Aquella mujer que luchaba forzosamente por hacer rodar esas valijas, esa mañana tan gris y lúgubre, definitivamente no era su hermana. El la miraba sin notar su gran esfuerzo por cargar con el equipaje tan escaso y tan pesado para aquel cuerpo, que desde tan lejos denotaba su aspecto enfermizo. Contra su voluntad, el hombre caminó hacia ella con miedo de mirarla a los ojos y confirmar lo que las cartas y las llamadas le venían anunciando. Aquella mujer que venía hacia el era su hermana, si que lo era. Y estaba muriendo.
El hombre pensó en sus padres y en lo que la situación significaría para ellos, y por primera vez agradeció a dios el habérselos llevado.
-¡Apuráte Teresa! Aquel es el tío Eduardo, el de la foto manchada.
Una niña de unos cinco años apareció corriendo desde atrás, con una mochila pequeñita colgando de su espalda. Ella reconoció a su tío a pesar de nunca haberlo visto en persona y se arrojó a sus brazos en una escena que nada tuvo de improvisación.
La niña lo miró a los ojos y vio como a su tío le caía una lágrima al mirarla. El tío era mas viejo que en las fotos. Cuando la mujer llegó hasta su hermano, fue para ambos como una confesión mutua, pero sin palabras. El, después de lograr verla de cerca, pudo comprobar de una vez la gravedad del asunto, no era un sueño ni tampoco se había curado. La cosa era mas grave, mucho mas grave. Ella sabía la pena que despertaría en él y no pudo evitar sentirse culpable. Al abrazarse, ambos miraron el suelo.
-Todo va a estar bien- le dijo la mujer a su hermano todavía con el brazo alrededor del cuello- vas a ver que con el tiempo…
A pesar de que hacía seis años que no se veían, ambos actuaban como si viviesen juntos. La relación se había afianzado en los últimos meses. Todo debería salir bien, como lo planeado. La prioridad: Teresa.
-Es una belleza- dijo el, mirando a la niña en sus brazos mientras ella le limpiaba las lágrimas con su inexperta manito izquierda.
-Si que lo es- dijo ella, y los ojos puestos en la niña parecían no querer dejar de mirarla.
Por la tarde fue que se reconocieron, en la casa que Eduardo alquilaba hacía años.
Miraron fotos de cuando eran niños, y se probaron uno a otro la memoria.
La mirada del hombre se perdía en aquel rostro demacrado. Quería retenerla, ganarle al tiempo.
-No me tengas lástima, por favor Eduardo. Yo sé que no es fácil verme a los ojos, pero pensá que lo que mas me importa es que la niña sea feliz acá, con vos. Que la hagas feliz. Todos sabíamos hace seis años que la cosa era difícil, pero ¿viste? No siempre se le puede ganar. Allá los doctores no lo pueden creer,¡seis años! Es mucho tiempo para una enfermedad así, vos lo sabés.
-Todas tus esperanzas puestas en aquellas pastillas y mirá. ¡Qué feliz que estabas cuando te fuiste!
-Y es gracias a eso que estoy Eduardo, a eso, y a ustedes, cuando de acá me daban fuerzas con mamá…a Luisa, que un poco mas y no me deja subir al avión, y al tipo que se la jugó por mí, a pesar de todo, del diagnóstico de los médicos, que me prohibieron que tuviese un hijo en mi estado. Quería algo mío ¿sabés?. Quería dejar algo.
El papá de Teresa me entendió desde el principio, y es por eso que nunca me reclamó nada, ni siquiera la conoce. Y no creo que quiera hacerlo nunca. Así fue el trato.
La mujer dejó pasar un instante para respirar profundo, comenzaba a agitarse, y ese espantoso dolor le había vuelto desde la última vez, en el avión. La niña dormía profundamente, quizá cansada por el viaje, la mujer prosiguió:
-Bueno hermanito…así son las cosas. Yo me encargo de todo así que no te preocupes más que de cuidar bien a mi nena- una sonrisa apareció en su rostro, una sonrisa que reflejaba su miedo.
-Vos me querés decir que…
-Por favor Eduardo, que ni se te ocurra contradecir a tu hermana mayor- y sonrió con la misma sonrisa de miedo que se transformó en un copioso llanto que juntos compartieron abrazados por varios minutos.
Ella lloró, y se sintió mal, muy mal y estirando un brazo hacia su hermano cayó, bruscamente sobre aquel piso frío y sin alfombra. La historia se repetía. Solo que ahora el hombre estaba cerca de ella.
A las tres y veinte de aquella madrugada había comenzado a llover. Eduardo, sentado en aquel sillón incómodo, pensaba en su futuro con la niña. La veía grande, con ese pelo claro tan parecido al de su madre, trayendo amigos a la casa y riendo con esa sonrisa cómplice que solía tener su madre cuando esos días de sol —hacía tanto— ambos se entretenían bajo aquel sauce. Pensaba en ella como en una hija, pensaba en sus consejos como padre. Y ahora, ella allí junto a él, tan dormida y tan ajena que no evitó el beso ni la caricia en aquel pelo alborotado, ella rezongó en sueños pero siguió dormida.
Uno de los médicos de urgencia abrió la puerta que Eduardo no podía dejar de mirar y viéndolo, se le acercó:
-Dice que se vayan, que la dejen. Todo es muy difícil ahora. Me dijo que le avisara que todo está bien, que lo aceptó y que sabe que usted hará las cosas como lo hablaron.
Que los ama, pero que quiere que la dejen. Creo que sería bueno darle el gusto.
-Si doctor, así será…gracias
El médico le golpeó el hombro suavemente mientras apretaba los labios cansados. Luego volvió. El hombre fue donde la niña dormía, en un sillón y arrodillándose a su lado le habló al oído por un rato. Ella se incorporó lentamente y acomodándose el pelo con ambas manos y sin acordarse en realidad donde estaba, siguió a su tío a la puerta.
1 comentario:
para ser un serial killer escribís cosas muy tristes
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