Eleonora pasa los cuarenta creo que por poco. Conserva aún vestigios de una cabellera oscura y brillante y sus caderas, ahora ensanchadas, ocultan para quien no la conoció en su juventud un pasado victorioso que duerme bajo una capa de años que fueron y no serán más. Su rostro es fresco y chispeante y su sonrisa muy particular. Cuando camina lo hace de una forma tal que es única, una manera que no pocas han querido imitar y no han podido. Ella es indiferente ahora como lo fue siempre, incluso en sus épocas de grandeza y majestuosidad. Es que en el barrio cada vez somos menos, y el nivel de expectativas de los jóvenes hombres que quedaron tuvo por la fuerza que descender en la calidad de las exigencias, por lo que Eleonora se ganó después de cierto tiempo de escasez, el (nunca buscado por ella) título de mujer con letras mayúsculas, como decía el viejo Atilio que el señor lo tenga en su gloria.
“Si yo tuviese tu edad gurí” me decía con los ojos puestos en aquel culo que se movía como ninguno, y resignado como un tigre cuando cae en cuenta que no alcanzará jamás nunca a la gacela, se daba media vuelta y se encerraba “a verle la cara a la que te conté por el resto del día”.
Era y es frecuente encontrarla refugiada en la oscuridad de alguna esquina que debiera estar iluminada, charlando con tal o cual tipo, o por las mañanas, junto a su madre viniendo de algún lugar, pero sé que entre los pretendientes eternos se corre la voz de que Eleonora no prefiere a ninguno y se duda que alguna vez lo haya hecho. Tienen razón en sus sospechas.
Lo que no saben estos infelices es algo que si lo supiesen no malgastarían su tiempo de la forma en que lo hacen hoy: para Eleonora los hombres son tan indiferentes como lo puede ser para el sol una hormiga x dentro de un hormiguero. Ellos compiten, se bañan perfuman y afeitan siempre con la misma estúpida esperanza: poder pasar de una simple conversación. ¡Pobres! Yo los observo con sus bicicletas al costado, sonrientes y peinados para el costado tratando de ser graciosos o amables. Hablándoles muy de cerca con el aliento a vino que se niegan a ocultar, alimentando su fútil esperancita de donjuanes fracasados. Ella los escucha, y sonríe quien sabe pensando que cosas mientras le hablan, aunque nunca es descortés con sus pretendientes lo que agrava más aún la situación. No los insulta, no los maltrata. Simplemente los escucha y sonríe, y siempre tiene que hacer algo el fin de semana o esa misma noche, y hasta parece que a ella misma diérale lástima el perderse tal invitación, pero no es así; simplemente no le resulta atractiva en absoluto ninguna opción, como no le resulta atractivo ningún hombre, al menos no uno que se haya conocido. La frase “dios le da pan a quien no tiene dientes” que fue la mas escuchada en el lugar por años y la mas difundida entre las celosas muchachas que veían en Eleonora la “acaparadora” de todas sus posibilidades de ser novias de blanco, o madres, y la odiaban desde lo mas profundo de sus solitarios corazones. Para ellas también tenía y aún tiene Eleonora una dosis de esa indiferencia hacia lo sexual que la caracteriza y la caracterizó siempre y que tantas vidas ha arruinado según muchas y muchos. Ella sigue hoy día apareciendo con su sonrisa en el almacén y se va como siempre, meneando esa silueta que aún muchos quieren o envidian según sea el caso. Eleonora vive con su madre, de lo que su padre les dejó al morir o sea una pensioncita con la que las mujeres viven simplemente en lo cotidiano y están y vienen y van. No hubo manera nunca de que la chica se fijase en hombre alguno, ni siquiera en mujer alguna, lo sabemos por el caso de El Volpe, que en realidad era “ella” pero todos la trataron siempre de “él” por lo que antes de su nombre se agregaba el pronombre personal masculino con el que pasó a la historia. Así que debidamente el tiempo declaró a Eleonora un ser simplemente asexual. Ni siquiera las bondades de las berenjenas “para limpiar lugares difíciles” según su vieja madre, lograron despertar en la muchacha algún tipo de deseo, y se tuvo que resignar la anciana a saber que nunca tendría nietos. Es que era para Eleonora impensable el hecho de tener un cuerpo extraño dentro suyo, le parecía horroroso el solo hecho de pensarlo.
Su padre fue un hombre honrado, salía por la mañana antes que el sol a trabajar en la fábrica y llegaba con estrellas en el cielo para comer y acostarse, cansado como un animal de carga, por lo que carecía del tiempo necesario como para siquiera ver a su pequeña, menos entonces para generarle algún tipo de trauma infantil que justificase el comportamiento de su hija, tan normal para ella como abrir los ojos al despertar. Aún hoy con sus cuarenta a flor de piel, Eleonora expele algo encantador.
¿Será el deseo frustrado de poseerla? Deseo de tantos hombres a la vez como para formarse uno solo, uno tan grande como para contagiar a los hombres de cien cuadras a la redonda, como para contagiarme. Deseo que nunca es poco aunque se apague a cada segundo, aunque se esfume como la niebla entibiándose con los primeros rayos de sol. El deseo que desparrama por doquier morirá con ella, espero, un día tal, y pronto se hablará de Eleonora como la mujer mas hermosa del lugar a pesar de que no lo haya sido jamás, y quizá pase a ser una especie de recuerdo imborrable al menos por un tiempo.
Por mi parte se que no tengo esperanzas para con ella, como nadie las debía de haber tenido nunca, y mi conciencia esta tranquila así como mis ojos, que miran hoy hacia otra parte. De todas formas tiene una linda sonrisa y un olor particular que respiro cuando paso a su lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario