lunes, 11 de mayo de 2009

El paraíso de Nadina Ochoa

Nadina Ochoa se levantó temprano, y al abrir los postigos vio que era un día de sol. Una suave brisa le acarició el rostro y la invitó al quehacer diario; una mujer simpática, de agradables modales y hablar sereno, que se veía siempre por las mañanas con su bolsa en la espalda angosta y erguida como una figura de león rampante. Vivía sola en la última cuadra de una de las últimas calles de aquel pueblito, en un rancho de dos plantas que miraba hacia el Este. La entrada estaba provista de una fuente que hacía mucho tiempo no rebosaba de patos, ni tampoco había agua alguna que le diera su razón de estar, aunque el jardín no había aún perdido su encanto a pesar de ello. Unas marmóreas figuras de tamaño natural representando sátiros alegres se dejaban entrever entre la maleza, como jugando escondidas y una vaca ajena que gustaba como tantos del lugar, era la encargada de mantener el pasto en condiciones; piedras chatas incrustadas en la tierra marcaban el camino hacia la entrada: una puerta ancha y en madera trabajada a mano con figuras en relieve abstractas aunque en armónica composición.
El llegar “hasta” la casa de doña Nadina era siempre la excusa de las caminatas luego del almuerzo, un punto de referencia, por lo que se entiende que la distancia recorrida no era tanta como para que las mujeres del lugar llegasen a cansarse, pero a su vez no era poca como para que no sirviera para bajar el alimento, sino una distancia justa para tal efecto, y eso alegraba a doña Nadina a tal punto que solía invitar a las señoras con un refresco cuando estas llegaban a su jardín, así como también a sentarse a descansar al sol, y a charlar sobre temas banales.
Aquel día las esperaba con jugo de naranjas. Otros días con postres caseros o potes con frutas variadas, dentro de un jugo dulce como néctar. Las trufas de chocolate eran una especialidad de doña Nadina con las que sus comensales siempre esperaban encontrarse, olvidándose del cometido de sus caminatas, aunque tanto la anciana cocinándolas como las caminantes comiéndolas denotaban placer, poco importaba lo demás y bien valía aquel esfuerzo hasta la casa de doña Nadina.
Cuando las mujeres de los almacenes y las tiendas, la veían por la mañana con su bolso sobre la espalda, sabían que estaba comprando su agasajo, y eso las animaba a tratar mejor a la gente, a ser más amables con ellos. Nadina pasaba primero siempre por la tienda de frutas, y cuando la dueña le vendía naranjas, sabía que esa tarde tomaría un rico jugo, o cuando la compra era surtida que un pote enorme de losa le sería servido en aquel jardín, con las frutas frescas que esa misma mañana ella había traído junto a su esposo, y por eso las vendía con gusto y era doña Nadina su mejor cliente. El chocolate no era todos los días, pero ella sabía que cuando lo compraba (nunca escaseaba) era uno de los días de mayor cantidad de mujeres en su jardín, incluida por supuesto la propia dueña del almacén, que aunque nadie lo supiese guardaba dos o tres piezas de aquel manjar para sus pequeñuelos, que miraban a doña Nadina con asombro y en silencio todo el tiempo cuando la mujer estaba allí.
Luego de su recorrido se iba a preparar el agasajo, y cuando las comerciantes veían que se le había hecho algo tarde porque su bolso pesaba demasiado para ella sola, posponían la caminata un rato.
Cuando Nadina se avejentó de golpe, hace como tres o cuatro inviernos atrás, las mujeres se preocuparon y una tarde en el jardín le preguntaron a Nadina que sería de sus caminatas cuando ella no estuviese. Ella les explicó que no se preocupasen, que la casa quedaría para una sobrina que vendría a vivir, y las recetas estarían todas colgadas en la cocina, bien a la vista para que no quepa la más mínima duda en ningún detalle, así como el dinero para las compras. Pero hasta hoy la anciana sigue invitándolas con sus exquisiteces, y las mujeres del pueblo, gordas y felices olvidaron ya aquel día y no se preocuparon mas que en preguntarle acerca de que si su sobrina cocinaba tan bien como ella.
— Eso no lo sé —les contestó, y las mujeres se inquietaron solo un poco, pero por un momento insignificante, para luego seguir felices y comiendo.

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