lunes, 30 de marzo de 2009

Los zapatos

Los zapatos son marrones y con punta. Apenas un par de rasguños alcanzaron para que, luego de casi un año entero, ella los dejase apoyados fuera del contenedor. (Realmente creyó que sería mejor persona si los dejaba allí y no adentro, jaja). Uruguayos!
Los zapatos a pesar de todo la extrañaron, son de taco alto, aguja, y aunque eran para ella solo un par mas, ellos llegaron en ese tiempo a sentir por la soledad de aquella joven una mezcla extraña de ternura y compasión. Nunca se creyeron mejores que ningún otro par: ni que los de cuero de cocodrilo, ni que los de cuerina, ni que aquel par de gamuza que nunca habían visto salir del gran ropero. Claro que había pares mas lujosos que ellos, pero al carecer aquellos de la humildad que deben portar los zapatos para ser realmente zapatos, ellos eran superiores de una manera distinta, espiritual. Por eso todo aquel invierno no se sorprendieron cuando no vieron la luz del sol. Ellos eran de precio desconocido, podrían ser caros o baratos, pero mantenían su alcurnia alta en su interior. Agradecían no ser tirados ni dados bruscamente contra el fondo del placard, una vez usados, como aquella jóven hacía con los otros pares de zapatos que sí usaba. Por las noches mientras los otros pares dormían, ellos filosofaban profundamente acerca del sentido de la vida del zapato, de por que eran hechos de distinto precio, de si tenían algún tipo de función además de ser el nexo entre los humanos y el lugar donde se mueven. El resto de los pares los miraban con desprecio: eran para ellos zapatos extraños, rebuscados. A ellos poco les importaba, ya que habían aprendido a ser buenos amigos desde que estaban en la tienda, en aquel frío depósito escaleras arriba. Aprendieron a comprenderse distintos y a aceptar que hasta la descomposición del símil cuero, uno iba a ser diestro y el otro siniestro, y que serían un equipo hasta el fin de sus funciones.
Recordaron aquella tarde de verano, cuando ella abrió la caja y los tomó uno a uno y los giró como quien observa algo de lo que no conoce su derecho ni su revés. Fantaseaban con su propio precio, ya que la vendedora sacó el mismo rápidamente de la caja sin que ellos pudiesen fijar la vista para verlo, para saber realmente cuanto valían para los humanos. Luego, ya en el placard, comenzaron las odiosas comparaciones. Ellos se temieron producto de una rebaja, o de un saldo de número tal vez, dadas las despectivas miradas de los zapatos que ya habitaban aquel mueble.
Pero pronto se dieron cuenta que la mente del zapato está capacitada para mas espiritualidad, para buscar las respuestas, como los hombres. Fue entonces que decidieron no pertenecer a la manada superflua de zapatos, y formaron su propia religión en un rincón de aquel enorme estante. Llegó ese gran día. La mano derecha de ella los tomó casi sin mirarlos y calzaron a la perfección en aquellos pies. Fue una noche de borrachera baile y lujuria. A Siniestro se le hizo insoportable que lo golpearan tanto contra el duro piso, y que tantas veces lo pisaran otros colegas en la pista de baile, sin embargo su amigo fue mas estoico, y soportó todo esto casi sin inmutarse. Luego Diestro se jactaba de estar en el acelerador, y este se reía cuando su compañero zafaba su taco del freno. Fue ahí que se descubrieron buenos compañeros
Luego fueron a dar a un apartamento frente al mar y violentamente fueron sacados de aquellos pies, ahora algo sudados y yendo a dar a los pies de una gran cama tamaño King. Luego de horas sintieron gritos y despertaron de aquel sueño de madrugada. Nada entendían y cuando se observaban mutuamente asustados, Diestro fue tomado y lanzado por los aires contra una ventana que estalló en pedazos.
Ahora estaban solos nuevamente, aunque esta vez recostados a un contenedor. Seguían siendo hermanos y así lo sentían aún, solo que Diestro (culpable involuntario de la situación en que se encontraban) contaba con un rasguño en su empeine producto de un vidrio de punta aguzada. Siniestro aceptó su destino, y dijo que lo acompañaría hasta el fin, dada su condición de zapatos. Y que nada valdría uno sin el otro. Fueron hechos para funcionar en conjunto y así seguirían hasta que los humanos por algún motivo los separasen. Siniestro era el mas sensible de los dos, por lo que lloró cuando la joven los dejó en la vereda. No por ellos, sino por sentir el sufrimiento de la mujer casi en carne propia. Y lloró un leve momento por la raza humana.
Todavía hacía frío afuera, ya que el invierno no había cesado de mostrar sus fauces. Se vieron y se sonrieron. La vida les causó gracia, está llena de ironías, de idas y vueltas, y al reconocerlo, no pudieron reaccionar de otra manera.

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-Mirá mamá, los encontró papá al borde del contenedor y me los dio
-¡Qué bonitos! Guardalos para cuando seas grande.

1 comentario:

chica pastiche dijo...

noooooooooo porque eliminaste la última entrada !!!
era dark... estaba buena... buuuu