lunes, 11 de mayo de 2009

Nuestra ausente

Ahora que doña Jacinta ya no vivía, parecía que aquel misterio que la envolvía se había vuelto más desentrañable aún para nosotros. Por las tardes seguíamos jugando fútbol en el pasto cercano a la entrada de su casa. De a rato, nos deteníamos en nuestro juego y agitados y con los brazos en jarra observábamos perplejos aquella casa (quizá la mas antigua de la zona) en silencio. Costaba para niños como nosotros hacerse la idea de que una anciana que allí residía no sería vuelta a ver por nuestros ojos, ya que mientras vivió fueron muchas las veces que nos observaba desde la única ventana frontal, o simplemente sentada en una silla de madera pulida en el fondo bajo un parral ahora desierto. Resultaba increíble para entonces darse cuenta de que nos aterrorizaba mas buscar la pelota ahora que sabíamos que la anciana ya no estaba, que antes, cuando sabíamos que en cualquier momento al entrar en su casa, podría estarnos mirando con su rostro enjuto y siempre enojado.
Nos enteramos de su muerte por el almacenero, tiempo después de que un hombre pasó un día entero en la casa ya abandonada, y que nos entregó luego aquella caja. Lo que no sabíamos para entonces, era que esa generación de ahora hombres que rondaban los cuarenta y cinco, también fueron en su momento amenazados bajo las mismas circunstancias y a costa de la misma e intrigante persona. Cuando nos enteramos de que aquel misterio no solo nos incumbía en ese presente a nosotros, simples niños, que no era mas que una cíclica repetición de sucesos ya acaecidos, agregamos al misterio un parámetro nuevo, el de inmortalidad en la anciana. De ahí en más comenzamos a conjeturar, muchas veces buscando nosotros mismos la noche y el misterio, en lugares poco propicios para las mentes imaginativas de pequeños niños. Por lo que nunca obteníamos más que aterradoras noches en vela, que repercutían luego en nuestra actividad como escolares. El misterio de Jacinta nos unía, nos hacía un grupo con un interés común, con una forma de percibir, de planear y por supuesto de pensar.
Estoy mas que seguro que aquella época influyó en nosotros para la posteridad, y que no seríamos los mismos de no haber conocido nunca a aquella anciana, que simplemente se remitía a observarnos desde lejos, quizá cuidando sus pocas plantas o tal vez añorando tiempos lejanos para ella, que ya no volverían a repetirse jamás. Esto no lo sabríamos, aunque solo por ahora.
Había un muchacho, un tanto mayor que nosotros que era quien le traía a la anciana su provisión del mes. Aparecía en una bicicleta nueva, cargado como con tres enormes bolsos capaz que tres veces al mes. Nosotros esperábamos para ver a la anciana salir pero esta nunca lo hacía, simplemente después de golpear el joven las manos repetidas veces, algo le indicaba que pasara y así lo hacía. Digo algo, puesto que nunca escuchamos la voz de doña Jacinta, lo que engrosaba de alguna forma el misterio de su persona, de su vida.
Cierta vez en casa, preguntamos a mi abuelo quien era esa anciana.
Simplemente nos dijo que era una mujer sola, a quien los hijos habían abandonado hacía tiempo y ya no podía valerse por sus propios medios. Que mas o menos rondaba los setenta y siete años, a pesar de que su apariencia pareciese de mas, y que en sus épocas felices fue una de las personas mas serviciales que el barrio pudo conocer. También nos contó que su esposo la había abandonado cuando la mujer parió su cuarto hijo, y que nunca mas supieron de él.
La historia dio por tierra con varias de nuestras hipótesis y por varios días anduvimos como perdidos al no saber que pensar acerca de doña Jacinta, la anciana de la cuadra hacia arriba. Tiempo después de haber conocido la verdad, vimos a un hombre viejo colocando un cartel en aquella fachada descuidada. Había estado toda la mañana allí, dando vueltas de aquí para allá. Nosotros lo observábamos extrañados.
— Vayan a jugar por favor, y déjenme trabajar tranquilo —fue la frase que mitigó nuestra curiosidad— La señora Jacinta Vargas ya no vive mas acá.
El hombre ni siquiera observó quienes éramos y le alcanzó con escuchar nuestros pasos para saber que se trataba de los cuatro muchachitos que jugaban a la pelota frente a la casa de la que era su madre, ahora quien sabe en que sitio.
El sentimiento fue extraño al saber que nunca mas veríamos a aquella anciana mirándonos desde la ventana o sentada bajo el parral. No se si hablar de tristeza o una especie de mirada costumbrista hacia aquella mujer que de alguna forma siempre estaba presente en nuestros juegos callejeros, que siempre fue nuestra mas fiel espectadora y motivo para que mas de una vez nos envalentonásemos y creásemos alguna de esas hazañas de niños que a veces no olvidamos. Recuerdo que cuando jugábamos carreras y ganaba, siempre miraba hacia aquella ventana, para ver si la anciana había o no presenciado aquel triunfo. Y estaba. Y esperaba a que terminásemos para desaparecer, quien sabe bajo que circunstancia.
Nos sorprendió mucho cuando sentados en el pasto cerca de la calle, el hijo, que tarde ya, estaba en la casa de la anciana todavía, el mismo que nos había echado hacía unas horas, venía hacia nosotros con paso lento, y una caja en la mano.
— Esto estaba adentro —nos dijo— supongo que es para ustedes —y se fue casi sin mirarnos a los ojos.

La caja estaba envuelta en papel de regalo, lo cual nos sorprendió. Tenía como tres cuartas de lado, y una forma casi cúbica. Una dulce moña amarilla, adornaba su cara superior.
Un pequeño papel junto a la moña escrito a lápiz hacía tiempo, rezaba simplemente lo siguiente
“Para los niños.”
Nos miramos con asombro un largo rato y abrimos aquel regalo.

No hay comentarios: