lunes, 23 de marzo de 2009

Elisa

Finalmente y como estaba previsto, a sus ochenta y cinco años recién cumplidos, Eulogia Elisa Barro murió el día viernes como a las nueve de la mañana, luego de unos graves ronquidos que alarmaron a la criada. Abuela Eusebia fue hasta allí desde su casa que queda a un par de cuadras hacia el sureste y cuando llegó y vio a su hermana en los últimos estertores, sintió una leve pena en el alma; empezaba a ser la última de las hermanas vivas y a sus ochenta años ya no tendría que ocuparse mas de su hermana mayor: ya no mas visitas en las últimas horas de la tarde, ya no mas preocupaciones. Su hermana yace ahora en una cama con sus ciento cinco kilos de peso (ahora muerto) y ya no volverá a molestarla jamás. Los hijos no han llegado aún. Fue Jorge en realidad el que mas la había acompañado en sus últimos tiempos, ya que Teresa, adicta al alcohol y a los somníferos, hace tiempo está internada en un hogar de rehabilitación. Ernesto, el otro hijo, parecía no querer ver a su madre nunca más. Siempre se dijo que Elisa había sido una mujer difícil, mala, inconformablemente mala, y vaya a saber que historias se acarrean, que historias siguen estando en sus corazónes como heridas que hasta hoy, - después aún de su muerte - sangran a borbollones. De todas formas Ernesto estaba. Fumaba un cigarro mientras charlaba con mi madre y mi abuela Eusebia, hermana de la difunta.

Entré.

Dentro no había nada mas que el aire acondicionado y el féretro cerrado con una cruz gigante de fondo y ni una flor. Pensé que tal vez ser malo en la vida nos lleva a que no nos acompañe nadie o poca gente en nuestro propio velorio, pero calculo que eso ya no nos importa cuando tenemos toda la sangre acumulada por la gravedad en nuestra parte posterior, y el rostro blanco como papel. Llegamos a ser diez personas en ese lugar: todas las "amistades" de mi abuela brillaron por su ausencia. Jorge, evangelista desde siempre, fue acompañado por una pareja. El hombre era un supuesto pastor, como esos que vemos antes de la señal de ajuste. Con rasgos abrasilerados, vestía camisa blanca y corbata negra a rayas. Parecía poseer una paz interior fuerte, aunque quizás fue solo mi impresión. A las once de la mañana llegaron los hombres de negro, los funebreros o como se llamen.

No había la suficientemente cantidad de brazos humanos masculinos para llevar el féretro al vehículo. Sobró una asidera de las ocho que poseía aquella máquina eterna. Me tocó la manija mas cercana a la parte de la cabeza, por lo que al estar la siguiente manija sin mano que la sostuviese, tuve que hacer un esfuerzo enorme en esos metros hasta la camioneta, por suerte mi mano no me falló y no fue un sepelio que quedara en la historia por una anécdota tan negra como la caída de un cuerpo de 105 kilogramos. Por segunda vez en mi vida anduve en un coche fúnebre, ya que éramos tan pocos que sino íbamos los parientes no cercanos, hubise ido uno de estos dos vehículos vacíos, ya que los hijos iban en el primero. La gente se persignaba al pasar de la caravana hasta que llegamos al cementerio. Allí los sepultureros nos ayudaron a llevar nuevamente el féretro, y se completaron las ocho manos necesarias para emparejar los esfuerzos. Aquella caja mortuoria fue dejada a un lado de la "casi al ras de la tierra excavación" que aquellos hombres habían realizado momentos antes de nuestra llegada. El pastor pidió para decir unas palabras, y abriendo una pequeña Biblia, leyó pasajes de la misma, para luego dar un pequeño discurso que confieso, me emocionó. Cada una de las personas que allí se encontraban obró de manera distinta ante aquellas palabras: Nelson, mi tío materno y su mujer de anteojos oscuros, no podían disimular su tristeza: a pocos metros de allí yace su hijo Alejandro, muerto en un accidente de moto en 2000, cuando solo contaba veinte primaveras. Mi abuelo anda cerca también, muerto en 1997. Cuando el pastor pidió que agachásemos nuestras miradas y cerrar los ojos, no encontré motivo por el cual no hacerlo: no perdía ni ganaba nada. Lo hice por dos o tres minutos y luego pensé lo enriquecedor que sería para mi ver que hacía en ese momento de oración cada uno de los presentes: La mujer del pastor decía oraciones indescifrables y repetitivas. Otra mujer que con ella se encontraba y que no había aparecido hasta ese entonces hacía lo mismo. Luego me enteré que en el Brasil, (de ahí su procedencia), fue mujer del extraditado represor Cordero. Increíble. Los cocheros estaban de pie, con sus brazos atrás, pero en ningún momento agacharon su mirada tras sus lentes oscuros. No así los sepultureros que eran tres. Todos ellos siguieron el ritual: Uno era joven, de unos veintitantos, otro parecía tener alrededor de trenita y cinco, robusto y un pelo lacio al estilo Moe. El último era un hombre de unos cincuenta años, de piel curtida y desprolijo bigote. Los tres poseían un uniforme propio de los empleados municipales.

Las palas fueron tomadas.

Luego de mirar al pequeño tumulto y decir "permiso", uno de los sepultureros procedió a echar el primer montón de tierra sobre aquel féretro.