La última vez que vi al abuelo fue en la mañana del ocho de diciembre del ochenta y dos. Estaba silbando alegremente en el patio de casa, donde hacía seis años (el tiempo que vivía con nosotros) se sentaba en las mañanas de sol con un termo añejo bajo el brazo y el mate, que siempre en el suelo, era seguidamente alcanzado por alguna hormiga gustosa de azúcar.
Era un tipo alegre, quizás demasiado. Era ese tipo de alegría que se reconoce en las personas que saben lo que les espera, o que han vivido situaciones que para cualquiera de nosotros pueden definirse como extremas. A mi me gustaba sorprenderlo por detrás y tratar de asustarlo. Pero a abuelo era ya muy difícil asustarlo, y menos un niño de ocho años como yo lo era en ese entonces, así que siempre terminaba siendo yo al quien le subían las pulsaciones por algún susto bien merecido, y otras tantas veces terminábamos en un juego de manos simulando bofetadas de algodón.
En cierto tiempo había yo adquirido la costumbre de observarlo en silencio, de recorrerlo con la mirada y estudiar cada sombra de aquel parral proyectada sobre su rostro, cada arruga de su frente y de sus ojos, y así bajaba lentamente hacia su boca aún rosada a pesar del tiempo. Luego de haberme aprendido a abuelo de memoria, entraba a mi habitación y buscando papel y lápiz rápidamente, plasmaba su imagen aún guardada en mi retina minutos antes.
— Sos vos abuelo.
— Que lindo dibujo che, ¿me lo vas a regalar verdad?
— Si abuelo
Y me iba contento a mi dormitorio, o a jugar por ahí. Aunque después notase yo que todo aquel proceso del estudio de su rostro, y de su posterior pasaje al papel, llevaba mas tiempo que el que él mismo me brindó para verlo y agradecérmelo, así que de alguna manera me sentía desvalorado, aunque el sentimiento me duraba poco.
Entonces él dobló mi dibujo delicadamente, aún con sus manos viejas y sus dedos gordos, y se lo guardó en el bolsillo de aquel saco gris. Siempre era igual.
Es que abuelo tramaba algo hacía tiempo. Yo lo sabía porque cuando lo observaba, tenía una mirada aguda y profunda. Simplemente miraba el suelo por horas como perdido, mientras yo desde atrás de la pared del galpón, o desde algún arbustito del fondo, jugaba apuestas imaginarias con él a ver quien se movía primero, y como es lógico, aunque el no se enterara, siempre salía victorioso.
Una vez lo vi discutir con mamá. No llegué a escuchar ni una sola palabra, ya que abuelo hasta cuando discutía mantenía su voz serena y pausada. Mamá era distinta. No se parecía a su padre más que en lo triste de la mirada. Ella solía salirse de sus cabales, y cuando esto pasaba el abuelo simplemente le sonreía con una sonrisa tan particular que enfurecía mas aún a la hija, para luego retirarse despacito y sentarse en su mecedora debajo de la parra a simplemente mirar el cielo azul o a veces a leer o escuchar la radio.
Cierta mañana me llamó al patio, dijo que iba a enseñarme la hora. El sol brillaba no muy fuerte en ese momento
— Como los antiguos —me dijo— aprenderás la hora con un reloj de sol.
Recuerdo haber pensado que un solcito pequeño se metía dentro de aquel reloj que el llevaba desde siempre en su brazo izquierdo, y que desde ahí entibiaría aún mas su corazón y el de quien le diese a aquel anciano la mano y lo llevase al parque o a algún sitio de paseo, pero tiempo después, recordando aquel instante, reía en mis adentros y festejaba mi inocencia de niño.
Me enseñó un palo de madera pequeño, tal vez del tamaño de una cuarta de bolita, luego lo clavó en la tierra húmeda y a medida que colocaba piedras de colores a su alrededor, trataba de que yo pudiese comprender el sentido de cada una de ellas, o sea que aprendiese la hora en que nos encontrábamos. La primera vez fue inútil, ya que mi madre nos llamó a comer un rato después, y por la tarde estuvo tan nublado y frío que la pasamos simplemente charlando sobre gauchos y apariciones campestres como hasta la hora de la merienda, frente a un fuego perezoso de la leña. Luego se me olvidó por completo el asunto del reloj de sol, y el palito continúo allí, junto a aquellas piedras que habiendo sido absorbidas un poco por la tierra con el pasar de los días, quedaron perfectamente colocadas en el lugar.
La mañana en que me sentó en su regazo y me besó seguidas veces me sentí extraño. Me habló de mamá, de su carácter, de un mundo atroz y de la soledad. Esa palabra “soledad” tiene hasta hoy para mí un significado recóndito y aún no demasiado claro.
Fue una mañana de sol tibio en que las hojas caían lentamente, como queriendo que el tiempo no pasara. Aún hasta hoy lamento haber puesto toda mi atención en aquellas hojas amarillas y no en las palabras de un ser que me susurraba al oído con un amor tal vez hasta ahora no experimentado con tanta fuerza como aquel instante.
