miércoles, 24 de octubre de 2007

El sustituto

Me fue encargado un breve análisis sobre los sucesos que terminaron en la muerte de Manuel R. Soares, concluidos el 6 de noviembre del año 1952. El motivo es una recopilación de casos de orden más bien clínico, que cierta firma que no nombraré quiere publicar dentro de poco. Me voy a encargar sucintamente del asunto pero no abarcando objetivamente los hechos, sino que tras una breve descripción, trataré de clasificar la serie de eventos desafortunados dentro de alguna de las tantas clases de desórdenes que el ser humano es capaz de contener en su interior.
El cuerpo se encontró en su propia casa, casi un día después del deceso, con un cuchillo de cocina incrustado hasta la empuñadura, entre el omóplato izquierdo y la columna vertebral. Hoy día ya se sabe que su verdugo fue la hija de la familia Soares, o sea su hermana, Agostina Soares, de 19 años de edad, quien asumió los hechos con una tranquilidad que desconcertó por entonces a la sociedad si tenemos en cuenta su magnitud.
La familia, de estirpe aristocrática si es que hoy día se puede usar aún tal vocablo, no presenta en su genealogía comportamientos parecidos, al menos no en los últimos ciento cinco años. En 1897 Francisca Soares Venturi, hija de un estanciero venido a la capital, pariente sanguíneo de nuestros protagonistas, mató de un tiro en el pecho a su padre, Indalecio Soares Hidalgo. Los motivos no fueron nunca aclarados. Anteriormente se conocen hechos similares que se pierden en el tiempo y la burocracia de los archivos de Estado que no he debidamente indagado aún. Hasta acá los hechos tal y como se conocieron en la prensa. En adelante trataré de unir cabos simplemente para cruzar el tiempo de atrás hacia delante, y llegar a esa herida que costó la vida a un hombre de 30 años de edad, comenzando la segunda mitad del siglo pasado.

