miércoles, 30 de enero de 2008

La necesidad de la noche


Luego de su paseo nocturno, se sentó el escritor en su mesa de madera, tan simple como la silla que la acompañaba, o aquel almohadón que los separaba, mientras la tinta fluía a veces sin la dignidad necesaria como para justificar su forma sobre el papel, sus curvas rápidas, su monotonía de color negro en contraste con aquel papel.
Sin embargo La Noche había caído sobre el escritor de la forma en que cae una manta sobre un cuerpo estremecido por el frío, de la forma en que un ave llega a su nido con el alimento. Aquel ser, como siempre, había recibido a La Noche con los brazos abiertos. Hombre y Noche se amalgamaron en una sola forma, en un solo hecho, y trazaron juntos el camino a casa, y justificaron también aquellas hojas en blanco, que serían en un momento escritas por aquella mano, por aquel puño tan humano. La Noche no tiene manos. Por eso utiliza a los hombres para hacer saber al mundo que es más que oscuridad, que temor. Y los ilusos hombres, sueñan aún con obras maestras, y creen encontrar en La Noche a alguien importante para ellos, una musa a quien llamaron los antiguos Inspiración, desconociendo que la verdadera obra no proviene de sus mentes, sino de aquella que a todos cubre con su manto negro. Aquella que busca manos amigas en quien depositar y hacer visibles sus sueños.
El escritor se inspira, e irradia su rostro una fina luz que lo complace y lo hace escribir casi sin errores, seguro de esas palabras que no son tan suyas. Seguro de sí mismo, de sus ideales y de su integridad como persona. La Noche lo guía con hilos de seda, tan finos que no despiertan sospechas. Tan dulcemente atados, que no dejan marca alguna en las ideas que le parecen a él tan propias.
Otro actor, Sueño, entra en escena. Mira a la noche en complicidad y le pide prestado aquel ser, que comienza a sentir los párpados pesados, ya entrada casi la mañana.
Entonces La Noche se va, complacida por lo que ha dicho en forma de palabras, y buscando quien sabe donde su Inspiración o quizá alguna mano en otro sitio, para volver luego y transmitirle a los hombres de este lado algunos secretos del mundo.

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