lunes, 11 de mayo de 2009

No hace tanto

Había llegado tarde. Su patrón lo obligó a estar hasta las ocho quemando bosta equina, por lo cual no se había podido quitar a tiempo el hedor que le emanaba de las manos, aunque no fue un impedimento para recorrer aquellos cinco kilómetros a pie y mandarse hasta ese galpón enorme. Apenas llegó tragó dos grapas (en la que se gastó los vintenes ganados el día anterior y el que vivía) para envalentonarse como hacían varios y luego de sentirse mejor, comenzó a recorrer el lugar en busca de amor.
Era una tarea difícil, con grapa, whisky, o el peor de los vinos, ya que la competencia era ardua. Luego de haber insistido con varias mujeres las cuales muchas de ellas no cambiaban a su madre sentada a su lado por aquel paisanote flaco y sudado, fue que vio a aquella muchachita. Ella estaba sentada junto a otras dos mujeres. Una que parecía ser su hermana, con cara de alune y mirada enjuta, la otra quizá fuese la madre de ambas, una anciana dormida que solo abría los ojos de a ratos. Ella era linda, de tez oscura y ojos tristes, al menos eso fue lo poco que pudo ver de su rostro, ya que parecía siempre estar mirando al suelo, como si aquello fuese un martirio o estuviese en exposición para que alguien le hablara o se la llevara lejos. Como a dos metros yacía un hombre boca arriba, quizás muerto, y con la boca más abierta que se hubiese visto antes.
Atanasio se arregló el pelo con ambas manos — que ya habían comenzado a transpirar como siempre — y se acercó a ella. Se paró frente a las tres, muy nervioso y algo mareado, pero con fe. La mayor de las hermanas lo miró con cara de asco mientras que la anciana dormía. La más joven levantó la cabeza y le sonrió
— Estás parado arriba de un vómito —fue lo primero que Atanasio escuchó de aquella niña que no pasaba los dieciséis. Y se movió contento porque le habló, aunque infeliz por sus zapatos bastante nuevos, ahora manchados con una mezcla de chorizos y vino tinto, ambos visibles bajo sus pies con una mirada apenas forzosa.
— Tiene un pedo bárbaro —añadió la muchacha, y con la cabeza le señaló a aquel personaje que yacía en el suelo.
— Yo creí que estaba muerto —dijo Atanasio, y le mostró sus dientes. Luego añadió la esperada frase— ¿Querés bailar?
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque tenés olor a mierda.
— Pero eso se arregla.
— No jodas más, andate.
En eso la anciana abrió sus ojos y la hermana mayor amagó a pararse, crispando sus puños. Entonces Atanasio se dio por vencido y supo que ya había sido suficiente por aquella noche. En la barra pidió una grapita y se la fue tomando suave en el camino. Era ya empezada la madrugada, una noche hermosa de estrellas.
Cuando pasó el palenque, se lamentó por no tener caballo e incluso se le ocurrió por un instante robar un matungo de los que allí estaban, pero un par de gauchotes fieros que conversaban recostados en la pared, hicieron que desistiese en su idea, metió la mano en sus bolsillos buscando cuanto le había quedado y se dio cuenta que nada.
— Igual hoy tengo que llevar las vacas al monte —se dijo a si mismo consolándose,
ya que esa tarea implicaba por parte de su patrón unos buenos vintenes.
Chiflando en la noche comenzó a recorrer los cinco kilómetros de regreso a la estancia, aunque no sin perder la esperanza de que quizá la próxima vez no se iría solo por aquel camino.

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