Todo comenzó con una desgracia. Manuel entrando enojado por motivos pueriles al cuarto de servicios sin golpear siquiera la puerta. Su padre abusando allí de la pequeña Agostina, que contaba por entonces nueve o diez años de edad. Luego de eso una pelea a puños, un arrebato de furia que termina con un padre ensangrentado en el suelo gravemente herido mediante golpes con algún material contundente, quizá madera, un joven muchacho marcado para siempre con el odio más profundo, cuyos puños demoraron en dejar de estar crispados, y una niña que hasta aquel momento había vivido al borde de la felicidad, y una mente que se desvía de lo normal, que se aleja de sus sueños de niña y razona un mundo ajeno, extraño. Un viaje forzoso a Buenos Aires del que José Pedro Soares jamás se atreve a volver, por los hechos citados mas que nada, pero también por ciertos negocios que lo comprometían, y de los cuales carezco de datos concretos. Junto con él se va una herencia que se pierde con su huída, a pesar de cierto dinero que los hermanos logran acordar a cambio de silencio, o más que eso quizá miedo al desprestigio social.
Luego, cuando se hablaba de la familia Soares, simplemente se pensaba en ambos hermanos, que por motivos no revelados habían quedado a cargo de su hogar, un palacete de principios de siglo, bastante tenebroso desde su exterior, y tan pero tan grande para tan solo dos personas. Su madre habría muerto seis años atrás de tuberculosis, y fue la pequeña Agostina lógicamente quién sufrió más la pérdida. Es relevante citar que la vida de ambos hermanos cambió por completo luego de estos sucesos, pero es también relevante en este punto describir el sentimiento “paternal” que se apoderó del joven hombre de veintidós años de edad a raíz de la ausencia del señor Soares, su padre. Estamos por entonces en el año 1944.
En un principio, los hermanos trataron de llevar la vida que tenían cuando estaban completamente conformados como núcleo familiar. Por entonces las apariencias importaban mas que ahora aún, por lo que debían ser simplemente personas de clase ante el resto, y aunque en su interior, muchas de aquellas familias soportasen verdaderos infiernos en esas casas de ventanas infinitas, a la luz del sol debían ser correctos, hablar con voz pausada y no agachar la mirada, y nunca dejar de sonreír, como si fuesen felices siempre. Reuniones sociales, algunos eventos, los paseos primaverales, las visitas al campo con amigos y todo lo que se estilaba por entonces, fue lo que los hermanos quisieron mantener. Pero a medida que el tiempo iba transcurriendo, comenzaron a ser vistos con menor frecuencia cada vez. Año y medio después del abandono paterno, si alguien se detenía frente a su casa podría simplemente ver a una criada que salía temprano en la mañana a la feria, para volver luego tras aquellas puertas y ventanas por las que ya casi no pasaba rayo de luz alguno. Las amistades fueron decayendo cada vez mas, dado el extraño comportamiento de los hermanos, como también sus paulatinas ausencias a los eventos anteriormente nombrados. Llegado cierto momento, los Soares no fueron más que una alucinación, fantasmas que se dejaban entrever de vez en cuando tras la sombra de alguna ventana semiabierta. Cuando Manuel cumplió los veintiseis años, el dinero que habían pactado —tal vez pueda hablarse de una pequeña fortuna, dado los años que les sirvió de sustento— se esfumó, y el joven muchacho tuvo que emplearse como asalariado, hecho que trató de tomar como “normal” y que no pesó a simple vista en su persona. Por entonces los amigos que una vez los frecuentaban ya no eran tales, por lo que no consiguió de aquellos favor alguno. Una fábrica de artículos de cocina o de plásticos fue la opción, y temprano en las mañanas solía verse salir, y volver por la tarde, cerca de las cinco, aunque ciertas veces se lo veía llegar a las ocho o las nueve de la noche. La pequeña Agostina se transformó de golpe en una joven agraciada y de buenos modales que volvió a ser reconocida en los alrededores cuando comenzó a concurrir a clases de canto y teatro, dictadas por una vieja amiga de su madre. No tardaron en aparecer pretendientes que inspirados por historias de traición y muerte inverosímiles, veían en aquella adolescente a la princesa encerrada en un castillo del cual debían librarla. Castillo que iba perdiendo su color con el correr del tiempo, y que se convirtió en cautivo de las enredaderas y las trepadoras que le daban un aspecto agradable a la vez que descuidado. Pero se rumoreaba que aquel palacete de la familia Soares era inexpugnable, que el hermano mayor de la joven, era el peor de los vigías, y que tras el muro que daba a la vereda, las cosas no eran tan lógicas como solían ser en la vida cotidiana del barrio. De todos modos algunos de los tantos atrevidos y hormonales jóvenes de la época, no perdían oportunidad de hablarle a aquella muchachita de catorce años, que era tan bella como educada, de ojos grises y pelo tan largo y negro como azabache. Cosas, pensamientos que muy en su interior conformaban una personalidad convulsiva y desencajada que no se dejaba ver ni por la más agudizada de las percepciones, la atormentaban.

Manuel era tímido y solitario. Se había vuelto así luego de haber visto la escena relatada, aquella tarde en uno de los tantos cuartos de servicio, luego de ver a su pequeña hermana llorar y gritar, agarrada por las muñecas por aquel monstruo que fue su padre, y al que si tuviese oportunidad de ver nuevamente, mataría sin pensar. Y pensó y pensó durante años, y se propuso que a su hermana no le pasara nada parecido en el resto de su vida. Y la cuidó, y la observó día y noche mientras crecía, tratando de olvidar aquello, tratando de ser una joven normal y de llegar a tener sus propios hijos, situaciones que emulaba por horas en aquellas épocas de encierro posteriores a la huida de su padre, en aquel enorme cuarto casi vacío, donde el frío piso era lo que destellaba, por su brillo acaparador y hacedor de soledad. El la observaba desde el sillón cerca del fuego, con una pipa que había pertenecido a su abuelo paterno, colocada en la boca con determinada inclinación que particularizaba la pose, como lo hacía su padre cuando aún estaba en la casa, después de que su madre muriera. Y pitaba como su padre, pero también comenzó a ver a la pequeña con los ojos de su padre. Sin querer se estaba convirtiendo en la persona que mas odiaba y lo estaba logrando, mientras ella crecía ajena y tratando de olvidar, siendo mamá de sus muñecas de porcelana.
“Nada te va a pasar” se decía a si mismo, y en su mente comenzó a gestarse un sentimiento enfermizo, a medida que la niña se convertía en mujer y quería olvidar, a medida que el escuchaba sin querer oír, por ahí, lo hermosa que su hermana era y cerraba los ojos o silbaba demasiado alto. Su papel de padre sustituto fue invadido por la posibilidad de amarla, la posibilidad que apareció muy a su pesar y lo confundió por las noches para terminar ambas opciones (hermano y amante) conviviendo en su interior. Amarla para cuidarla. Para que definitivamente nadie más la lastimase. Nadie mas que él en todo caso, pues si sufría; ¿Quién mejor que él para entenderla? ¿Quién mejor que él, que sabía perfectamente su pasado, que la había visto bajo los brazos aún aterradores de su padre? Si. A ella nadie más la lastimaría, pero desde su óptica, que desgraciadamente ya no era la de alguien normal. Se le acercó de a poco, con caricias primero, que se parecieron mucho a caricias de hermano, consoladoras manos que pasan por un pelo sedoso y brillante. Aunque las intenciones bien escondidas entonces no se viesen reflejadas por todo aquel amor. Ella estaba sola en aquel mundo que no la dejaba crecer normalmente, del que trataba de sacar algo en limpio y comprenderlo. Y las caricias de Manuel llegaron en un momento en que las necesitaba, siempre había necesitado caricias después de lo de su padre, o simplemente alguna señal de afecto cualquiera. Pero careció de la persona que se las brindase por entonces. Manuel estaba confundido. Pasaba horas fumando la pipa, sentado en el sillón. Siempre creyó conocerse a sí mismo, y se jactaba en su interior de ciertas capacidades analíticas que nunca había dado a conocer al mundo, y que le permitieron a lo largo de su crecimiento intelectual ser una persona estructurada y sensible. Pero ahora dudaba de todo eso, y esa duda le producía temor de sí mismo. Mientras en Agostina se notaba una mejoría leve pero en ascenso, Manuel se hundía cada vez mas en un abismo de confusión cuya tortura no se asemejaba a nada. Algunos muchachos ya se atrevían a hablar con la doméstica, a fin de tener un nexo con la joven que cada vez brillaba con más luz. Ninguna carta de amor llegó nunca a destino, por expresa orden de Manuel, que semanalmente se encargaba de pedírselas a su empleada, que las guardaba en un cajón de uno de los cuartos de servicios, aquel mismo que años atrás había dado lugar a hechos repugnantes, y hoy parecía de alguna manera, querer ayudar a olvidar. Manuel, no quería olvidar, sino emular. Sus actos cada vez más eran los actos de su padre, como si su ser entero hubiese sido arrebatado de su cuerpo. Cerca de su fin, el joven se sorprendió a si mismo recortándose un bigote respingado que de niño tanto le había criticado a su padre; saltó hacia atrás y se cortó la mejilla izquierda con la navaja. Por momentos parecía volver en sí, ser ese muchacho tímido y sensible que había sido antes, el mismo que con odio a su padre lo quitó de arriba de su pequeña hermana y golpeó hasta el cansancio. Pero las ideas que su cabeza maquinaba indicaban lo contrario, pues tuvo que aceptar por entonces que lo que sentía por la joven Agostina, su propia hermana, no era ya deseo carnal, sino amor. Lloró días enteros cuando no le cupieron dudas de que estaba enamorado, muy a pesar suyo. La escena de la joven acariciándole el pelo y él, llorando cabizbajo en una silla junto a la ventana, se repitió varias veces. Nunca dijo nada cuando ella le preguntaba que pasaba, simplemente lloraba con más fuerza aún, con más odio por no entender su interior.
Fue en una noche insoportable, cuando con ira se abalanzó sobre su hermana dormida.
No era él, sin duda, quien actuaba. Pero si lo era para los ojos de Agostina, que vio repetirse otra vez su pesadilla, su peor miedo, que con lágrimas en los ojos y amordazada se creyó ahora maldita, y nuevamente tuvo ganas de morir como aquella vez las había tenido, y nuevamente sintió aquellos bigotes sobre su rostro, sobre su cuerpo, y el asco y la repugnancia y el dolor volvieron a invadirla.
Días después y no estando Manuel en la casa (aún se desconoce su paradero de entonces) la doméstica, luego de encontrar la llave maestra de la casa en el dormitorio del hombre, abrió la habitación de la muchacha, cerrada desde adentro cuatro días antes. La encontró tirada en su cama, la mirada fija en el techo alto, tan inmóvil como un cuerpo sin vida, pálida y delgada. La tomó en sus brazos y llorando la llevó al baño contiguo, a la bañera. Una muñeca de trapo mojada, con la mirada perdida, se dejaba llevar por el esfuerzo de aquella mujer que pacientemente pasó el jabón por su cuerpo blanco y casi inerte, que la perfumó y peinó, y que abrió las ventanas del cuarto de par en par, que lavó aquellas sábanas con sus propias manos y aromatizó con las resinas de Arabia que tanto le gustaban a la joven, y la alimentó durante días. Marta Estévez fue el nombre de aquella mujer gorda de sesenta y tantos años, que por mucho tiempo había servido a la familia. Fue ella quien cuidó también a su madre con tanto ahínco y paciencia, que los hermanos terminaron apreciándola como si fuese de su propia sangre. Ahora veía el derrumbe de los Soares desde un sitio preferencial, y fue mientras arreglaba nuevamente aquel cuarto, que supo que todo aquello terminaría pronto, y se reconfortó para sus adentros.
La vergüenza quizá fue lo que hizo que Manuel se ausentase de la casa por aquellas dos semanas, pero la tarde en que Marta se disponía a acomodar el cuarto y vio aquellas flores sobre el escritorio de Agostina, supo que su patrón había regresado. La muchacha había ido a caminar por el parque, mas animada ahora, dejaba entrever alguna sonrisa de vez en cuando, ante las cómicas anécdotas que la mujer le contaba acerca de su niñez en el campo.
La figura amenazante de Manuel apareció en el umbral de la puerta de la habitación, parecía mas viejo, y en su rostro demacrado se enmarcaba la completa ausencia de cordura. Tenía un cuchillo en la mano el cual levantó, mostrándoselo a la anciana que en ningún momento dio muestras de temor. “Mas vale que no te metas en esto” fue todo lo que le dijo, y se encerró en su cuarto. Cuando su hermana volvió el la esperaba sentado en un sillón que había acomodado frente a la puerta. En la mesa había dos vasos; uno con whisky por la mitad y dos cubos de hielo, otro con agua mineral. Ella no se atrevió a mirarlo a los ojos, y con la cabeza gacha, pasó rumbo a su cuarto no sin antes ser tomada por el brazo con violencia y arrojada contra la pared. “¡Me vas a querer!” le gritó, y ella corrió hacia su cuarto a encerrarse, con lágrimas en los ojos. Marta estuvo con ella el resto del día, y fue en esas conversaciones que se dice que planearon su muerte, acaecida días después. La complicidad de Marta, al tener una llave que abría todas las cerraduras de la casa, permitió a Agostina sorprenderlo dormido, aunque nunca se supo por que fue ella quien clavó el cuchillo y no la anciana que tenía mucho menos que perder. La joven contó tiempo después que aquel cuchillo —el mismo que las había amenazado en manos de Manuel días atrás— fue quien realmente tuvo el impulso por incrustarse en aquella espalda, que ella solo lo había llevado hasta la escena del crimen, y que en realidad había acabado con dos vidas esa noche: la de mi padre y la de mi abuelo. Marta duró poco en la cárcel. Murió en 1953 de una infección. Aprendí a quererla con el tiempo y con las historias que de ella rescaté del olvido, tras investigar un poco.
Mamá no sabe de esta recopilación de relatos de divulgación médica. Preferí dejarla fuera, y no preguntarle cuando tuve dudas. Dejarla en su mundo, que nunca tuvo oportunidad de ser normal.

1 comentario:

chica pastiche dijo...

jajajaja te copaste bo pibe, ahora no vas a laburar más , no?
te dije... el blog te va a consumir.