Algo dentro de mí me decía que no quitase los ojos de aquel anciano que vivía con nosotros, al que todos llamaban abuelo, pero por momentos lo creí merecedor de libertad o de algo parecido de lo que carecía por aquel entonces y no me sentía con el derecho de negar, aunque fuese algo que no estuviese muy claro aún en mi cabeza de ocho años.
Mamá observó toda la escena desde la cocina pero nada dijo, aunque después vi como ella agachó la cabeza y continuó con sus tareas como diez veces mas triste de lo que normalmente solía ser. En aquel momento recuerdo que desee con todo fervor poder comprender la situación, mas sentía que aquello era algo demasiado complejo para mí, y que si bien estaba inmerso en toda aquella escena, no era capaz de actuar de forma acorde a como se daban las cosas.
Recuerdo que el niño de enfrente a casa fue a invitarme a jugar en la calle, y aquella vez me negué a su compañía por primera vez en mi corta vida, no comprendiendo bien el porque solo le dije
— No puedo hoy, mañana jugamos.
Como para alivianarle la sorpresa de haberle dicho que no a jugar. El simplemente me quedó mirando por un instante, con un auto de juguete embarrado en su mano izquierda y un moco casi sobre su boca, y volvió corriendo hacia la puerta tan veloz como había venido. Para mis adentros pensé que había hecho lo correcto después de todo. Tenía yo entonces algo que comprender, que entender. Y eso requeriría la mayor cantidad de mi tiempo de niño, aunque al otro día la situación cambiase por completo el curso de mi vida y la de mamá. Veinticuatro horas después de que mi amigo viniese por mí a buscarme a casa, me encontraría yo en la suya por primera vez en mi vida, llevado expresamente por mi propia madre.
— Por favor papá, ya está bien por hoy. Ya salí dale, que el niño te va a ver si viene.
¿Y como yo no iba a irme a casa? Como yo no iba a escaparme de aquel lugar cuando presentía desde hacía demasiado tiempo, todo aquello que estaba sucediendo.
Llegué corriendo velozmente y mi madre me miró con sorpresa, pero no me dijo nada.
Estaba demasiado confuso todo aquello, y enseguida supe que abuelo se había encerrado en la pieza del fondo y no quería salir de ninguna manera.
Abuelo —grité— quiero que me enseñes la hora. El reloj nos espera en el patio. Y dice el sol que si salís de adentro el también lo hará con un brillo como nunca antes lo hemos visto.
Unas lágrimas aparecieron en la cara de mamá, que quizás vio en mí un cariño inocente y auténtico por aquel anciano. Entonces ella agregó, secándose con el delantal
— Papá, salí que se te enfría el mate. Dale. Tu nieto está acá, se escapó y vino corriendo.
La puerta se abrió y el abuelo salió como si nada. Nos dio una mirada a ambos y tomándome de la mano, me llevó hasta el reloj de sol y comenzó otra vez su tarea de enseñanza.
Mamá salió al rato de la pieza del fondo con una cuchilla afilada escondida casi perfectamente dentro de una manga. Y ella vio que yo la vi, y agachó la mirada.
Aquel día aprendí a usar los relojes, o como dice un amigo hoy día, me perdí para siempre en el ajetreado mundo del tiempo y los horarios. Admito que mi vida cambió en ese entonces, y cuando la maestra enseñó la hora meses después, yo ya lo sabía todo al respecto, por lo que esos tres o cuatro días me la pasé mirando por la ventana, soñando con mi abuelo.
Abuelo desapareció de casa una mañana de calor, bajo la complicidad de mi madre y de algunas personas del barrio. Hasta hoy no he querido que se me diga la verdad acerca de aquel tipo tan querido por mí, aunque tan extraño a la vez para un niño de ocho años.
Opto por todo aquel misterio que lo sigue envolviendo hasta hoy, antes que una realidad que sé no será tan grata como ese silencio acerca de su persona, de su pensamiento. Creo que somos lo que pensamos, y que lo que abuelo pensaba era tan pero tan suyo, que optó siempre por anteponerlo a todo a lo largo de su vida. A veces me dan ganas de saberlo todo de él, de retenerlo en mi memoria nuevamente, de dibujarlo otra vez con sus arrugas y sus labios rosados. De jugar al juego del silencio y que nuevamente vuelva a vencerme sin siquiera darse cuenta.
De todos modos lo conocí de la mejor forma que se puede conocer a alguien, desde la óptica de un niño, y pienso en eso antes de dormir y sonrío.
Cuando veo a esa gente que fue su cómplice, caminando, y me hablan, me sonríen, y cuando me tocan el hombro con cordiales palmadas, él es quien me toca de forma indirecta. No se porque, pero no quiero preguntarles quien era mi abuelo. Yo ya lo sé.
Mi abuelo fue quien me enseñó a mirar y comprender el tiempo, el mismo tiempo que me hace hoy, mucho después, darme cuenta que lo que creemos es lo más importante, lo que nos mantiene y da fuerzas. El reloj de sol está allí, esperándolo. La madera esta podrida pero aún en pie. Las piedritas brillan todavía.
* * * * * * * * * * * * * *
No hay comentarios:
Publicar un comentario