A (sentado en un sillón cómodamente) — me alegra saber que esto en realidad no está sucediendo.
B (enfrente en otro sillón, y con una sonrisa inexpresiva) — ¿Por qué lo dice usted?
A — Por el simple hecho de que mi estado actual de lucidez o conciencia dificulta enormemente la percepción, y por lo tanto la diferencia entre lo real y lo fantástico.
B — La percepción de lo real señor, no es mas que un gusto personal. Lo que ahora hablamos si sucede, en mi mundo al menos.
A (con una risa simula su emergente nerviosidad) — vamos hombre. No trate de confundirme. El ejercicio es bueno, lo admito. Pero creo ser capaz de despertar en el momento en que ya no disfrute de su compañía, o cuando simplemente esté cansado.
B (el ceño un poco fruncido, las manos que aprietan casi sin notarlo el posabrazos de terciopelo gris) — ¿me está usted diciendo que no disfruta ahora de mi compañía?
A — No. En absoluto. Solo acepte que estoy en condiciones de pararme e irme en el momento que me plazca. Igualmente la experiencia fue brillante.
B (con tono subido) — ¡Hágalo!
A — ¿Perdón?
B — ¡Hágalo! ¡Váyase!
A (mirándolo con cierta mezcla de curiosidad y temor, se levanta) — ¿Lo ve? Puedo irme o quedarme a mi voluntad.
B — Ahora estoy soñando amigo. Sueño con usted. Por eso está frente a mí. Yo tengo el poder de levantarme e irme de aquí no usted.
A (camina a la puerta pero al abrirla, un abismo lo aterroriza hasta la palidez) — ¡Por dios!
B — Es usted una figura de mi sueño. Si dejase de soñar se apagaría como una vela.
A (con la cabeza gacha, entiende. Se acomoda en el sillón nuevamente, esta vez apoya la cabeza sobre la tela y busca en vano la horizontalidad de su cuerpo) — Me sorprendió esta vez. Supongo que esto es todo.
B (se para y camina hacia la puerta. La abre, y antes de irse mira a su víctima a los ojos) — Si. Es todo.
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