Doña Juanita decidió a sus 98 años no morirse, y puso todas sus fuerzas en eso. Estaba contenta con la vida a pesar de las dificultades propias de la edad.
Pero pronto la vida la siguió probando y cuando Juanita tenía ciento seis, Hectitor, el mayor de los seis hijos, murió de viejo mientras dormía. Ella lo asimiló de la mejor forma y siguió su largo camino como siempre, feliz.
Pero la misma muerte que había hecho con Juanita un pacto eterno le quitaba con el correr de los años a sus seres queridos, aquellos que habían decidido abandonar el mundo a su debido tiempo, fue entonces que a los ciento sesenta y cinco años de edad Juanita ya no tenía a mas nadie de su familia salvo unos bisnietos que por viejos ya ni salían de sus casas. Entonces la anciana ya no tuvo a nadie mas con quien hablar, y llevaba a sus casas a cuanto perro o gato encontraba por ahí, con el fin de tener compañía. Pero los animales morían uno tras otro de viejos y hubo una época de bondad en el mundo en donde ya nadie dejaba animalitos en las frías calles, y así entonces Juanita si se vio totalmente sola. Los tiempos cambiaron después para la mujer, y una vecina que llegó un día a la casa por curiosidad, ya que hacia tiempo que no veían a la anciana en el barrio, encontró sobre la mesa una diminuta mujercita de unos quince centímetros que muy hábilmente se las ingeniaba para morder un trozo de pan cubierto de hongos verdes y tres veces mayor que ella. La vecina se sorprendió al ver semejante escena y se apiadó de Juanita. Fue así que cuando ésta no pudo comer por sus propios medios, la mujer la alimentó y la mantuvo limpia, bañándola diariamente en una taza de café color marrón. Pero el tiempo que nada aprecia pasó y la mujer enfermó y murió, no sin antes heredarle a su hija soltera el deber de mantener a aquel ser tan ínfimo ahora de doscientos tres años. Juanita cada vez daba menos trabajo, ya que la mujer apenas la bañaba y la comida necesaria para sobrevivir era una racioncita una vez al mes.
Cuando la hija solterona murió de anciana sorpresivamente, Juanita estaba hurgando en una botella de leche que se había volcado sobre la mesa, y fue ahí donde el cura párroco la encontró. Sucedió hace como ciento treinta años, y se dice que nada le sorprendió a aquel cura aquella personita mas que para colgarla en la entrada de la iglesia dentro de aquella botellita de leche con un piolín tan fino como una seda. Hay quienes dicen que fue un castigo por negar al señor.
“tuviste reservado tu lugar en el paraíso anciana” —dicen que le dijo— “y lo has perdido para siempre”.
Está tan alta la botella y tan cerca del campanario que nadie tiene ganas en realidad de cerciorarse que paso con Juanita.
El nieto de Leivas, un niño travieso, asegura que subió no hace mucho y que vio un ser del tamaño de una uña que en un rinconcito de aquella botella ya vieja, se movía de vez en cuando levemente.
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