Durante unos minutos Damián permaneció frente a aquella vidriera, absorto en la contemplación de aquel par de zapatos. El día era bueno, con sol, y las nubes estaban de a poco dando lugar al celeste ininterrumpido de una mañana de otoño. Desde dentro lo observaron desde un principio. su aspecto no era el de un niño de familia, sino mas bien el de uno abandonado al mas duro de los azares, aunque de todos modos nada hicieron los empleados para que el pequeño se sintiese incómodo en aquel sitio y simplemente se remitieron a observarlo con cautela. El no los notó en ningún momento por el brillo de aquel enorme vidrio y solo miraba aquel par de hermosos zapatos que tanto anhelaba y esperaba tenerlos a mediados de semana. Uno de los empleados, el que quizá mas se parecía al estereotipo del eficiente y correcto salió y mantuvo una charla con el pequeño
— ¿Buenos zapatos eh?
El niño lo miró, inspeccionándolo varias veces. Estaba acostumbrado al desprecio.
— Si —fue lo que dijo luego de volver la vista hacia el vidrio.
— Son caros.
— Ya sé. Solo los miro.
— Pero te gustaría tenerlos ¿eh?
El muchacho no contestó, pero si pensó que aquella figura desgarbada y de brazos en la espalda empezaba a repugnarle. Una treintona de lentes y pelo recogido vino desde adentro
— No lo molestes. Solo está mirando
— Conversamos —dijo la figura flaca que ahora mostraba una mueca de sus labios que lo hacía más repugnante junto a las gotas de sudor que desde temprano parecían estar instaladas en su frente.
La mujer entró y tras ella el niño, bajo la atenta mirada del hombre de los brazos cruzados en su espalda, que secándose el sudor entró tras él.
— ¿Podría reservarlos? —dijo el niño al viejo detrás del mostrador, al parecer el dueño del lugar
— Tienes que darnos algo —el viejo se le acerco casi a rozarlo con su larga nariz y una sonrisa que le decía al niño: “esos zapatos no son para ti pequeñuelo, vete ahora mismo de aquí”.
El niño comenzó a sacar muchísimas monedas de una bolsa cuidadosamente anudada, y a contarlas sobre aquel mostrador como si no hubiese en aquel cuarto más que su persona. La flaca figura y la mujer de lentes se observaban con una sonrisa en sus rostros
— Trescientos ochenta y tres pesos —dijo el pequeño, y solo en el instante en que el viejo oyó la cifra, colocó sus lentes casi al terminar la nariz y observó detenidamente primero la cantidad de monedas desparramadas sobre el mostrador de vidrio y luego el rostro del niño.
— Eso es mucho dinero —le dijo al niño— ¿Dónde conseguiste tanto?
— Trabajé. Con mi padre. Por ahora solo preparo la pintura, pero el me prometió que cuando sea tan solo un poco mas grande y pase a cuarto año podré subirme en la escalera como él y pintar. Ayer terminamos allí (señala con su brazo una de las casas de la cuadra) y mañana empezamos otra, pero no es por acá.
— ¿Estás seguro que puedes pagarme el resto? —dijo el viejo, quizá un poco compasivo— son doscientos treinta y siete mas. ¿Cuándo crees que puedas traerlos?
— Mañana mismo señor. Solo debo preparar bien los dos baldes por la mañana y sostenerle la escalera a mi padre ¿sabe? el piso es de un material resbaloso y el está un poco viejo y cansado. La señora nos dijo que nos pagaba la mitad por adelantado.
— Me parece bien muchacho, te felicito. Pero debo pedirte dos favores antes de llevártelos:
primero que te los pruebes, para llevar tu talle justo, y segundo, que no dejes de ir a la escuela. Hasta un buen pintor como tú necesita ser educado y buena persona. No lo olvides. Tu papá podrá tal vez arreglárselas bien sabiendo que tu no estas perdiendo el tiempo por ahí.
El niño asentía todo el tiempo con su cabeza con la mirada perdida tras el mostrador. El viejo miró a la mujer y esta se dirigió a la vidriera y llave en mano se dispuso a quitar los zapatos del exhibidor, ya que pronto comenzaban las clases y la oferta había tenido buen resultado. Se los alcanzó y el niño se sentó en uno de los sillones. Toda su ropa era vieja y estaba manchada, pero el no parecía notarlo. Una figura se paró en el umbral de la puerta y miró hacia adentro, encandilado por el resplandor del exterior que no lo dejaba ver bien
— ¿Estás pronto Damián? Te dije que pasaras por lo de abuela a darte un baño. En la puerta habían quedado los tarros enormes y amarillos llenos con agua y algunos pinceles. El decoro del hombre no le había permitido pasar, por lo que le hablaba al pequeño desde la puerta un poco sonrojado por su aspecto y el de su hijo.
— Me los puedo llevar papá —dijo el niño contento— te gané la apuesta
El padre sonrió con vergüenza pero no dijo nada a esas palabras. Lo vio y se enorgulleció de su hijo, ahora sobre unos relucientes zapatos marrones. Luego miró al anciano tras el mostrador y luego a ambos empleados que seguían allí parados y estáticos como arbustos. Después de un rato volvió la mirada al niño y le preguntó.
— ¿Cuánto te costaron?
— Trescientos ochenta y tres —se adelantó el viejo
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