Los vituperios de Clemente Alberti fueron famosos en cierto tiempo, no muy distinto al que actualmente vivimos.
Solía pararse con sus setenta y pico largos a maldecir a quien se le antojase, aunque los incrédulos de su palabra eran siempre los que salían peor parados
(es decir todos). Ayer el gobierno, hoy la policía, mañana el mismo pueblo, que lo observó en un principio como a un loco, aunque después como todo, se fueron olvidando de él, se fueron cansando de sus palabrerías proféticas de poca monta.
Yo pasé aquel día en que le tocaba el turno a la iglesia. Si dios realmente existiese lo hubiera fulminado con un rayo divino en los primeros tres minutos del discurso, el mas perverso contra la institución desde épocas luteranas, según algunos expertos en el tema. No me interesó demasiado aquel tipo alto y desgarbado, con el Apocalipsis en el rostro, mas bien me dio lástima su locura, aunque confieso que me quedé hasta el final de su exposición. Sabía que sus espectáculos no durarían demasiado, como en realidad sucedió.
Cierto día el anciano predicador ya no regresó a la plaza y no fueron pocos los que lo extrañaron. Algunos dicen que en la jornada anterior a su desaparición, (de la que se dedujo también su muerte) vituperó su propia suerte.
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