Las escaleras parecieron sonar más fuerte esa vez, y el niño supo al instante que lo que se acercaba no era ni su perro Alfredo ni su padre ni su madre. El conocía perfectamente todos aquellos golpes que sonaban tan distinto en la madera, y esta vez no pertenecían a ninguno de ellos. Dejó el lápiz sobre aquella hoja, escrita con una letra minúscula y pequeña, y esperó.
—Hola —le dijo la voz.
—Hola —contestó el niño sin mirar. Ya no hacía falta.
La mirada del niño había quedado fija en uno de los tantos libros que frente a él tenía su padre, dispuestos ordenadamente sobre una tabla tan bien pulida y amurada a la pared, que parecía una parte extraña de la misma, sosteniendo miles de páginas y páginas en dos metros lineales. La figura se detuvo apenas entró, y se quedó inmóvil, como esperando algo del niño. El pequeño se levantó de aquella silla que quedó girando hasta detenerse después de haber dado casi una vuelta completa, porque chocó con el borde de la mesa, era una silla forrada de azul, quizá una felpa. Sin ningún apuro se dirigió a la otra punta del escritorio, donde tenía un pequeño bolso de cuero tan antiguo como los años de juventud de su abuelo, muerto ya antes de que el naciese y dueño de tal objeto hasta ese entonces, cuando su padre un día lo salvó del embargo junto a un centenar de libros y algunos ejemplares raros de frutos disecados del Brasil, puestos en una cubo de vidrio del tamaño de una caja de zapatos. Dentro del bolso puso primero que nada “La Isla del Tesoro” de Stevenson, y luego una vieja edición de “El Aleph”.Varios lápices (dos de ellos sin punta) y una libreta de anotaciones parecida o igual a las que se usan en las almacenes. Mientras lo hacía miró por la ventana: era un buen día y enseguida que lo notó siguió en sus tareas. Continuó con dos trozos de pan del día anterior que había olvidado cuando la noche antes había cerrado la puerta, y puso en el bolsillo izquierdo del pantalón un pañuelo manchado de sangre ahora seca, proveniente de su nariz. La figura seguía inmóvil, esperando al niño que aunque siempre le dio la espalda, lo vio repetidas veces gracias al reflejo del vidrio.
Sabía ahora que la espera había terminado, y que saldría en unos instantes de aquel su cuarto, aunque no se impacientaba al respecto, ni tampoco deseaba irse de allí con todo su corazón. Parecía como que simplemente el hacia: el andaba de acá para allá, tomando una y otra cosa, y guardándola en aquel añejo bolso. Tal vez no era el —llegó a pensarlo— pero aquella energía que lo movilizaba le bastaba para dejarse llevar. Todo parecía estar predicho de antemano.
Y luego de que estas palabras estuvieron en el papel y luego de haber sentido los pasos en la escalera, pudo soltar el lápiz. Se dijo a si mismo que no lo miraría a los ojos hasta no haber tomado todo lo que tendría que llevar y empezó mentalmente a repasar elemento por elemento, desde el viejo bolso del abuelo, pasando por los lápices sin punta y los de punta afilada, una libreta parecida a las de las almacenes y sus libros favoritos “La Isla del Tesoro” y “El Aleph”. Stevenson y Borges en el mismo espacio.
—Hola —le dijo la voz
—Hola —dijo él.
Y luego de detener la mirada durante unos instantes sobre uno de los tantos libros colocados prolijamente en la pared, en un estante fabricado por su padre, se levantó.
La silla en la que estaba giró hasta casi completar una vuelta, para luego chocarse con el borde de la mesa y detenerse.
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