mitad de precio (o quizás menos). Tesoro que no incluía ni la morfina de las películas ni algún otro calmante para el dolor de un niño herido. ¡Cómo puteamos al ministro y al Estado! Fue ahí que realmente nos dimos cuenta de donde estábamos y dejamos de buscar cámaras o esperar que alguien saliera de atrás de algún tanque a decirnos que era todo una prueba, una prueba que el gobierno imponía a sus mejores para medir su valentía en caso de una guerra de verdad. Una prueba que de haber sido cierta, yo hubiese reprobado hacía mucho.
El niño murió y a mi fue lo último que vio antes de que sus ojos perdieran el brillo.
No merecía verme a mí como última cosa en la vida, yo pensé en su madre en aquel momento y también pensé en la mía. El pelado hacía rato que se había apartado a llorar, olvidándose de mis órdenes de apretar con todas sus fuerzas.
Ambrosini había quedado de hinojos de un balazo que le penetró la frente como diez minutos antes.
Me sentí aturdido y confuso, pero culpé a las balas que nos seguían rozando.
Miré aquel cuerpo sin vida y de pronto me encontré en un diálogo con el niño en el cual el despertaba por un momento solo para aclararme algunas dudas que yo me había generado a raíz de su muerte. Me sentí con la necesidad de saber más de él, de sus anhelos y sus sueños. El pelado seguía llorando, ahora pegado a Ambrosini, por eso es que no vio cuando el niño abrió los ojos y me miró sorprendido de él mismo y de cómo se le puede ganar a la muerte por lo menos por un rato. Supe que se llamaba Ezequiel, Ezequiel Mendoza, y que tenía diez años de edad. Había adivinado acerca de lo que hacía, pues era vendedor de rosas. Me contó que los turistas eran su mayor fuente de ingreso, que por eso las cosas no le estaban yendo bien últimamente, y que muchas veces había tenido que llegar sin nada a su casa, por lo que no le era permitido quejarse a la hora de los golpes de su padre, que era quien lo mandaba por la mañana a la zona de hoteles antes de que la guerra comenzase. Era el mayor de los cinco niños que su madre venía criando hasta hacía una semana atrás, cuando sucedió lo del derrumbe. Luego de un rato noté como el niño se cansó de mi y de mis preguntas y como quiso que lo dejase en paz con su muerte. Vi cómo miró su herida y una sonrisa leve le apareció en el rostro mientras dejaba descansar su cabeza sobre el frío suelo y me hablaba de lo que sentía y del porqué de lo que le sucedía. Escuché palabras sueltas y una me pareció que era destino, otra contento, ya que su voz cada vez se hacía más débil. También me dijo algo relacionado con alguien y con cierto tiempo que él debía cumplir. Luego palabras ininteligibles y luego la paz para aquel niño que había cambiado mi vida. El pelado se me acercó con los ojos rojos de llorar y comenzó a golpearme fuerte en el rostro, mientras yo me reía de todo y de la vida. La risa que me permitió sentir aquellos golpes como caricias, unas caricias de madre que tanto extrañaba en aquella época.
Cuando abrí los ojos estaba empapado, con lágrimas en los ojos y el corazón con rabia según me cuenta mi madre cuando se lo pregunto. Yo solo recuerdo que miré por la ventana buscando estruendos y cañones, y solo me encontré con un sol radiante. Me acordé en seguida de las veces que había agradecido (a no supe quien) el haber nacido en un país chiquito pero sin guerras y pareció en aquel momento que alguien me había cumplido, en efecto, tal anhelo. Mi país es bueno, pensé en aquel momento, y me inundaron unas tremendas ganas de levantarme de aquella cama y correr sin rumbo en paños menores. Pero ¿entonces qué guerra me había inventado el subconsciente y con qué motivo? ¿A dónde pertenecía aquel niño que tan amablemente me cedió un tiempo de su brutal muerte? Nunca lo iba a saber, aunque aún me quedaba del sueño el balbuceo que en su segunda agonía, supo esforzar para mí.
Durante varias semanas intenté descifrar tal frase pero no pude. Encontrándome un día sentado en casa con un bloc de notas cerca , jugué a escribir lo que me sonaba mas cercano de aquellas palabras que el niño había tratado de decirme, luego dejé de intentar, aunque la última anotación que escribí al respecto haya sido algo como:”yo nací para eso”
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