Bueno, ahí está. Si. Ella está muerta. Aunque se que no me daré cuenta de eso hasta que note su ausencia en los lugares que alguna vez nos fueron comunes, que compartimos. Volveré a sentir ese vacío en el pecho, como cuando murió mi primo y fuí a su casa y estaban sus padres sentados en unos taburetes de madera, con tantas visitas que apenas cabían en su pequeña casa. Nunca habían estado tan visitados. Faltaba el. El no estaba, ni tampoco iba a llegar en cualquier momento.
Yo a ella la veía allí, blanca, con toda su sangre acumulada en la totalidad de la parte de atrás de su cuerpo: la gravedad otra vez hacía de las suyas,y no era ella, ya no lo era. Me arrecosté en el umbral (perdí la conciencia por un segundo), pero después me sentí mas vivo, mas completo. Aquella mujer que yacía en ese lugar había sido mi primer mentora, una amiga mayor, mi debut sexual, y muchas otras cosas mas que no me daría el tiempo para explicarlo con palabras. Había estado conmigo desde que tengo uso de razón. Creo que solo ahora, con 28 años, se realmente lo que ella fue en mi vida; tengo que vivir con el quiebre que se formó en el momento de su muerte por el resto de mi vida, pero estoy seguro que eso no va a pesarme jamás.
El primer recuerdo que tengo de ella es de cuando nos visitaba. Fue en la época en que mi padre dejó de dormir en casa a diario, y comenzó a aparecerse cada dos o tres días. Ella había sido amiga de la infancia de mi madre, algo así como desde los cuatro años, y se reencontraron después de mucho tiempo sin verse, como suele pasar muchas veces. Haciendo un leve esfuerzo imaginativo todavía siento sus manos suaves acariciándome las mejillas de niño como con desdén, mientras no dejaba de hablar con mi madre de temas extraños para mi. Sin embargo yo vivía ese momento con placer casi carnal. Fue la mujer mas importante de mi vida hasta el momento, y dudo que alguien pueda superarla. Tal vez en mis conclusiones esté pesando mi estado emocional (no lo dudo), pero tampoco creo que me esté equivocando demasiado. No puedo dejar de proyectar en mi mente la mirada que me regalaba cuando la veía a los ojos, cuando aún yo era muy joven como para comprenderla y sentirme bien con ella.
Cuando quisimos acordar, ella casi había tomado el lugar de mi padre. Pronto nos vimos los tres, mi madre, ella y yo, teniendo paseos por los parques arbolados, yo perdiéndome entre la gente mientras ellas consolidaban su relación de amigas que se descubren luego de mucho tiempo, y que se ponen al día en sus respectivas vidas.
Pronto fue normal: llegar de la escuela y verlas a ambas, sentadas en la pequeña mesa de madera que estuvo por años frente a la pared lateral derecha de la cocina. Fue por entonces que comencé a reconocer los besos. Y fue por entonces que descubrí la diferencia entre una madre y otra mujer. Los besos de mamá me reconfortaban, me daban una sensación de protección, un alivio interior que me contentaba el alma por cierto tiempo, como una manta tibia en un día de invierno. Los besos de ella eran distintos, me generaban sensaciones nuevas, incomparables a todo lo sentido anteriormente. Eran besos eternos, desde un principio lo fueron, y yo me pregunté si un hijo sintiera lo mismo que yo cuando me besaba, si aquella mujer hubiese sido madre alguna vez. Pero nunca pude comprobar si tal cosa fue así, y solo me remití a disfrutar de aquel tipo de gestos. Me entregué a ese placer pueril de ser besado por alguien que no era de mi sangre. Pronto fui un adolescente casi rebelde, casi normal.
Mi madre desconocía nuestra nueva relación, aunque algunas miradas de ella, alguna vez me lo hicieron dudar. Cierta vez en que yo estaba con mi cabeza ida, fue que por primera vez probé su amor. Los problemas de un adolescente recién gestado suelen ser irrisorios, pero solo para el resto del mundo; no así para mi, el interesado en resolverlos. Ella llegó en el momento adecuado, cuando una soledad avasalladora intentaba arrebatarme la libertad de pensamiento. Tenía por entonces 16 años, y dentro mío fulguraban y chocaban contra mi cráneo sensaciones de todos los colores. Todas y cada una de ellas lograban confundirme, y la solución que yo encontraba a todo eso era simplemente el aislamiento: nada de amigos, nada de familiares. Solo yo y mi eterno rival, que no era mas que mi necesidad de entender, de acaparar ideas.
Ella llegó una vez buscando a mi madre, que no estaba conmigo aquella tarde. Noté esa vez que estaba distinta, mas producida que de costumbre. Mi abuelo agonizaba y ella lo sabía. Ella sabía que mi madre no estaría en casa ese día hasta entrada la noche. Yo sabía que ella lo sabía, pero no tuve necesidad de decírselo ni de hacérselo notar.
Ella se sentó en una silla de la cocina y abrió la heladera como de costumbre. No se porqué, pero tenía una actitud que me incomodaba a pesar de que no era una mujer extraña para mi. ¡Yo odiaba que fumara dentro de mi casa! Pero mi madre no le decía nada, simplemente se remitía a abrir la ventana que estuviese mas a su alcance y seguían en sus conversaciones. Pero esa vez yo estaba nervioso, ya que quizá intuía que algo nuevo iba a pasar. Ella actuaba con naturalidad, como decidida. Era una mujer elegante, no bella. Y esa tarde sus piernas generaron sensaciones nuevas en mi, un calor interno me empapó. Ella me deseaba y hacía que yo la desease también. Algo que no todas las mujeres de mi vida han logrado. Fue exacerbadamente brutal. No tuve hasta ahora experiencia similar. La diferencia de edad hizo que me sintiera el tipo mas feliz del mundo aquel momento, yo, con tan solo 16 años.
Mi querida madre se enteró: ella misma se lo dijo. Lo noté una vez que venía de estudiar, y mi madre me miró con otros ojos. Una mirada que jamás había visto antes. Me tomó del brazo y me sentó a la fuerza en una silla del comedor. Parecía nerviosa, y era muy simple; trataría conmigo un tema del cual no estaba preparada a hablar, pero lo hizo muy bien. Me sentí orgulloso de mi madre esa vez, y aún lo estoy. Ahora, años después, ella estaba junto a mi, en ese umbral. Apoyó su cabeza en mi hombro y una lágrima corrió por su mejilla. No hubo manera de que se quedase en su casa, quería despedirse de su mejor amiga por última vez, y no pude mas que acompañarla y tratar de que estuviese lo mejor posible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario