José me hacía señas desde lejos. Era un niño sano, aunque demasiado fantasioso.
Siempre parecía saber mas que yo, fuese del tema que fuese. A continuación estaba (sin saberlo ninguno de los dos) por demostrármelo nuevamente.
— ¿Querés ver a un suicida? —me dijo con una sonrisa en su rostro regordete.
La palabra era como tantas otras desconocidas para mí, aunque me sonaba a algo de grandes, o sea algo que los niños por alguna razón no podíamos manejar, dado su grado de dificultad.
— Es el viejo del perro, el que apedreamos el otro día. Espero que no sea por eso que se quiere tirar.
La escena se resolvía de la forma siguiente:
El murmullo de varias viejas de la cuadra, que habían llegado primero, tras ellas un
gordo sabelotodo, que no sabía que empujar ancianas no es de caballeros. Luego un par de curiosos silenciosos, como nosotros. Arriba un tanque de agua, uno de los tres del pueblo, de forma cilíndrica y con una escalerita metálica propicia para que tanto niños, hombres o ancianos puedan subir fácilmente. Fue así que Don Gervasio subió, sin más, mientras su perro, después de mucho tiempo observándolo desde abajo, decidió esperar desde mas lejos bajo un arbolito que recién comenzaba a crecer.
Enseguida asocié que un suicida era una persona, aunque no supe que me diferenciaba a mi de aquel tipo allá arriba, ya que subir a árboles, o lugares altos era algo común para mí.
— Es que se va a tirar —me dijo José
Lo miré un rato en silencio y después vimos como el viejo se sentaba en aquel tanque tan alto y gritaba que era un hombre valiente, y que por eso hacía lo que hacía. Y que le gustaría ser recordado como un hombre normal, a pesar de que todos sabíamos que no lo era.
La policía llegó como a la media hora, despacio. Trataron de convencerlo de que no se tirara, pero parecía que les daba lo mismo si lo hacía.
Mientras tanto yo terminaba mi razonamiento de que un suicida es alguien a quien la vida quizá ya no le sonría, o que el no le sonríe a la vida, no lo sé. Al viejo lo bajaron entre dos milicos, los más jóvenes de los cinco que habían ido aquel día. El viejo lloraba a cántaros y José se puso triste. También yo lo hice en menor medida, pero no sabía por que.
El viejo siguió pasando por enfrente a casa varios años más, con sus brazos en la espalda, caminando despacio. Y su perro, su fiel compañero de vida, el animal que lo lamía cuando lo bajaron, y el que estuvo en la puerta del hospital los cuatro días en que a su dueño lo retuvieron allí.
Tiempo después la abuela de José fue al baño que tenía en el fondo de su casa, y decidió no salir más. Nunca más.
Me enteré varios días después, José mismo me lo contó. No supe que hacer y simplemente lo abracé y le agradecí el ser mi amigo para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario