jueves, 29 de enero de 2009

Maíz asado

Los veranos de mi niñez si que eran largos, casi eternos. El sol brillaba con mas fuerza por entonces, pero sin quemar. Los días podían ser aburridos pero nunca malos, siempre había lugar para las sonrisas y para momentos felices. Claro que por entonces el clan familiar era mas vasto que en estos días en que la muerte y la inmadurez humana han hecho estragos en estos núcleos que prometían estar siempre conformados, siempre siendo uno. Triste es ahora darse cuenta de lo errado que estábamos al creerlo, pero vale en sentido contrario el hecho de poder escribirlo, que de alguna manera es el hecho de estar conciente del paso del tiempo y del cambio de las cosas.



No se duerme demasiado cuando se es un niño inquieto, tal vez por el simple motivo de que parece uno estarse perdiendo aventuras, hechos simples tal vez, pero que sabemos casi inconcientemente que nos enriquecerán en un futuro, y que servirán para ser contados o simplemente recordados. Yo no era de dormir demasiado para lo que es un niño de siete u ocho años de edad. De los veranos en la playa suelo acordarme de varias cosas. Pero el recuerdo que apoya este relato consta de un olor y varias imágenes.

Cuando mis abuelos iban a quedarse eran días especiales, distintos. Ibamos a encontrarlos a mitad de camino entre lo que es la estación de tren y la casa, siendo una distancia como de dos o tres kilómetros. Ellos venían con bolsos gigantes, casi todo vegetales ya que tenían en su casa una quinta que ellos mismos plantaban y mantenían.

Por esos días, ellos se levantaban antes que yo, y hasta hoy siento el olor a choclo asado que salía de aquel horno de barro que mi abuelo con sus propias manos había hecho hacía un tiempo. Yo me levantaba directo a comer, era algo a lo que nunca me podía negar.

Muchas veces ellos aparecían de sorpresa, y me sorprendían a mi jugando por ahí, sin tener idea de su presencia hasta que los veía, lo cual aumentaba de alguna manera mi felicidad.

Mi abuela cumple el 21 de febrero sus 80 años. Mi abuelo lleva muerto doce. Sin embargo cada tanto reaparece en sueños, lo veo tan nítidamente que durante el sueño no soy conciente de que ya no existe.

La semana pasada reapareció. Yo estaba durmiendo una siesta en el balneario y sentí un bullicio fuerte, un revuelo. Abrí la puerta del cuarto y lo primero que vi fue a mi madre que entraba al baño llorando.
Fue como que mi familia desconocía mi presencia en ese momento, y era yo simplemente un expectador de un espectáculo nunca visto. Abrí nerviosamente la puerta que separa los dormitorios de la sala de estar y escuché y vi a mi padre dar instrucciones a mi hermano, mi padre tenía el juego de llaves en la mano, y se disponía a abrir la puerta del frente:

- Vos tranquilo, hacé de cuenta como que todo es normal - le decía.
Mi hermano miraba con temor, y se notaba que no quería estar en esa situación bajo ningún concepto. De todos modos parecía que un consejo paterno era lo mejor que podía pasarle en ese momento. Como parecía también que mi padre había ya pasado por cosas similares, por la naturalidad con la que asimilaba la situación, y la decisión de abrir aquella puerta de tal forma que no se notara que estaba recibiendo a su suegro muerto hace doce años.

Desperté y hasta hoy me pregunto como hubiera yo reaccionado a aquella imagen si aquel quien una vez fuera mi abuelo hubiese pasado aquella puerta, y si yo no hubiese despertado de aquel sueño, aquella tarde de verano.
Tal vez simplemente hubiese dejado los bolsos sobre un par de sillas, me hubiese besado como solía hacerlo, su bigote me hubiese tocado la mejilla, y luego de acomodar algunos elementos, iría al barranco a buscar unos palos secos para prender el horno de barro que el mismo había hecho, y ponerse a amasar ricos bizcochos, o simplemente desembolsar maíz y hacerlo asado con manteca para agasajarnos a todos los que quisieramos compartir con el esa tarde de sol.